miércoles, 4 de diciembre de 2013

Diez años sin Dulce

No sé qué oculta disciplina de la ética se ocupa de la extraña virtud del bien morir. Los únicos casos de ese sosiego último los conozco por boca de hagiógrafos o de cronistas bélicos, cuya imaginación supongo ha de suplir con largueza la escasa dignidad de tanto héroe acabándose. Ni siquiera Ferrater Mora resuelve mis dudas –y ya es insólito. Como en tantos casos, ha sido la propia vida la que me sirvió de maestra. O, mejor, la propia muerte… la muerte de Dulce.
Tengo la costumbre de escribir en los libros. Levanto así el argumento de un futuro relato, en el que un joven buscara quién fue su padre hojeando uno a uno los libros de su biblioteca; descubriendo en las anotaciones perdidas de las hojas finales de un poemario, de un ensayo o de un libro de historia una fecha memorable, un encuentro, los amores y las muertes amigas de su progenitor. Suelo aprovechar para ello esas páginas en blanco que los impresores sitúan antes y después del cuerpo del texto, entre éste y las cubiertas del libro, aunque no desecho algún hueco al final de un capítulo que termina nada más comenzar una página.
Mi ejemplar de La voz dormida de Dulce Chacón tiene varias notas que describiré en el mismo orden en que fueron escritas. La primera está en la página que reproduce el título y el nombre de la autora. Dice enviado por la editorial el 29 de julio de 2002 y con ella pretendía contradecir el colofón, que declara que la novela se terminó de imprimir en el mes de septiembre de 2002. Ya sospechaba de la exacta coincidencia de algunos colofones con señaladas conmemoraciones de vírgenes y santos. Desde entonces la sospecha es certeza sobre la impostura de esta mancha triangular que cierra algunos libros.
La segunda anotación la hice unos días después, tras la lectura de la obra, y también en la misma página: argumento, voluntad de estilo y compromiso ético, escribí. Esas tres ideas me sirvieron dos meses después para hilvanar el texto de presentación que, con Dulce al lado, hice en Zafra de La voz dormida el 20 de septiembre de 2002. De ese día es precisamente la tercera anotación, aunque ya no mía, sino de la propia autora: la dedicatoria manuscrita que sigue a la genérica del libro (A los que se vieron obligados a guardar silencio) con unas palabras que ahora como entonces me sonrojan: con mi más íntima gratitud, con mi más íntima emoción por la lectura de estas páginas. Con todo mi cariño. Dulce.
Al bajar esa noche del estrado tras la presentación se me acercó un hombre mayor –otra voz dormida- para hablarme de la guerra en Zafra. Se presentó como hijo de republicano y me dio su dirección, que anoté en la última página, en blanco, del libro de Dulce.
Pero es la quinta anotación la esencial. Está escrita al final, a la vuelta de esa extensa dedicatoria donde Dulce desgranó todos los afectos que tejió gracias al libro. Y en ella digo: hoy me han dicho que te mueres, Dulce, y debe ser que ya todos estamos perdiendo la cabeza, el corazón, el alma…, que ya todos estamos perdiendo la vida misma si es verdad que tú, Dulce Chacón Gutiérrez, te estás muriendo más rápido que el resto de este mundo moribundo.  La escribí, enrabietado, el 11 de noviembre de 2003. Ese día había visitado Zafra Antonio Chacón, su hermano, para hablar con el alcalde, advertirle de que Dulce estaba herida de muerte e iniciar los preparativos del entierro de las cenizas en su pueblo. Manuel Peláez, primer teniente de alcalde y amigo, subió a casa y me dio la estúpida noticia.
No tuve coraje para llamarla. Ni a ella ni a Miguel Ángel, su compañero. Durante los veintitantos días que duró su agonía sólo pude suponer en qué pensaría, sólo aventurar cuál sería su actitud ante la muerte inevitable.
El día 5 de diciembre, en Madrid, visité la capilla ardiente junto a Luciano Feria y Manuel Peláez. Hablamos con algunos familiares de Dulce, musitando nuestra desolación. Ángeles, la mujer de Antonio Chacón, se nos acercó triste. Con una extraña tranquilidad nos dijo que a partir de esta muerte tendría que reflexionar mucho sobre la vida y sobre las creencias. Nos dijo que lo más impactante de la muerte de Dulce había sido su manera de encararla. Le sorprendía que una mujer agnóstica como ella no hubiera dejado de sonreír durante todo ese mes de noviembre en que el cáncer le fue royendo las entrañas. Una actitud que, para Ángeles, rotunda creyente, sólo era comprensible en quien sabe del más allá, en quien cree en otra vida que sigue a ésta y cuyo anhelo modera la ruptura absoluta de la muerte. Las palabras de Ángeles nos estremecieron. Le extrañaba la serenidad de Dulce ante una muerte entendida no como tránsito sino como fin. Y nos lo confesaba con una ternura inusitada.
La sonrisa de Dulce durante los días de agonía, que Ángeles nos hizo imaginar con sus palabras, expresaba esa rara virtud del bien morir que no es exclusiva de quien cree en mundos más allá de la muerte sino que también es propia del que logró construir el suyo en este lado de la vida, y se fue tranquila de haber vivido.
No he logrado evitarlo. Hoy, ahora mismo, al concluir este texto sobre quien tan pronto nos dejó y con tanta belleza concebida, he abierto el libro de Dulce por la página 217 –donde hay un hueco, y habla de Zafra, de José González y de Libertad- y he escrito los versos que ella, la mujer que iba a morir, ideó para este instante:
Olvidad mi nombre.
Sed sólo labios.



[Este texto lo publiqué en el volumen "Homenaje a Dulce Chacón en el Aula José María Valverde" de Cáceres en 2003 con el título de "La virtud del bien morir". La fotografía, bastante mala, corresponde a la presentación del libro de Dulce Chacón "La voz dormida" en el Seminario Humanístico de Zafra en septiembre de 2002. En la imagen aparece también Santiago López Vázquez]

miércoles, 1 de mayo de 2013

El rapto de Europa

Y poco a poco, el miedo quitado, ora sus pechos le presta
para que con su virgínea mano lo palme, ora los cuernos, para que guirnaldas
los impidan nuevas. Se atrevió también la regia virgen,
ignorante de a quién montaba, en la espalda sentarse del toro:
cuando el dios, de la tierra y del seco litoral, insensiblemente,
las falsas plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas;
de allí se va más lejos, y por las superficies de mitad del ponto
se lleva su botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado,
vuelve a él sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso
impuesta está; trémulas ondulan con la brisa sus ropas.

Ovidio, Metamorfosis


Europa es, antes que nada, un territorio que engloba a otros. Por eso hablar de Europa obliga al europeo, primeramente, a hablar de la nación a la que pertenece y de su sentimiento hacia ella. El sentimiento de pertenencia territorial suele parecerse a las muñecas rusas, contenidas unas en otras. En nuestro caso, uno sería de Zafra y extremeño, español, europeo y, finalmente, ciudadano del mundo. Esto es inevitable, pero esta múltiple pertenencia no suele ser del agrado de todos. Más allá de la merma obligada que se sufre al convivir con otros, sean personas o naciones, los hay a quienes les basta la tribu inmediata y consideran extraño todo lo que no sea ésta. Si ni siquiera se sienten cercanos a los del pueblo de al lado, ¿cómo considerar tales a los de un lejano país centroeuropeo?

Y también hay quienes entienden de tal forma su nacionalidad que la creen contraria a lo europeo. En el caso de España, algunos han construido su sentimiento  nacional alrededor de una supuesta tradición que sería ajena a Europa, al suponer que de ésta sólo han venido innovaciones y moderneces que atentan contra la esencia nacional. España tiene una larga tradición de cierto patrioterismo retrógrado y neofóbico (sucedáneo del patriotismo) que siempre ha mirado a Europa con recelo.

Y es que, además de territorio, Europa es una cultura o un conjunto de culturas que a lo largo de la historia ha impulsado buena parte del progreso humano.  En casi todos los siglos Europa ha sido avanzadilla de las ideas y centro generador del progreso del mundo. Sin necesidad de caer en el eurocentrismo, hay que reconocer que la historia del mundo es, en buena parte, la historia de Europa. Y ésta es, a su vez, la historia de la filosofía, de la política, de la ciencia, de la literatura, del arte, de la técnica...

La Europa-territorio y la Europa-cultura intentaron encarnarse en un proyecto político pretendidamente unitario ya avanzado el siglo XX. Tras las dos guerras, a modo de superación del belicismo histórico, los europeos fundaron entre sí una relación política interdependiente que, también, planteaba cierta alternativa a las dos grandes potencias –norteamericana y soviética- que se repartían el mundo en la segunda mitad del siglo.

Por eso Europa es también un proyecto político. O lo era. Porque lo que en el ánimo de alguno se concibió como la Europa de los ciudadanos o la Europa de los pueblos ha acabado siendo exclusivamente la Europa de los mercados. Sin duda, eso también formaba parte del proyecto político: crear un espacio propicio al intercambio de mercaderías. Pero, al igual que un país no puede entenderse solo por las expectativas económicas generadas para sus habitantes, tampoco Europa debe reducirse a sus aspectos mercantiles. Además, el capitalismo financiero que nos asola ha acabado reduciendo esas mercaderías a dinero, a un intercambio de préstamos entre bancos, y de bancos hacia gobiernos, que ha agudizado –por culpa de tanta estúpida y perversa austeridad- las diferencias territoriales en vez de colmatarlas, y ha trasladado el foco de decisión desde la política a la economía.

El proyecto europeo nació con la intención de asumir colectivamente buena parte de las políticas de los estados. Se trataba de hacer política común. Pero entre los recelos nacionales y los abusos financieros el espacio de decisión política europea se ha tornado esquelético. Ya no hay más noticias de Europa que las económicas.

Y resulta paradójico que algunos de esos sucesos que conmocionan la reciente historia europea estén ocurriendo en el Mar Egeo y en sus inmediaciones. Sus aguas bañan la costa oriental de Grecia, convertida en un país símbolo de hasta dónde puede llegar la voracidad del mercado cuando agarra los despojos de un país exánime. Y no muy lejos de allí está Chipre, cuyas vergüenzas han sido exhibidas hace pocas semanas como ejemplo de lo que puede pasarnos si nos portamos mal.

La paradoja consiste en que ese Mar Egeo, donde ahora se dirime buena parte del futuro de Europa, fue también el escenario de su pasado mitológico, donde la literatura clásica situó uno de sus más bellos relatos: el rapto de Europa.

Europa, hija de Agenor, rey de Tiro, y de Argíope, jugaba con sus amigas en la orilla del mar. Pretendida por Zeus, éste –para engañarla- se convirtió en un bellísimo toro “blanco como la nieve, con grandes papadas y pequeños cuernos como gemas entre los cuales –dice Robert Graves- corría una sola raya negra”. Su mansedumbre convenció a la muchacha, que se acercó a él y llegó a montarlo, confiada. Eso lo aprovechó el dios para meterse en el agua y llevarla a Creta. Convertido en águila, la violó. Aunque los hermanos de Europa salieron en su búsqueda, no lograron encontrarla. De Zeus tuvo Europa tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón, hasta acabar casándose con Asterión, rey cretense, que los crió como si fueran suyos.

La metáfora viene dada. Con otros, tengo para mí que –desgraciadamente- el único dios de este mundo que hemos creado es el dios del dinero, el dios del capital, y por tanto Zeus bien podría ser ese capitalismo triunfante que hace apenas cinco años parecía haber logrado el fin de la historia. Así, el rapto de Europa sería el de la cultura o civilización europea por el fascinante toro blanco en que se convirtió el capitalismo de los últimos años. A todos nos cautivó la mansedumbre de la fiera, todos acariciamos esos “pequeños cuernos como gemas”. Hasta ser raptados.

Europa ha sido alternativamente espacio de cultura y campo de batalla, el territorio amigo del progreso y el territorio enemigo de las guerras. Pero, hoy,  Europa es sólo un mercado. Un mercado sin poder político, porque de él han desaparecido los políticos. Sólo quedan los prestamistas.

¿Qué nos queda a los europeos y a las europeas? ¿Qué podemos hacer para liberar del rapto a Europa? ¿Qué debemos hacer para refundarla?

Recordemos que Zeus hizo a Europa tres regalos: un autómata de bronce llamado Talos; un perro de caza, Lelaps, que no dejaba escapar ninguna presa, y una jabalina que daba siempre en el blanco.

Se me antoja que el autómata es la expresión de la tecnología, que en nuestro tiempo se encarna de manera paradigmática en las nuevas formas de comunicación que giran alrededor de internet. Ese es nuestro Talos, nuestra protección, la posibilidad de difundir cualquier información inmediatamente de un confín a otro de Europa y del mundo. Lelaps, el perro de presa que todo lo captura, puede ser la capacidad de auto organización de la gente. Nada hay que escape a la posibilidad de decisión de la ciudadanía. Y, finalmente, disponemos también de una jabalina infalible: la cultura, el conocimiento, que es lo único que da siempre en el blanco.

La salvación de Europa pasa por la recuperación de la política frente a la economía, por la sumisión de los prestamistas, por el reequilibrio de los territorios, por recobrar el proyecto político y cultural originario, por liberarla del rapto cometido por el dios del dinero. Quizás nos sirvan para eso los mismos regalos ofrecidos por el raptor. 

(Artículo publicado en Papeles del Foro, Boletín de Opinión del Foro Zafrense, número 4, mayo de 2013. Ilustración: "El rapto de Europa" de Fernando Botero).

sábado, 23 de febrero de 2013

Concurso de microrrelatos Manuel J. Peláez



El Colectivo Manuel J. Peláez, constituido en el año 2010 con el fin de contribuir a la participación ciudadana y al desarrollo cultural, se honra en llevar el nombre de Manuel J. Peláez García (Zafra, 1952-2008), profesor e historiador, hombre de la cultura que hizo de la tolerancia y de la alegría su razón de vida. En su memoria se convoca un concurso literario de microrrelatos. Estas son las bases:

1.- Podrá participar cualquier persona, presentando un máximo de dos microrrelatos, originales e inéditos.
2.- El texto será de tema libre, escrito en castellano y con una extensión mínima de 9 palabras y una extensión máxima de 317 palabras, incluyendo las del título.
3.- Todos los textos se enviarán por correo electrónico (en el que no se podrá desvelar la identidad, ni directa ni indirectamente, del autor) a la dirección
premiomicrorelato@colectivomanueljpelaez.org y no estarán firmados. En caso de resultar ganador, el jurado se pondrá en contacto con el mismo a través del correo desde el que se haya enviado el texto. El plazo de recepción de los textos finaliza el 31 de marzo de 2013.

4.- Habrá un único premio en metálico de 1000 euros para el ganador. Además del premio en metálico, el texto ganador será publicado, junto a los considerados finalistas, en una antología.
5.- El jurado estará formado por 7 miembros y lo presidirá Fernando Valls. Los otros seis miembros serán propuestos por el Colectivo Manuel J. Peláez. Su fallo será inapelable.
6.- El premio será entregado el 16 de junio de 2013, en acto público que se celebrará en Zafra (Badajoz). El ganador deberá asistir para hacerse acreedor al premio.
7.- La participación supone la aceptación de estas bases.

El cartel es obra de la pintora Carmen Álvarez, natural de Zafra y amiga de Manolo Peláez.

jueves, 21 de febrero de 2013

Rodríguez de las Heras en Zafra


Antonio Rodríguez de las Heras estuvo en Zafra el pasado 14 de febrero invitado por el Colectivo Manuel J. Peláez. Transcribo a continuación la presentación que le hice y la acompaño de una fotografía antigua de Antonio (de 1985) realizada por nuestro común amigo, fallecido en 1997, Antonio García.

Una actividad más, la segunda, del ciclo de debates organizado por el Colectivo Manuel Peláez. El mes pasado recibimos a un hombre de teatro y de cultura, Juan Antonio Hormigón. Y hoy está con nosotros un hombre de ciencia y de cultura, ARdH.

Antonio Rodríguez de las Heras es gallego. Catedrático de Historia contemporánea y director del Instituto de Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III de Madrid.

Comenzó su carrera docente en la Universidad de Extremadura donde estuvo desde 1974 a 1992 como profesor de Historia y director del Seminario de Investigación del Conflicto. Fue profesor asociado de La Sorbona y de Paris VIII. Desde 1992 es catedrático de la Universidad Carlos III, donde ha sido también decano de la facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación.

Entre otras actividades y responsabilidades, es director del Laboratorio del Centro EducaRed de Formación Avanzada, miembro del Consejo de Dirección de la revista Telos, director del master en Dirección de Empresa Audiovisual, y cofundador de la Asociación internacional de Historia de la Computación. Forma parte de algunos consejos de dirección de masters universitarios, revistas e instituciones educativas.

Es autor de varios libros. Últimamente los escribe sobre todo electrónicos, como Por la orilla del hipertexto y Los estilitas de la sociedad tecnológica. Pero también los tiene de formato más convencional, como Navegar por la información, que le hizo merecedor del premio FUNDESCO de Ensayo en 1990, el que dedicó a la vida de Filiberto Villalobos, ministro republicano de Instrucción Pública -que fue su tesis doctoral-, o Historia y crisis, publicado en Valencia en 1976.


Esta podría ser una sintética y académica ficha de quien hoy nos acompaña. He presentado muchas veces a Antonio. Desde hace más de treinta años he tenido la suerte de presentárselo personalmente a muchos amigos, que están aquí entre nosotros. Y también lo he presentado, en público, en algunos sitios. Sitios bastante raros y ajenos al ámbito universitario al que él pertenece, pero del que se escapa siempre que puede. Sitios que, en cualquier caso, además de expresión de la vida errática que uno lleva son también evidencia de la extrema curiosidad intelectual y humana que él tiene.

Lo he presentado en un pueblo andaluz, en una nave llamada Jehova, y llena de creyentes católicos dispuestos a debatir sobre creencias e increencias; en alguna Escuela de Verano de Renovación Pedagógica; en un pueblo extremeño durante un encuentro de Universidades Populares, aquí, en Zafra, en una sesión del Seminario Humanístico... Y hasta en un Congreso al que pusimos el pomposo nombre de Congreso Internacional de la Sociedad de la Imaginación.

Así que me permitiréis que, además de los datos oficiales que os he comentado, diga también algo más personal. Ya llevo demasiadas presentaciones para ceñirme sólo a formalidades.

Si no fuera excesiva petulancia por mi parte, diría sin arrobo que este señor es mi maestro. Pero aunque él sea historiador y yo también, no me refiero a él exclusivamente como maestro de historia. Lo mío está más cerca de la historia discursiva y a él hace ya mucho tiempo que le interesan otros discursos, más conceptuales. Me refiero a que Antonio me enseñó a pensar. En los últimos días varias personas me han dicho que lo consideran uno de los mejores oradores de España. Creo que es una definición injusta, y no porque piense que haya que ampliar el ámbito territorial donde gobierna su facundia, sino porque eso de la oratoria me parece que no es más que mera técnica y lo suyo, en el fondo, es el método.

Esa, la diferencia entre teoría, método y laboratorio fue de las primeras cosas que nos enseñó en los últimos años de la carrera allá a comienzos de los ochenta. Desde poco antes sus alumnos conocíamos qué era eso de un ordenador gracias a su Seminario de Investigación del Conflicto, donde dos enormes Appel II presidían, para escándalo de algún bienpensante, el trabajo de unos jóvenes historiadores. Después nos enseñó la profunda cientificidad de la historia en el babelismo –según sus palabras- de las ciencias sociales y humanas. Y también la diferencia entre ideología y mentalidad, entre complicación y complejidad, entre poder y autoridad... Y también la estupidez de compartimentar el conocimiento, el necesario mestizaje de cualquier investigación, la importancia de la interdisciplinariedad, la esterilidad de la especialización... Y también la importancia del arte y de la literatura en el trabajo intelectual

Y hasta nos enseñó el poder prospectivo de la historia cuando en clase de historia contemporánea de España, en cuarto de carrera, nos habló de la inevitabilidad de un golpe de Estado dibujándonos gráficos en la pizarra y, en ese mismo momento, pasadas las 6 y 30 de la tarde del 23 de febrero de 1981, una compañera entró nerviosa en el aula diciéndonos que Tejero se había subido, pistola en mano, a la tribuna del Congreso de los Diputados.

Motero, coleccionista de Torres de Babel, interesado en las innovaciones tecnológicas, preocupado por la educación, por los libros, por la fotografía, por la prensa, activo usuario de redes sociales, y frecuentador de estos rincones de comunicación que son las aulas, los salones, los auditorios... En ellos, Antonio siempre es un ejemplo de palabra certera y bien dicha, pero también y sobre todo de pensamiento veraz y solvente en estos tiempos de tanta filfa y artificio. Maestro... 

martes, 29 de enero de 2013

“Por mucho que blanqueéis, el nido lo habéis caío”




Uno de mis habituales compañeros del paseo mañanero recuerda con gracia lo ocurrido hace algunos años cuando desapareció un nido de cigüeñas de un convento de Zafra. Al poco tiempo de la desaparición, una pintada le sacaba los colores a las inquilinas con un rotundo “El nido lo habéis caío”. Con rapidez, alguien mandó que se borrara la pintada con cal. Pero al día siguiente otra pintada replicaba: “Por mucho que blanqueéis, el nido lo habéis caío”.

Viene la anécdota a cuento de los esfuerzos que la Casa Real está realizando en las últimas semanas para intentar superar la situación de descrédito en la que está inmersa la monarquía.

Pues eso.

(La fotografía es de Sonja)

miércoles, 23 de enero de 2013

Demagogo




Me resulta muy significativa la coincidencia del primer ministro inglés anunciando un referéndum para decidir si Reino Unido sale de Europa con que Artur Mas haya conseguido que el Parlamento de Catalunya inicie el proceso que pretende concluir con la consulta sobre su separación del resto de España. 

Me resulta muy significativo que en ambos casos los impulsores sean líderes conservadores, jefes de partidos u organizaciones políticas de derechas. 

Me resulta muy significativo que todo esto coincida con tiempos de crisis. 

Voy a ser demagogo: a los ricos ya no les interesa seguir con nosotros. 

( Y eso no quiere decir que esté de acuerdo con los modelos actuales de Europa ni de España) 

(El dibujo es de El Roto; yo sólo soy un palmero)


domingo, 13 de enero de 2013

A vueltas con las leyes de la estupidez humana



Hace ya casi cinco años dediqué una entrada de este blog a Carlo María Cipolla. Vuelvo a él. Lo conocí en la carrera, a finales de los setenta. Era el autor de algunos libros de obligada lectura para un futuro historiador, como Historia económica de la Europa preindustrial. Libros adustos y llenos de datos. La sorpresa fue que diez años después publicara una obra desenfadada y liviana que ha llegado a convertirse en un icono de inteligencia y buen humor. Allegro ma non troppo es el título. Tras un sabroso ensayo sobre «El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media», el libro afronta «Las leyes fundamentales de la estupidez humana», que Cipolla resume en cinco y que recordé en mi artículo de 2008:

PRIMERA. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
SEGUNDA. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.
TERCERA. Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
CUARTA. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.
QUINTA. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado.

De forma complementaria a estas leyes, Carlo María Cipolla establece una tipología de las personas a partir del beneficio o perjuicio de sus acciones: 

Los inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos).
Los incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos).
Los malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos).
Los estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos).

Vuelvo a recordarlo porque últimamente sólo veo malvados y estúpidos; ni los inteligentes, ni siquiera los incautos, menudean. 

miércoles, 9 de enero de 2013

“El amor de la patria. Los moriscos de Hornachos y la república de Salé”



Tengo un amigo islandés, Már Jónsson, que desciende de islandeses raptados por españoles. Sí. Como suena. Con el pasado de todo un vikingo, pero secuestrado. Porque lo habitual es que allá por los siglos IX a XI fueran los vikingos los que se dedicaran a la piratería por estas tierras, pero no que la sufrieran. El caso es que unos centenares de años después también los islandeses recibieron la visita de piratas. Y eran españoles de Hornachos.

Los moriscos de Hornachos expulsados en 1610 de su pueblo por Felipe III y refugiados en Salé, al lado de Rabat, se dedicaron a la piratería por las costas españolas y europeas. En sus incursiones llegaron en 1627 a Reikjavik y secuestraron a 400 islandeses, entre ellos al antepasado de Már Jónsson.

¿Y qué historia es esa de los moriscos de Hornachos? Pues era conocida por los historiadores y ahora la cuenta brillantemente el último documental producido por la Asociación Cultural MORRIMER, de Llerena: “El amor de la patria. Los moriscos de Hornachos y la república de Salé” (72 minutos). La síntesis que han circulado los productores dice:

En el siglo XVI el pueblo extremeño de Hornachos era el principal enclave morisco del reino de Castilla. Gozaba de cierta organización y prosperidad gracias a su laboriosidad y al control del concejo por parte de las familias moriscas más importantes. A pesar de la brutal represión de la inquisición, siguieron practicando en secreto su fe y sus tradiciones. En 1610 la intransigencia religiosa de la sociedad de la época y de sus gobernantes provocó la expulsión de todos los moriscos de los reinos españoles.

A su llegada al norte de África, los moriscos de Hornachos volvieron a dar muestras de su gran capacidad de superación. Se instalaron en Rabat y comenzaron a armar barcos para el corso. En poco tiempo su flota contó con decenas de barcos y se convirtieron en una auténtica potencia corsaria reconocida internacionalmente. En 1627 se independizaron del sultán de Marraquech y crearon la república independiente de Salé.

“El amor de la patria”, que toma su título de una frase de El Quijote, ha sido dirigido por Ángel Hernández y Pedro Martín. MORRIMER ha firmado ya varios documentales y en dos de ellos (“La columna de los ocho mil” y “Los refugiados de Barrancos”) he tenido la suerte de colaborar. En esta ocasión intervienen varios historiadores, investigadores y descendientes de moriscos, como Fermín Mayorga, Francisco Buenavista, Alberto González, Francisco Mateos, Leila Maziane, Hossein Bouzineb, Amal Karioun y Mohamed Bargach. Destaca entre todos ellos la colaboración del prestigioso escritor Juan Goytisolo.

Todos los trabajos de MORRIMER son magníficas piezas de investigación resueltas con mucho oficio fílmico, casi impropio para quienes se declaran aficionados. Por eso no puedo decir que esta nueva producción me haya sorprendido. He disfrutado viéndola, pero al comenzar el DVD sabía con lo que me iba a encontrar: otra soberbia muestra del buen hacer de uno de los colectivos culturales más sobresalientes de Extremadura. Muy recomendable. 

“El amor de la patria. Los moriscos de Hornachos y la república de Salé” se proyecta mañana jueves 10 de enero a las 19:30 horas en el Salón Noble de la Diputación de Badajoz. Más información en www.morrimer.com

sábado, 5 de enero de 2013

Bécquer paradójico


Gustavo Adolfo Bécquer siempre me ha parecido un tipo contradictorio y, por eso, interesante. La contradicción esencial es la de ser autor de una obra que parece hija exclusiva de la inspiración y la inmediatez cuando es todo lo contrario: versos trabajados y rumiados a debida distancia del estro. A pesar de su apariencia de poeta convencional es el mejor ejemplo en el XIX español de poeta moderno, con oficio. Si a la pintura contemporánea le sirve de gozne el Perro semihundido de Goya en 1820, la bisagra que abre la poesía contemporánea española quizás sea esa publicación póstuma del Libro de los gorriones que hicieron sus amigos, en 1871, después de su muerte. 

Aunque tengo algún amigo que no será de esa opinión, también puede considerarse una discordancia que, frente a lo avanzado de sus ideas poéticas, Bécquer fuera partidario, en política, de los conservadores. El caso es que fue un decidido seguidor de uno de los políticos más intransigentes y retrógrados (a pesar de su inicial progresismo) del siglo XIX, Luis González Bravo, que le protegió cuanto pudo y que tenía previsto prologar sus versos. Por eso estaba el original de estos en la casa del por entonces presidente del Gobierno cuando triunfó La Gloriosa. Y allí se perdieron al ser arrasada la vivienda por los revolucionarios. Bécquer huyó con su protector camino de Francia, adonde -según las malas lenguas- González Bravo se llevó parte del Tesoro nacional. Pero el poeta se detuvo en Hendaya y acabó refugiándose en Toledo con su hermano Valeriano.    

Con éste, y bajo el seudónimo de SEM, fue autor según algunos del libro pornográfico Los borbones en pelota, que dibuja y describe de forma soez la procacidad de la corte de la rijosa Isabel II. Una publicación que, si se compadece poco con las ideas políticas del monárquico Bécquer, menos aún encaja con la imagen romántica e idealista que de él nos legaron sus deudos y amigos. Como tampoco encaja que Gustavo Adolfo fuera sifilítico y que su muerte no le llegara por la tuberculosis sino por el mal gálico, que padeció y contagió, según se deduce de sus últimos versos, publicados en 1901 por su amigo Eduardo de Lustonó:

Una mujer envenenó mi alma,
otra mujer envenenó mi cuerpo,
ninguna de las dos vino a buscarme;
yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mi me dieron?


Un buen documental sobre el poeta es “Bécquer desconocido” de La Claqueta. 
El dibujo que ilustra este artículo es de un retrato de Gustavo Adolfo hecho por su hermano Valeriano Bécquer. 

martes, 1 de enero de 2013

Los títulos nobiliarios de la Junta de Extremadura


Un reciente artículo de El País ─”Los (discutidos) nobles de Franco”, 29/12/2012─ me ha puesto sobre la pista de una información histórica curiosa relacionada con Extremadura: el primer título nobiliario concedido en España por una institución que no fuera el rey lo otorgó la Junta de Extremadura en 1808. Aunque la información del diario no lo dice, ese título fue ─según algunos─ el de conde de Campo Espina, otorgado el 21 de septiembre de 1808 a Luis Antonio Gómez Galiano y Corral de Villegas (regidor perpetuo de Oliva de Mérida y, según algunas fuentes, vocal de la Junta) y posteriormente confirmado por Fernando VII en 1815 y 1816. Al menos esa es la información que da José Miguel de Mayoralgo y Lodo en su Historia y régimen jurídico de los títulos nobiliarios y la que aparece en las obras canónicas de nobiliaria española.

La Junta de Extremadura, aunque haya quienes estén persuadidos de que fue creada por el PSOE hace treinta años, se fundó el 30 de mayo de 1808  como principal institución política de la por entonces provincia para hacer frente a la invasión napoleónica. A mediodía había sido asesinado en un tumulto popular el conde de la Torre del Fresno, gobernador de Badajoz, y los prebostes locales decidieron llenar el vacío de poder con un órgano colegiado que recogiera la autoridad doblemente amenazada, por la insurgencia del pueblo y por la osadía del intruso. El 22 de septiembre de 1808 la Junta Suprema de Extremadura decidió conceder a sus miembros determinados honores y distinciones “en consideración a los distinguidos méritos y servicios que han contraído en las actuales circunstancias”. A los militares les elevó la graduación, a los sacerdotes y juristas les nombró miembros de los Consejos de la corona o de la Audiencia, y a otros les otorgó un título nobiliario.

En ese contexto se debió de producir la concesión del título de Campo Espina. Pero, revisadas las actas de esa institución (que están en el archivo digital de la Diputación de Badajoz) no he podido hallar el acuerdo de concesión. Y es raro, porque sí figuran otros. El 25 de septiembre de 1808 se le da a Josef de Chaves, diputado del partido de Llerena, el título de conde de Casa Chaves. Y unas semanas después, el 3 de noviembre, se le otorga a Fructuoso Retamar, diputado de Mérida, el de marqués de Valdelapeña, que parece ser que no aceptó.

Ni en las actas ni en otras fuentes relacionadas con la Junta Suprema de Extremadura que he manejado figura el condado de Campo Espina. Resulta extraño que la fecha de la concesión fuera el 21 de septiembre. Ese día la Junta no tomó acuerdo alguno. Además hubiera resultado insólito conceder un título a alguien un día antes de generalizar las mercedes a la mayoría de los vocales. Y no sólo eso. Tampoco aparece Luis Antonio Gómez Galiano como vocal de la Junta ni en la relación que da en 1908 Román Gómez Villafranca (Extremadura en la Guerra de la Independencia) ni en la 1926 de Jesús Rincón Giménez (Apéndice II de su libro sobre El Regañón). Así pues, es seguro que la Junta de Extremadura concedió títulos y muy probable que fuera la primera institución que lo hizo sin ser el monarca, pero  tengo mis dudas de que el primer título fuera el de Campo Espina y la fecha la del 21 de septiembre de 1808. Para mí que el primer título fue el condado de Casa Chaves y el día el 25 de septiembre de 1808. Quizás no tenga importancia, pero se trata de un nombre y de una fecha. Y esas son las evidencias mínimas de la historia.