martes, 21 de agosto de 2007

Memoria e imaginario



Me llama José Antonio Zambrano para decirme que en la tercera de ABC de hoy aparece un artículo, “Memoria e imaginario”, de Ricardo García Carcel. Por teléfono me lee las últimas frases: Hoy la memoria histórica no es otra cosa que una mercancía electoral, presuntamente rentable, y el historiador-profeta ha muerto en el siglo XX, víctima de su propio trascendentalismo. En el escenario de la verosimilitud, como expectativa máxima, alternativa a la verdad imposible a la que renuncia el actual relativismo, los historiadores han perdido su batalla con los novelistas históricos. El imaginario se ha impuesto sobre la memoria.

Por esas palabras he creído que el artículo se refería al debate entre novela e investigación histórica y he recordado alguna conversación con
Santos Domínguez. Pero, después de leerlo, nada tiene que ver. Ricardo García Cárcel, catedrático de historia moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautor ―junto a García de Cortázar y otros― de la serie televisiva Memoria de España, hace una aportación más ―aunque endeble― a la crítica de la memoria histórica. Y en esta ocasión lo hace fijándose, además de en la guerra civil, en la recuperación de historias nacionales o territoriales distintas a la de España como Estado-nación.

Dos párrafos sirven ―con el de cierre― para resumir el texto:

1.º
Hijos prudentes en nombre de la memoria de unos hechos cercanos y dolorosos; nietos erráticos en nombre de una memoria vindicativa que tiene mucho de imaginario redentorista.

2.º La debilidad del Estado-nación ha generado una historia oficial débil, con escasa capacidad para impregnar al conjunto de la sociedad a la que más que recordar ha gustado soñar.

García Cárcel debería preguntarse si la inexistencia en España de unas cuantas referencias históricas asumidas por todos no se debe, precisamente, al sectarismo y la fabulación con que se nos han presentado por el poder. Es la falta de verosimilitud del relato oficial lo que lo hace débil. Su alejamiento de la verdad es lo que convierte en falaz, por ejemplo, la visión franquista de la II República. Ante ella, la reacción prudente, de caballo de cartón, de algunos no fue ni eficaz ni justa. La alternativa historiográfica ―que siempre ha existido― se ha generalizado, es cierto, en el tiempo de los nietos. Y deben ser alabados por ello.


No debe calificarse de imaginario o novelesco lo que refuta la historia oficial: es historia alternativa y, a veces, la única verdaderamente verosímil.


Anselm Kiefer, La sacerdotisa mayor, 1986-1989