jueves, 1 de noviembre de 2018

El doctor Vallina



Releo a Pedro Vallina y me reitero en la opinión que tuve cuando lo leí por primera vez, en 2001, tras regalarme el libro de sus memorias el amigo Cecilio Gordillo, de la CGT. La primera edición se publicó en Venezuela, en 1969, cuando cumplió noventa años, uno antes de morir. En 1999, tras un maratón mecanográfico en el que participaron voluntarios sevillanos, se transcribieron de nuevo estas páginas que habían circulado de mano en mano desde veinte años antes en fotocopias gastadas. Y volvieron a publicarse en el año 2000.

Las memorias del médico anarquista Pedro Vallina son una lectura esencial para quien quiera conocer la historia del movimiento obrero español. Y también para quien esté interesado en la de Extremadura, porque el doctor Vallina, a pesar de ser andaluz de Guadalcanal, fue deportado en varias ocasiones en los años veinte a la Siberia extremeña y allí (en Siruela, en Talarrubias, en Puebla de Alcocer, en Fuenlabrada de los Montes…) acabó convertido en un héroe popular. Y es que, además de aprovechar el destierro para propagar sus ideas ácratas, ejerció como médico entre los campesinos e hizo una labor benéfica que algunos, aunque pocos, conocen.
Sus memorias son interesantísimas. Y pueden leerse en internet: https://app.box.com/s/yc0at5ovn9wya1543g2w

(La semblanza que dediqué a Cecilio Gordillo en mi blog puede consultarse aquí:  https://josemarialama.blogspot.com/2007/02/un-sindicalista-histrico.html)

domingo, 7 de octubre de 2018

Valencia del Ventoso, 7 de octubre de 1918


El 7 de octubre de 1918, hace hoy cien años, la Guardia Civil mató a dos personas en Valencia del Ventoso. En plena huelga general, con los obreros y las mujeres del servicio doméstico en paro, el alcalde de Valencia del Ventoso había mandado cerrar la sociedad obrera. Centenares de obreros se resistieron, se concentraron en su sede en la calle Méndez Núñez y rechazaron a pedradas a las autoridades y a los guardias civiles.

La Guardia Civil disparó indiscriminadamente a la multitud y mató a un joven jornalero de 17 años (Segundo Martín Fernández) y a una mujer embarazada de 36 años (Gumersinda Martínez Boza), hiriendo a numerosas personas más.

En Valencia del Ventoso se había creado en 1908 la sociedad obrera “Luz y Progreso”, de orientación republicana y fue sustituida a partir de 1915 por otra sociedad llamada “La Fraternidad”, donde convivieron socialistas y anarquistas. La huelga, convocada por la sociedad obrera, había empezado en los primeros días de junio de ese año, interrumpiéndose y reanudándose en varias ocasiones. Los obreros agrícolas reclamaban un aumento de jornales para poder pagar los productos básicos. En agosto continuaron las protestas por el precio del pan. Los obreros estaban en permanente movilización. El día 29 de ese mes se manifestaron ante el ayuntamiento 140 obreros en paro forzoso, destacándose una comisión que solicitaba trabajo o se verían obligados “a buscar de comer donde lo hubiere.” Los obreros solicitan permiso para celebrar una manifestación pero se les deniega. Los propietarios despiden a la mayoría de los trabajadores que tenían empleados.

Una nueva vuelta de tuerca se le da al conflicto el 24 de septiembre. Los obreros se van al camino de Sevilla para trabajar sin permiso y después solicitan el pago del jornal. El alcalde llama a la guardia civil.  El 29 de septiembre una reunión entre obreros y el inspector provincial de trabajo acaba en fracaso.

El 30 de septiembre de 1918 acaba el plazo del contrato de los encargados de la custodia del ganado. El 1 de octubre comienza la huelga, los ganados son abandonados y el servicio doméstico abandona también las casas particulares. El alcalde pide la intervención del ejército.

El 2 de octubre se llega a un acuerdo con los mayorales, pero la huelga prosigue con el resto de trabajadores. En el pueblo se siguen concentrando guardias civiles. El 5 de octubre se solicita permiso para hacer una manifestación, tras la cual se dará un mitin. Se les deniega el permiso. Los propietarios hacen distintas ofertas de 7 y 9 reales pero sin llegar a los 10 que pedían los obreros.

El 7 de octubre el alcalde ordena la clausura del centro obrero. La gente se amotina. A las 2 de la tarde, los obreros insultan y apedrean a las autoridades locales y a la Guardia Civil, que responde disparando contra la gente, y mata dos personas, hiriendo a doce personas más.

Aunque los periódicos hablan de tres muertos (dos mujeres y un hombre), en el Registro Civil de Valencia del Ventoso sólo aparecen dos fallecidos. Los cadáveres permanecen en la calle durante catorce horas a la espera de la llegada del juez. El malestar es enorme. En los días siguientes se concentran en el pueblo 125 guardias civiles. Finalmente, los patronos aceptan el jornal solicitado por los obreros.

Son detenidos seis vecinos de Valencia del Ventoso. Con la sociedad descabezada y algunos de sus dirigentes encarcelados, en ese mismo mes de octubre de 1918, los 722 afiliados de la sociedad obrera pidieron su ingreso en el Partido Socialista. Y dos años después, en la primavera de 1920, el Partido Socialista gana las elecciones municipales y Valencia del Ventoso elige a su primer alcalde obrero, Cruz Martínez García, uno de los primeros de la historia de Extremadura.

sábado, 8 de septiembre de 2018

"La Gloriosa", la exposición que no fue


Reviso la oferta de exposiciones de la capital y elijo una que promete. Desde hace tiempo solemos pasar en Madrid el primer fin de semana de septiembre. El título es “La Gloriosa, la revolución que no fue”, abierta durante el segundo semestre del año en el Museo del Romanticismo. Una muestra sobre esa insurrección antiborbónica que, con intenciones distintas, reunió -en 1868 y en torno a la insurgencia- a los progresistas, a los unionistas y a los demócratas.

El museo ya lo conozco. Mi interés está en la exposición. Recorro las salas previas reiterándome en lo que siempre he pensado sobre esta institución de la calle San Mateo: le falta discurso expositivo y le sobran vigilantes. La colección de piezas sobre el XIX español es fantástica, pero uno tiene  la impresión de que se acumulan cuadros y objetos sin explicación alguna. Ya sé que no es un centro de interpretación; que es un museo. Pero, no es un museo generalista, sino con un eje temático bien definido, que debería desarrollarse en las salas. Le hace falta un panelito interpretativo, una grafía, un esquemita, qué sé yo…

Cuando llego al que supongo inicio de la exposición, una minúscula sala con grabados, pregunto a una de las vigilantes:
­“¿Aquí comienza la exposición?”.
“Aquí comienza y aquí termina: esta es la exposición”, me responde con una sonrisita ante mi cara de incredulidad.

Resulta que la exposición, anunciada en todas las guías culturales de Madrid, no es más que una colección de veintitantos grabados, minúsculos casi todos ellos, colgados en una sala de cuatro metros cuadrados. Y punto. De interés, sin duda, pero poca cosa para merecer, por sí solos, una exposición. Lo único interpretativo que tiene la muestra es el título “La Gloriosa, la revolución que no fue”, cuyo sentido uno no alcanza si se atiene exclusivamente a la contemplación de tan magro contenido. Tras mi chasco, a la cabeza se me viene otro título: “La Gloriosa, la exposición que no fue”.

viernes, 3 de agosto de 2018

MEMORIA OFICIAL Y MEMORIA POPULAR

Hay quien opone memoria histórica e historia. No estoy de acuerdo. Creo que la memoria histórica, esto es, lo que la gente común recuerda o le han contado sus familiares sobre lo que ocurrió en nuestro pasado reciente, no tiene que ser menos historia que el rastro de esta en un documento "oficial". La memoria popular (casi siempre oral) es historia en la misma medida que lo es un texto escrito, un papel con membrete. Como toda fuente, debe ser revisada y contrastada, pero su origen no la hace más sospechosa. A veces, cuando es plural, tiene más credibilidad que cualquier documento generado por el poder. 


Leo con interés un libro reciente: Guerra civil y represión en el norte de Extremadura, de Fernando Flores del Manzano (Raíces, Madrid, 2018). Y en la página 138 me deslumbra una doble cita que confirma la belleza de una coincidencia -alrededor de un hecho- de memoria oficial y memoria popular. Aunque no siempre ocurre, la historia que nos lega una institución del poder coincide y se complementa con el recuerdo que sobre el mismo hecho tiene un individuo. 

Transcribe Flores del Manzano el informe de un juez sobre unos cadáveres encontrados en la vía pública de Plasencia el 17 de agosto de 1936. Tras un bombardeo de la aviación republicana sobre el cuartel del Batallón de Ametralladoras de la ciudad del Jerte, los falangistas matan, en represalia,  a varias personas en plena calle. Sobre una de estas víctimas, en una de las partes de su informe, el juez dice: 

"En la calleja de las Escuelas de esta Ciudad fue encontrado también cadáver, según el Sr. Médico Forense, un individuo que, según las referencias que se hacen, se trata de un tal Francisco Galán, de oficio zapatero (...) y  en el suelo próximo a él se encontraron dos casquillos de bala de fusil". Según la autopsia, añade el autor del libro, tenía "orificio de entrada por la nuca y salida por la región clavicular izquierda". 

El rastro oficial de este asesinato lo completa Flores del Manzano con una pertinente nota a pie de página en la que transcribe el testimonio sobre este mismo hecho del dirigente socialista placentino Severiano Caldera de Pablo, que pasó la Guerra Civil escondido en su casa, como un "topo", y dejó escritos sus recuerdos: 

"Hoy, sobre las tres de la tarde, desde mi ventana oigo gritar a un chico que va con los brazos en alto y llorando. Va custodiado por falangistas armados, uno de los cuales dice "No te preocupes, que no te va a pasar nada". Este muchacho, Francisco Galán, pertenece a la Sociedad de Trabajadores de la Tierra, pero es un simple afiliado, sin cargos de responsabilidad en el partido. Pasados unos treinta metros escucho el repiqueteo de un fusil: le han asesinado en plena calle". 

Memoria oficial y memoria histórica. Ambas son historia, ambas sirven para hacer historia. Este caso, como otros, más que confirmación de la veracidad de la historia popular, es comprobación de que la historia que genera el poder a veces no miente. 

sábado, 28 de julio de 2018

Sobre el lenguaje inclusivo



Siempre leo con buenos ojos los artículos del académico de la Lengua Pedro Álvarez de Miranda. Es buen amigo de mi hermano Miguel Ángel y eso basta para que tenga mi atención. Pero, no me ha gustado el que publicó ayer en El País, titulado “¿Una Constitución ‘bigénero’?”.

No acabo de entender esa resistencia numantina, en aceptar ciertas fórmulas que la gente reclama, de quienes dejan pasar al diccionario otros palabros con suma docilidad ante el gusto de la misma gente. Para sostener su argumento menciona tres ejemplos, llevándolos al extremo, que parece ser el único recurso para la impugnación del lenguaje inclusivo:

·         La fórmula dice: “Don Juan Carlos I, rey de España, a todos los que la presente vieren y entendieren...”. ¿Habría de decir: “... a todos los que y a todas las que la presente vieren...”?
·         El Preámbulo comienza: “La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran...”. ¿Habría de decir “... promover el bien de cuantos y cuantas la integran”?
·         Se proclama después la voluntad de la nación de “proteger a todos los españoles y pueblos de España...”. ¿Debería decir ahora “proteger a todos los españoles y todas las españolas y pueblos de España...”?
¿Es necesario seguir? El resultado sería de una farragosidad grotesca. Y lamento tener que utilizar una vez más para este asunto el procedimiento dialéctico de la reducción al absurdo. No encuentro otro más útil. Al menos para con quienes quieran avenirse a razones.
¿Estoy equivocado o dos de los ejemplos que menciona podrían resolverse de manera inclusiva sin recurrir al desdoblamiento?
·         “Don Juan Carlos I, rey de España, a quienes la presente vieren y entendieren...”.
·         “La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de todas las personas que la integran...”

Y, en el último caso, asumiendo sin demasiados problemas ese desdoblamiento:
·         Se proclama después la voluntad de la nación de “proteger a los españoles, a las españolas, y a todos los pueblos de España...”.

Creo que reducir el lenguaje inclusivo al desdoblamiento es argucia de polemista. Entiendo que lo inclusivo consiste en no elevar a sacrosanto el pretendido carácter genérico del masculino y en saber que cada texto tiene su tono y su público. No es lo mismo un poema (en el que el desdoblamiento es ridículo) que un discurso ante un auditorio con hombres y mujeres, en el que sería estúpido (y hasta ofensivo) insistir en el “señores”. En medio hay un montón de tipos de textos que deben escribirse, como siempre, con sentido común y según los casos.

En fin. Hay quienes actúan como si el lenguaje fuera lo único objetivo de la existencia humana, lo único no sometido a condicionante alguno, en su caso los miles de años de preeminencia del hombre sobre la mujer. A ver si nace un cuarto “filósofo de la sospecha” que, tras Marx, Nietzsche y Freud, desenmascare de una vez por todas, ya no los intereses económicos que afectan a la conciencia, la falsa moral o el influjo del inconsciente, sino el poso de la cultura machista en el lenguaje, que no es más que un palimpsesto de la sociedad que lo crea.

Ahora bien, ninguna de estas polémicas merece el cariño de un amigo… ni de una amiga. Faltaría más que por estas cosas nos jugáramos los cuartos de los afectos.

martes, 14 de noviembre de 2017

Historiadores e historietógrafos

Descubrir falacias es el empeño del historiador Alberto Reig Tapia. Y por eso lleva unos meses en el centro del huracán. Catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, es autor de algunos libros capitales para el estudio de la guerra civil y el franquismo, como Ideología e historia. Sobre la represión franquista y la Guerra Civil (1984), Franco Caudillo. Mito y realidad (1995) o Memoria de la guerra civil. Los mitos de la tribu (1999), y de textos combativos contra el revisionismo como Anti-Moa. La subversión neofranquista de la Historia de España (2006).

Hace unas semanas un grupo de jóvenes universitarios cercanos a las CUP publicó en Tarragona un manifiesto insinuando que era un fascista por su oposición al referendum de independencia de Cataluña y a los independentistas catalanes. “El faixisme avança si no se´l combat”, decía esa panda de desnortados acerca de su profesor.

Ahora recibe las andanadas desde la otra esquina. El empeño de Reig por deslindar ciencia e ideología, historia y propaganda, mito y memoria, le ha llevado a dedicar un nuevo libro al revisionismo: La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes (Siglo XXI, Madrid, 2017). Un libro en el que -con el humor y la brillantez expresiva propias de él- vuelve a enfrentarse con rigor a la impostura de los historietógrafos, que pretenden pasar por historiadores, y que se empeñan en desempolvar los viejos mitos del franquismo y en presentarnos sus fobias ideológicas como evidencias históricas incontestables. Si los revisionistas surgidos hace unos lustros (Pío Moa, César Vidal, Federico Jiménez Losantos…) frecuentaban casi exclusivamente los periódicos y las radios, los de ahora ya han anidado en la Universidad y pretenden tapar sus impudicias intelectuales con el birrete.

Uno de los capítulos del libro, precisamente el que publicita la editorial como muestra de la obra, lo dedica a Pedro Carlos González Cuevas, profesor de Historia de las Ideas en la UNED. Éste ha respondido con un texto replicado en un par de periódicos digitales ultramontanos: El Catoblepas y La Crítica. Aunque el capítulo de Reig no menciona a González Cuevas en el título (“La crítica impotente”), éste titula su artículo “Entre la necedad y el parasitismo: el caso Alberto Reig Tapia”.

Sé de buena tinta que Alberto Reig, a estas alturas de la polémica y teniendo en cuenta los exabruptos del susodicho, está pensando retitular su capítulo para próximas ediciones con términos más adecuados, como “Pedro Carlos González Cuevas. El patético caso del profesor chiflado. Homenaje a Jerry Lewis”. Ahí va el enlace al texto de Reig sobre PCGV: https://www.sigloxxieditores.com/media/sigloxxi/files/book-attachment-627.pdf

viernes, 28 de abril de 2017

AGUSTÍN IGLESIAS REVIVE A MATILDE LANDA

Ayer presentó en Zafra el dramaturgo Agustín Iglesias (Madrid, 1953) su último libro, Matilde Landa no está en los cielos, en un acto organizado por el Colectivo Manuel J. Peláez. Tras la morosa presentación de Juan Antonio Hormigón, secretario general de la Asociación de Directores de Escena de España, el grupo de teatro La Oveja Negra hizo una magnífica lectura dramatizada de varias de las escenas del libro, para acabar el autor hablando y dialogando con el público sobre su obra.

Se trata de un texto de teatro basado en una historia real, en el que se recrean varias conversaciones enlazadas, a modo de combate dialéctico, entre dos mujeres muy distintas: Matilde Landa (dirigente comunista, natural de Badajoz, recluida tras la Guerra Civil en Palma de Mallorca) y Bárbara Pons (una de las catequistas de Acción Católica encargadas de su evangelización en la cárcel). Agustín Iglesias convierte a ambos personajes en arquetipos de las dos Españas: una empeñada en catequizar a la otra, quien se resiste a su bautismo hasta el punto de preferir quitarse la vida a doblegarse.

Es un texto duro y brillante, escueto y sobrio, con alguna innovación formal (los personajes llegan a interpelar al narrador y a cuestionar al autor) y de tiempo (Bárbara y Matilde saltan al futuro y hablan del presente). Una obra ideológica y de gran fuerza dramática, en la que el escritor, actor y director de la compañía Guirigai (con sede en Los Santos de Maimona) ha dejado la huella de su notable experiencia teatral.

Y lo ha hecho a partir de la fascinante personalidad de la extremeña Matilde Landa (1904-1942), en quien desemboca una larga tradición de insurrección intelectual y política que enlaza lo mejor de nuestra historia y ejemplifica la larga lucha de varias generaciones contra el oscurantismo y la carcundia. Ella encarna no sólo la tradición de los partidos obreros sino la del republicanismo de fin del siglo XIX (de la que su padre, Rubén Landa, fue uno de los principales representantes en Extremadura) y del liberalismo decimonónico (con notables muestras en su tía abuela, Carolina Coronado; en su bisabuelo, Nicolás Coronado −secretario progresista de la Diputación de Badajoz−, y en su tatarabuelo, el doceañista Fermín Coronado).


Si su tatarabuelo Fermín fue asesinado en la cárcel de Almendralejo por los esbirros de Fernando VII, si su abuelo Nicolás también sufrió cárcel por mandato del rey felón y si su padre hubo de exiliarse en Francia tras participar en la insurrección republicana de Badajoz en 1883, Matilde acabó saltando en 1942 al patio de una cárcel para evitar un bautismo con el que pretendían “limpiar” no sólo sus convicciones, sino las de sus antepasados. Agustín Iglesias revive a Matilde Landa y convierte la dramática peripecia personal de esta mujer en el símbolo de la resistencia cívica, aún hoy, de una de las Españas históricas. 

jueves, 13 de abril de 2017

ÁLBUM ETNOGRÁFICO DE LA MEMORIA POPULAR


Cayetano Ibarra es poeta, historiador, pintor... A sus innegables inquietudes intelectuales une una vena política (ha sido alcalde de Fuente de Cantos y diputado provincial) y otra popular, con una notable afición al folklore en varias de sus manifestaciones. En 2012 ganó el premio "García Matos" de investigación, otorgado por la Federación Extremeña de Folklore, por su obra Agricultura y pastoreo en la zona de campiña de la comarca de Tentudía. Acaba de publicarse el número 35 de la revista Saber Popular donde se recoge este trabajo. Es un cuaderno de campo sobre las prácticas agrícolas, la tradición y la cultura pastoril de esta comarca extremeña, con dibujos originales del propio Ibarra. Un verdadero álbum etnográfico de la memoria popular de Extremadura. 

sábado, 11 de marzo de 2017

REIVINDICACIÓN DE LO RURAL DESDE VALENCIA DEL VENTOSO

Veinte personas, hoy sábado por la mañana, reunidas en Valencia del Ventoso para hablar del territorio donde vivimos y del papel que una asociación cultural como el Colectivo Manuel  Peláez debe desempeñar en el desarrollo de la comarca. Llegamos de Zafra, de Los Santos de Maimona, de Valverde de Burguillos, de Valencia del Ventoso… mitad funcionarios, mitad autónomos, mitad hombres, mitad mujeres, algún parado, mucho artista, varios docentes, aunque pocos jóvenes.

Cada vez me gusta más este tipo de encuentros. Hasta ahora se habían celebrado en Zafra, pero a partir de ahora, en coherencia con lo que se propone, serán itinerantes por toda la zona. Y hoy ha tocado Valencia. De anfitriones han ejercido Lorenzo, María y Miguel Ángel. Hemos reflexionado durante dos horas y pico alrededor de una mesa y después nos hemos tomado unos vinos y un cocido con garbanzos de aquí, de los mejores.

Las actividades culturales en una asociación como la nuestra son importantes, pero −aunque entendamos la cultura en un sentido integrador e integral, no como guinda− no deben ser las únicas. También son necesarias las actividades más políticas, la preocupación por esta polis expandida que es la comarca, en un colectivo que no tiene adscripción partidaria alguna, pero en el que gozamos de la oportunidad de trabajar juntas personas de distintas opciones políticas, especialmente en el ámbito de la izquierda. Aquí hay militantes o simpatizantes del PSOE, de Izquierda Unida, de PODEMOS, algún anarquista y no afiliados ni afiliadas a ningún partido. Es de las pocas asociaciones que conozco en las que hacen cultura y política, sosegadamente, gentes de distintos partidos. En un mundo de crecientes uniformidades, solo me interesa la diversidad, los sitios donde hay gente que opina distinto. Me aburren la unanimidad, las banderías y los sectarismos.

Pero, además de la cultura y la política, está la conciencia. Actividades de concienciación, de ese radicalismo republicano civil que tanta falta hace en España. Por eso el Colectivo está solicitando, por ejemplo, a los ayuntamientos de la zona espacios donde se habiliten entierros civiles. Muchos se ponen de perfil, por eso será un empeño lento y sostenido, pero lo lograremos. Tenemos toda la vida por delante. Es de justicia y de sentido común.

Y, en definitiva, está también el desarrollo del territorio. Gente preocupada por cómo afrontamos el futuro de nuestros municipios, de nuestra comarca. Cómo nos enfrentamos a la despoblación, al envejecimiento de nuestros pueblos, a la realidad de casas sin gentes y gentes sin casas, a una juventud que huye de la escasez de oportunidades…


Reivindicamos la vida rural.  Vivir en una pequeña ciudad o en un pueblo, en pleno siglo XXI, no es ninguna miseria. Además de ser un orgullo, es un privilegio. Y ahí estamos. Haciendo cultura, haciendo política, concienciando y trabajando, modestísimamente, por el desarrollo de nuestros pueblos desde una asociación cultural. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

FELIPE TRIGO, HÉROE NACIONAL

2 de septiembre de 1916. Se cumplen cien años de la muerte de Felipe Trigo. De obra singular, hizo del compromiso social y del erotismo los contenidos básicos de unas novelas que lograron gran éxito en los tres primeros lustros del siglo XX. Fue un escritor profesional, que se ganó bien la vida con sus libros y que se la quitó cuando estaba en plena fama.

Su peripecia vital fue, como su obra, también singular y, en ocasiones, contradictoria. Y hay aspectos de su biografía que no han sido suficientemente divulgados, si no investigados. Uno de ellos es la "etapa marxista”: los artículos en El Socialista, la relación con Pablo Iglesias y su participación, el 28 de julio de 1887, en la fundación de la primera agrupación socialista de Extremadura, la de Cabeza del Buey, pueblo de su mujer, Consuelo Seco.

Otro pasaje biográfico de Trigo poco divulgado es la estancia en Filipinas, como médico militar, y el regreso a España como héroe nacional. El 27 de septiembre de 1896 (también este mes es el aniversario) se sublevaron los tres centenares de tagalos del batallón disciplinario de Fuerte Victoria, en Mindanao. Trigo fue herido (unos dicen que a machetazos y otros, a balazos) y dado por muerto. Pero estaba vivo y pudo arrastrarse hasta escapar y llegar al fuerte más próximo, donde dio la alarma y puso en guardia a los militares españoles. Felipe Trigo fue uno de los dos únicos supervivientes del ataque y regresó a España inválido de su mano izquierda. Recibido por ministros y hasta por la reina regente, la prensa le trató como “el héroe de Fuerte Victoria”, fue propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando (que finalmente no se le concedió), ascendió a teniente coronel y alcanzó una fama que le sirvió para apoyar el resurgir fulgurante de su carrera literaria.

sábado, 27 de agosto de 2016

Marca Extremadura

Esta es una de las imágenes más importantes de la historia de Extremadura. Es conocida, aunque no toda la gente sabe su significado completo. Se trata de la miniatura que situó Elio Antonio de Nebrija, primer gramático de la lengua castellana, en la primera página de la segunda edición de uno de sus libros: Introductiones latinae. El ejemplar que abre la miniatura es, según Eustaquio Sánchez Salor, una reimpresión de 1493-94 de esa segunda edición y perteneció al placentino Juan de Zúñiga, último maestre de Alcántara y amigo del andaluz Nebrija.

Reproduce una de las lecciones del maestro Nebrija en la llamada Academia de Zúñiga, la corte renacentista de humanistas y letrados que el maestre de Alcántara creó en Zalamea de la Serena a finales del siglo XV. El centro de la imagen lo ocupa Nebrija, que tiene a su derecha a un asistente con un libro en las manos. A la izquierda de la imagen está Juan de Zúñiga, atendido por un paje y escuchando la disertación. En el lado derecho de la imagen varias personas asisten también a la clase. De pie, tres mujeres, las tres hermanas del maestre (Isabel, Elvira y María) y sentados, cuatro hombres. Uno de ellos, con bonete rojo, es el hijo de Nebrija, Marcelo de Lebrija, también escritor. Es posible que alguno de los otros tres, o el que está de espaldas, sea el maestro de capilla Solórzano, el mayor músico de España por entonces, el médico Juan de la Parra o el astrólogo judío Abasurto, Abraham Zacuto, autor del Tratado de las influencias del cielo. Ellos tres eran algunos de los más asiduos a la corte de Zúñiga y no es extraño que fueran retratados por el miniaturista.

Este emblema iconográfico de Extremadura resume una de las épocas más brillantes de la cultura en la región, cuando Nebrija escribió en Zalamea de la Serena la primera gramática castellana y el primer diccionario de la lengua. Expresa uno de esos episodios de excelencia cultural (hay más) que a algunos les extraña que sucedieran en Extremadura, cuya historia parece que sólo haya dado para miserias o para destellos de dudosa épica como la conquista de América.

Cualquier proyecto de imagen y promoción de Extremadura debe incorporar iniciativas de reconciliación con nuestro pasado. La mejor tarjeta de presentación es la trayectoria previa, siempre que −como es el caso− esté llena de experiencias prestigiosas. Esta imagen de la Academia de Zúñiga, con el maestro Nebrija impartiendo una lección a finales del siglo XV en Zalamea de la Serena, es una imagen de Marca Extremadura. 

sábado, 13 de agosto de 2016

El año sin verano


Hace doscientos años, en 1816, no hubo verano. Una enorme erupción, en abril de 1815, del volcán Tambora, en Indonesia, unido a otras circunstancias, provocó una bajada radical de temperaturas y la alteración del clima en todo el mundo. Nevó donde y cuando no tenía que nevar (¡en el centro de España, un 11 de agosto!), llovió copiosamente, las cosechas se malograron, los precios subieron y la escasez se extendió por todos lados. Durante los años siguientes, Turner pudo pintar sus cielos gracias a las cenizas en suspensión que dejó el Tambora.

A un grupo de jóvenes escritores ingleses el fenómeno les cogió en Suiza, a orillas del lago Leman. Lord Byron, Claire Clairmont, Percy Shelley, Mary Godwin y el doctor Polidori pasaban las tardes encerrados en Villa Diodati por culpa del mal tiempo. Del 16 al 19 de junio de 1816 idearon allí, a modo de juego, varias historias de terror. La de la jovencísima Mary Godwin fue el germen de uno de los principales personajes de terror conocidos: Frankenstein. Otro de los participantes, el doctor Polidori, publicó poco después su novela El Vampiro, primera del género vampírico al que pertenece Drácula.

La historia es sabida, aunque quizás no tanto las evidencias de ese año sin verano en lugares más anónimos. El año pasado se leyó en el Departamento de Física de la Universidad de Extremadura una tesis doctoral de María Isabel Fernández Fernández: El clima en la región de Zafra durante el período 1750-1840. A partir del rico fondo documental de Feria del Archivo Histórico Municipal de Zafra, la autora reconstruye la situación climatológica de Zafra desde mediados del siglo XVIII a mediados del XIX. La fuente básica son las cartas del contador del duque de Medinaceli en Zafra al propio duque, informándole de los aconteceres del Estado de Feria. Al comienzo de cada una de estas cartas semanales se describe el tiempo meteorológico.

Gracias a la investigación de María Isabel Fernández sabemos que 1816 también fue en Zafra un año sin verano, de muchas lluvias y temperaturas frías, por culpa de la erupción del Tambora. Lo que nunca sabremos es si las inclemencias del tiempo facilitaron, también aquí, algunas veladas literarias de jóvenes ideando historias. Si las hubo, no alcanzaron la trascendencia de esas noches suizas en las que nació Frankenstein. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Ochenta años

Todos los 7 de agosto, de madrugada, recuerdo la salida, aún a oscuras, de los hombres del comandante Castejón desde Los Santos a Zafra. Eran las 3 de la madrugada. Recuerdo que ese día nadie, de los que no se habían marchado, pudo dormir. Las sábanas blancas colgaban de los balcones. Recuerdo a mi bisabuela Lola, que colgó el sacudidor de trapos blancos “para que hubiera paz”. El alcalde, Pepe González, había reunido en la plaza a la gente la noche anterior para recomendar que no se resistiera a las tropas. Aún había esperanza de que eso evitara la masacre. Recuerdo el cañoneo a las 5 de la mañana sobre la estación, donde un tren partía. Los proyectiles del artillero Fernando Barón buscaban también la Fábrica de la Luz, cerca del cuartel de la Guardia Civil, y recuerdo el estruendo de alguno al impactar en la esquina de la calle Ancha.

Después, a las 7 de la mañana, se me viene siempre a la cabeza Cirilo, único resistente, empuñando el arma subido a un cinamomo hasta caer abatido por los soldados. Recuerdo a las tropas entrando en el Campo de Sevilla. Y al capitán Fuentes en la puerta de Santa Marina. No hizo falta que liberara a nadie porque la guardia había sido levantada a primera hora, antes de marcharse del pueblo las autoridades republicanas.

A las 8 de la mañana recuerdo a las tropas en el Ayuntamiento. El nombramiento de la Gestora, con los ricos del pueblo. Y las primeras listas. Y las discusiones para poner y quitar nombres. Y las primeras 500 pesetas encima de una mesa para evitar una captura. Recuerdo las puertas abiertas de las casas para que los moros no las echaran abajo. Y cuando alguna encontraban cerrada, la rapiña en el interior, los muebles volando por los balcones y la mercadería en la puerta. Una máquina de coser, algún reloj: “¡Paisa, barato, barato!”.

A las 11 recuerdo la misa en La Candelaria. El templo abarrotado y los “detente bala”, hechos con las monedas de El Rosario, en los pechos de los militares. Y a don Daniel en el púlpito. Y a Juan Galán concelebrando antes de unirse a las tropas y de pedir su pistola. Recuerdo al medio centenar de personas capturadas, en círculo, en el centro de la plaza Grande, esperando. Y a la gente alrededor, con brazaletes blancos, mirándolas. Y a los soldados deambulando con las armas en la mano. Y a Castejón sentado en un sillón que le había sacado a la calle don Tomás, el farmacéutico.

Nunca se me olvida el calor de las 12 de la mañana de ese día. Y la comitiva por la calle Sevilla de vuelta a Los Santos. La gente aplaudiendo, atemorizada, o escondida tras los visillos. Y la cuerda de presos, atados en grupos de siete u ocho, con las caras desencajadas: Antonio Amaya, Ángel Caño, Bárbara Bizarro, Luis Mata, Diego Luna, Paca Infante, Luis Madroñero, la “Reverte”, Antonio Guerrero, Teodomiro Trujillo, Julián Vitorique, los Coronel, los Montaño… Y don Rafael, el modelista, fuera de la cuerda, pero sin querer separarse de doña Juana, la maestra, también apresada.

Recuerdo ese mediodía de hace ochenta años como si fuera hoy. Los camiones, los caballos, las tropas… Aún oigo el sonido atroz de las balas de los fusilamientos, que cada cinco minutos detenían la marcha de los “conquistadores”, y veo alejarse por la carretera de Los Santos la polvareda de la historia fatal de ese día.


[Zafra en agosto de 1936. Dibujo de Justo Calderón]

lunes, 1 de febrero de 2016

Una historia coral de la transición

Una vez más nos reunimos en Zafra alrededor de la historia. En los últimos años han sido muchas las ocasiones en que estas veladas culturales, que tan frecuentes son en nuestra ciudad, han tenido un motivo histórico. Y con la compañía de muchos historiadores hemos reflexionado sobre el pasado reciente de España.

Paul Preston, Josep Fontana, Francisco Moreno, Francisco Espinosa, Alberto Gil Novales, Ian Gibson, Julián Casanova… han sido algunos de los historiadores contemporaneístas que nos han acompañado aquí, en Zafra, en los últimos diez años. Actos organizados por el Colectivo Manuel J. Peláez, por la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica, por el Seminario Humanístico de Zafra o por el Centro de Estudios del Estado de Feria y que nos han permitido indagar en nuestra historia común y debatir sobre los diversos enfoques de la misma.
Una vez más nos reunimos aquí para hablar de nuestra historia reciente. En esta ocasión con la excusa de la presentación de un libro, que aunque no sea una monografía histórica al uso, es un libro de historia. Ahora veremos de qué manera. Y cuyo autor, aunque no sea un historiador, es un excelente cronista y escritor, aunque él prefiere considerarse, sencillamente, un periodista.
333 historias de la transición es el libro y Carlos Santos, el autor.
Carlos Santos es especialmente conocido hoy como subdirector del programa “No es un día cualquiera” de Radio Nacional de España, que dirige Pepa Fernández las mañanas de los sábados y domingos. Además, conocemos su rostro gracias a las intervenciones en tertulias políticas televisivas como la de Al rojo vivo de la Sexta. Pero, la trayectoria periodística de Carlos Santos Gurriarán es ya dilatada y va camino de los cuarenta años.
Natural de San Cebrián de Castro (Zamora), aunque muy vinculado a Almería, es licenciado en Filología Hispánica y en Periodismo. En 1999 entró a trabajar en Radio Nacional de España, tras su paso, como presentador, por Canal Sur Radio y Canal Sur Televisión. Anteriormente, había sido editor de la revista Cambio 16, director de La Voz de Almería, redactor de Diario 16, El Imparcial o El Noticiero Universal y corresponsal en Madrid de Mundo Diario.
Ha trabajado con Julio César Iglesias, con Carlos Herrera, Juan Ramón Lucas o Pepa Fernández. Ha tocado todas las teclas (las radiofónicas, las televisivas y las de papel) del oficio periodístico. Y lo ha hecho desde funciones y cometidos distintos: presentando un programa informativo, llevando un espacio de música, hablando de gastronomía, opinando de política, dirigiendo formatos, dibujando con la palabra unos soberbios retratos de los personajes invitados a la radio, y escribiéndolo todo desde 1978 en su libreta colorá.
Hay un elemento que destaca especialmente en Carlos Santos. A este tipo le gusta la mezcla, se resiste a esa pureza que algunos enarbolan como principio de la existencia, y que tantos disgustos nos ha traído a lo largo de nuestra historia. Se enorgullece de que entre sus apellidos los haya castellanos, vascos, lusitanos y gitanos. Hace alarde de haber nacido en Castilla, de haber sido criado en Almería, de haber estudiado en Barcelona, de vivir en Madrid, de tener casa en Sevilla y de haberse enamorado de un pedazo de Extremadura. Se considera un español de España, al que le viene como anillo al dedo la trashumancia semanal de No es un día cualquiera.
Es periodista, pero también escritor. Le interesa la política y la historia, pero también la literatura, la música y la gastronomía. Escribe, toca el piano y, con una túnica negra y un tambor, participa todos los años en la rompida de Andorra de Teruel. Tiene algo de proteico, y no porque cambie de ideas, sino porque cambia de forma. Y desde todas las que adopta reivindica la igualdad de derechos de la gente, pero desde la diversidad.
Aunque no alardee de ello, además de periodista es, como digo, escritor. Y la precisión es necesaria, porque no todos los periodistas lo son. Es autor de varios libros relacionados con la naturaleza y en colaboración con Joaquín Araujo, como Los Arconocales, parque natural y Cabo de Gata, espléndida austeridad. Pero, sobre todo, ha escrito un libro sobre la vida de un misionero español, su tío Luis Gurriarán, en una comunidad maya: Guatemala, el silencio del gallo.
333 historias de la transición es el nombre de su último libro. El subtítulo Chaquetas de pana, tetas al aire, ruido de sables, suspiros, algaradas y… consenso. Se trata de una crónica a partir de los testimonios recopilados por el autor en sus conversaciones con numerosos testigos de una época, la transición española de la dictadura a la democracia, que también él tuvo ocasión de vivir en primera persona.
Aunque la cronología de la transición siempre ha sido objeto de controversias, Carlos Santos inscribe su relato entre el año 1975, año de la muerte del dictador, y 1981, año del golpe de Estado. Realmente, empieza un poco antes, porque en el arranque del libro “coge algo de carrerilla” y abre el relato en los años sesenta. Y tampoco termina exactamente en 1981, porque hay menciones a hechos posteriores.
Este libro se inserta, pues, en la fecunda bibliografía sobre la transición política española de la dictadura a la democracia. Más concretamente en esa bibliografía del yo, memorística, de biografías, testimonios y memorias personales.
Hay mucho libro biográfico y autobiográfico, pero la mayoría, por no decir todos, son de celebridades, de hombres públicos, de políticos o personajes conocidos. En ese sentido, el libro de Carlos Santos -memorialista, sí− tiene una peculiaridad: es un libro a partir de testimonios de gente, en su mayor parte, desconocida. Aunque también hay algún famoso, son sobre todo familiares y amigos del propio Carlos los que le han legado sus testimonios. Y Carlos no suele identificar de quién es el testimonio cuando lo relata. Salvo excepciones, la única pista es la relación de cincuenta y tantos nombres que aparece en los agradecimientos. Estos testimonios los hilvana el autor con algunas referencias bibliográficas y su propia experiencia biográficas.
Por tanto, memoria colectiva, no individual; memoria de la gente, no de celebridades. Y memoria de escenas, fragmentaria, no lineal: “álbum de fotos”, le llama él. Trescientas treinta y tres fotos. El otro día me preguntaba alguien si este era un libro de anécdotas. En modo alguno. Nunca incluiría yo, entre los rasgos del libro, la condición de anecdótico. No es un libro de anécdotas. Habla de los mismos hechos que integran la historia del período tal y como nos la cuentan los libros de historia. La muerte de Franco, Arias y el espíritu del 12 de febrero, la primera prensa en libertad, los siete magníficos, los crímenes de Atocha, la ultraderecha, Suárez, los pactos de la Moncloa, el viejo profesor, el PSOE de “socialistas antes que marxistas”, el Partido comunista de la famosa bandera rojigualda, los asesinatos de ETA, el ruido de sables, el golpe de Tejero…
Pero aborda la historia del período desde una perspectiva no sujeta a los parámetros historiográficos. Adopta el enfoque galdosiano o del Unamuno que reivindicaba la intrahistoria de los hechos. Los historiadores estamos tan atentos a descubrir causalidades a veces no reparamos en las casualidades. Este libro se basa en estas últimas, porque no deja de ser una casualidad que cada uno de quienes aportan sus testimonios en estas 333 historias estuvieran donde estaban para poder ofrecérnoslos.
No es por tanto mal procedimiento este de basarse en casualidades. Más aún cuando el período ofrece alguna coincidencia estremecedora, como esos cinco años, tres meses y tres días que van desde el 20 de noviembre de 1975 al 23 de febrero de 1981, exactamente el mismo tiempo que va desde el 14 de abril de 1931 al 17 de julio de 1936.
Por otro lado, Carlos Santos recorre este tramo de la historia fijándose en aspectos no sólo estrictamente políticos, sino culturales, psicológicos. Hace mención al cine, al teatro, a la televisión, a la radio, a la literatura, y sobre todo a la música de la época. Según sus propias palabras: “La idea no es relatar los mecanismos políticos que desembocaron en la construcción de un Estado de Derecho tras una dictadura. La idea es dar las claves, recrear la atmósfera y el ánimo colectivo de un momento histórico en el que todos los protagonistas lo tenían claro: las cosas nunca volverían a ser como eran.”

333 historias de la transición es, en definitiva, una propuesta novedosa de presentar la transición de la dictadura a la democracia, memorialista, colectiva, coral, y en el que late la reivindicación del autor de un período histórico clave en nuestro pasado reciente. 

(Presentación del libro de Carlos Santos 333 historias de la transición. Zafra, 25 de enero de 2016)

sábado, 31 de octubre de 2015

DESARROLLO LOCAL, HISTORIA Y LITERATURA: en torno al "árbol del pan" y sus frutos

Presentación de la X Feria de la Castaña

Cabeza la Vaca, viernes 30 de octubre de 2015

Buenas noches. Agradezco al Ayuntamiento de Cabeza la Vaca, como principal institución organizadora de la Feria de la Castaña, que me haya invitado a estar hoy aquí con ustedes. Mi agradecimiento es, en primer lugar, por permitirme recuperar, con este acto, una parte importante de mi vida, la de los años que viví vinculado a Cabeza la Vaca y al resto de localidades de la comarca de Tentudía.

Desde finales de 1993 mi actividad profesional transcurrió en estas tierras. Primero como director de la Escuela Taller de Monesterio (que años después pasó a ser la Unidad de Desarrollo y Formación para el Empleo “Las Moreras” o “Antonio Morales Recio”, en recuerdo del amigo que fue su subdirector y que murió en el ejercicio de sus funciones). Después como director-gerente del Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, creado en 1996. Y que estuvo muy unido a este municipio debido a la elección como primer presidente de Manuel Vázquez Villanueva, alcalde entonces de Cabeza la Vaca, con quien trabajé codo con codo durante los primeros años de vida del centro.
Desde CEDECO impulsamos la iniciativa comunitaria LEADER y a través de ella se diseñó el proceso de desarrollo territorial de la comarca y se comenzaron a financiar numerosas iniciativas empresariales y sociales que redundaron en beneficio, eso creo, de ese desarrollo. Durante diez años permanecí -yo, que soy de Zafra- muy cerca de este trozo de Extremadura.

Los escritores recordamos la vida por lo que hemos escrito. Y sobre Cabeza la Vaca uno ha escrito algo. Al principio, estudios sociales y económicos en mi función de técnico de desarrollo territorial.
El primero fue hace ya veintitrés años, en 1992, sobre la subcomarca de los Servicios Sociales de Base de Monesterio, Montemolín, Calera de León y Cabeza la Vaca. Lo redacté dentro de un encargo al Taller Zafra de Educación Popular, la empresa en la que trabajé de 1988 a 1993, antes de incorporarme a finales de ese año a mi nuevo puesto de trabajo en Monesterio.
Después de este estudio vinieron otros, incorporados ya al proceso de dinamización de estas tierras, como el “Plan Estratégico de Desarrollo Territorial  sobre la subcomarca de Monesterio”, presentado como trabajo del master de Desarrollo Local que cursé en 1996 en la Universidad Autónoma de Madrid, o “La comarca de Tentudía vista por su gente”, un dictamen social sobre el desarrollo de la comarca de Tentudía elaborado a partir de las opiniones de los participantes en un curso relacionado con el LEADER. Por cierto, que en ese curso de hace veinte años (tan importante para lo que después vino) participaron varios vecinos y vecinas de Cabeza la Vaca, que no quiero dejar de citar: Juan Barroso, Manuel Belmonte, Ana Caballero, Pilar Colorado, Tobías Fabián, Elena Lavado, Blasa Lemos, Carmen Macías, José Martínez, Antonio Mateos, Rosario Pérez, Rosa Pérez, Rufina Ramos, Isabel Romero y Pepa Vázquez. Sobre nombres como estos se ha construido el progreso de esta comarca.
El siguiente escrito relacionado con esta localidad que recuerdo haber hecho tuvo un carácter histórico-literario: “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” se titulaba. Fue un texto largo que apareció en 2001, en uno de los volúmenes, Tentudía, la montaña mágica, espléndidamente editados por la Diputación de Badajoz y dedicados a las diversas comarcas de la provincia. En ese texto escribía sobre cómo “la profundidad de las cuevas de Fuentes de León tiene su envés en la altura del caserío de Cabeza la Vaca, el más alto de toda la provincia de Badajoz”. Escribía también que por ello no es casualidad que la patrona sea Nuestra Señora de los Ángeles (con permiso de San Benito Abad). Y escribía sobre el origen del nombre y del poblamiento.
“No hay constancia en Cabeza la Vaca de poblamiento anterior al Medievo al contrario que la mayoría de los núcleos comarcanos -decía- reduciéndose su antigüedad al siglo XIV. Quizás por esta bisoñez del caserío los naturales destacan orgullosos cómo Felipe II concedió al lugar el título de Villa en 1594 y le otorgó el privilegio de impartir justicia. De esa época data la Cruz del Royo…”

Mencionaba la plaza de toros, la principal de la comarca, sin callejón y adosada a otros edificios; la Torre del Reloj, del siglo XVIII, y algún sucedido célebre como el relatado por el tantas veces fantasioso Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, que en sus Partidos Triunfantes de la Beturia Túrdula, dice que el año 1755 cerca de Cabeza la Vaca,
se hundió un poco de sierra y tal fue el montón de aguas que salieron de sus entrañas que parecía un diluvio, quedando los naturales atemorizados. Después a los pocos días se recogieron y no han vuelto a salir.

Terminaba esas menciones a Cabeza la Vaca en la “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” con un suceso que desarrollé en un artículo unos años después. “Nazis en Cabeza la Vaca” se llamaba, y en él historiaba la muerte en accidente de seis aviadores de la Legión Condor en la sierra de la Buitrera, aquí al lado, el 16 de abril de 1938. Lo publiqué, en colaboración con el historiador Francisco Espinosa, en el número de octubre de 2002 de la revista local “El Rollo”. En él sacamos a la luz también las magníficas fotos de la agencia EFE sobre la erección de un monolito por parte de la Legión Cóndor en la cima de la Buitrera en mayo de 1939. Y lo acompañamos de otra fotografía realizada por Jordi Macías con la apariencia actual -bueno, de hace ya trece años- del monolito.
Y lo último que he escrito sobre esta localidad es este texto que ahora les leo presentándoles la Feria de la Castaña en su décima edición. Si hasta aquí hay, en mis textos sobre Cabeza la Vaca, tanto muestras de temas socioeconómicos, como literarios e históricos, en este último texto que aquí les ofrezco se me antoja que se mezclan todos ellos. Ejerzo, pues, en él –con la excusa de la castaña- mis tres dedicaciones y obsesiones: la de técnico de desarrollo territorial, la de escritor y la de historiador.

Porque la Feria de la Castaña entiendo que es, en primer lugar, una iniciativa vinculada con el desarrollo de esta tierra. La excepcionalidad de las manchas de castaño de este término, tan meridionales, que existen quizás gracias a la altura del caserío más elevado de toda la provincia y a la humedad consiguiente, han situado la castaña de Cabeza la Vaca como una pieza básica del desarrollo del municipio.
Durante mucho tiempo la castaña ha estado en regresión. No sólo aquí, en todos lados. De ser un producto agrícola, por su uso alimentario para la población y para el ganado, cuando fallaba el cereal, ha pasado a ser un producto prácticamente forestal. Y eso a pesar de que siguen siendo notables las potencialidades económicas de los castaños y sus posibles aprovechamientos, sean de la madera o del fruto, y de éste fresco o elaborado (almíbar, bombones, harina, mermelada…). En Cabeza la Vaca, la producción de castaña, a diferencia del otro foco castañero del norte de Extremadura, ha estado más vinculada al aprovechamiento del fruto que al de la madera, y la recolección (destinada la mayoría a harina) ronda anualmente –según tengo entendido- los 200.000 kilos.
De todas formas, la importancia del castaño viene dada también por la compatibilidad de su cultivo con otras actividades que permiten el desarrollo rural, como la caza, la pesca, el turismo, la micología, etc. Y es que el castaño no es un cultivo excluyente.
Pero más allá de la incidencia real que los castaños tengan en la economía de la zona, su valor es también identitario, tiene que ver con la identidad, con vuestra identidad. Y no hay desarrollo de un territorio sin identidad. Esa siempre ha sido una preocupación al emprender procesos de desarrollo de una zona, de un municipio o de una comarca. El desarrollo no es sólo una cuestión cuantitativa, tiene que ver sobre todo con la capacidad que tiene un pueblo de reconocerse a sí mismo y de diseñar su futuro. Y eso atañe más a la cualidad que a la cantidad.
El trabajo que venís haciendo, desde hace ya diez años, en torno a la castaña, a su promoción y valoración tiene que ver con el desarrollo no sólo porque se trate de un producto que incide en la economía. Tiene que ver con el desarrollo sobre todo porque se trata de un producto que incide en la cultura y en la identidad, en vuestra tradición y personalidad.
Durante unos días, y alrededor de la castaña, instalaréis un mercado verde y artesano, con productos de temporada; organizaréis rutas de la tapa, quedadas cicloturistas, rutas senderistas, talleres de cocina, exposiciones de caballos y enganches, demostraciones de herrajes, concursos de postres y dulces de castaña, cursos de transformación y elaboración de este fruto, cursos sobre el manejo del castañar. Bajo la tutela del ayuntamiento y con la colaboración de la Diputación de Badajoz y numerosas empresas y asociaciones, entre ellas el Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, durante unos días vais a insistir en vuestra identidad, vais a hablar de una de vuestras señas de identidad. Y eso es lo primordial.
Así lo han entendido también otros muchos pueblos peninsulares, que por estas fechas celebran festividades similares alrededor de la castaña. Como Marvao, en Portugal, que algún año ha tenido representación en vuestra feria y que anualmente celebra la Festa do Castanheiro. Como Alcaucín, en Málaga, y su Día de la Castaña. O los también malagueños Pujerra y Genalguacil. Como la Festa da Castaña en Breixa, Silleda, Galicia. El magosto de los pueblos del norte. O, en Extremadura, y con un carácter más genérico, el Otoño Mágico, una programación de actividades en el cacereño Valle del Ambroz que se acerca ya a las veinte ediciones.

Y es que la castaña no es un fruto cualquiera; es un fruto con personalidad, propicio para forjar identidades. Haré de historiador. Aunque se dice que lo introdujeron los romanos en la Península Ibérica, ya los celtas lo tenían por un fruto totémico, y el castaño era uno de sus árboles sagrados.
Los celtas. Resulta significativo si tenemos en cuenta que Cabeza la Vaca, como el resto de estas tierras del sur de Extremadura, desde Zafra hasta aquí, y desde aquí a la desembocadura del río Sado en Portugal, atesora una peculiaridad histórica: la de ser –en el siglo II antes de Cristo- tierra celta, a diferencia del origen étnico distinto del resto de la provincia: los túrdulos de Azuaga o los lusitanos de Mérida. Esto era la Beturia Céltica, ese círculo cultural prerromano ubicado en la cuenca del río Ardila y que tiene manifestaciones en Capote, en la Sierra de la Martela, en los Castillejos de Fuente de Cantos, en Belén de Zafra… Prácticamente toda la comarca actual de Tentudía fue Beturia Céltica. Y en lo más alto de este territorio céltico es significativo que aún perviva el árbol sagrado de los celtas, el castaño.
Es, por tanto, un vestigio histórico. Pero también simbólico. La castaña introduce el otoño. Es el otoño. Si el verano es el sol, la primavera las flores y el invierno la nieve, el otoño es la castaña. El otoño siempre ha estado vinculado a la noción de muerte, a la caída de la hoja, a ese acabarse cíclico de la naturaleza. Y en ese escenario de expiración, de fallecimiento, la castaña ejerce como representación de la vitalidad. No es casual la vinculación de la castaña a la festividad de los muertos, de los difuntos (que tampoco es casual que se celebre al comienzo del otoño). La chaquetía, que decimos en mi pueblo. Es una unión por contraste. Esos once días que van de Tosantos a San Martín, del 1 al 11 de noviembre, son los de la celebración del magosto, la gran hoguera, el gran fuego alrededor del cual se asaban las castañas y se adoraba la fecundidad de la tierra. Por cada castaña que estallaba en el fuego un alma del purgatorio que se libraba, decía la tradición.

Sí, es evidente que la castaña no es un fruto cualquiera. Alrededor de la castaña hay refranes, tradiciones, costumbres y hasta personajes. Como la famosa María Castaña, una castañeira gallega que vivió a finales del siglo XIV, se rebeló contra el obispo de Lugo y ha pasado al lenguaje popular como representación de tiempos lejanísimos: los tiempos de Maricastaña.
Tras la castaña hay tradición, historia, simbología y literatura. Son muy numerosos los dichos y refranes relacionados, lo cual indica la importancia que siempre ha tenido en nuestras vidas.
Sacar las castañas del fuego.
Se parecen como un huevo a una castaña.
Valer menos que una castaña.
Cada cosa a su tiempo y la castaña en Adviento.
Castañas en Navidad, saben bien y pártense mal
Por San Eugenio, castañas al fuego
Por San Martín se hace el magosto, con castañas asadas y vino o mosto

El árbol del pan, llamó Jenofonte al castaño. Y en esa definición está la explicación de su importancia. Aunque hoy la castaña esté más en el ámbito de la gourmetería, antiguamente fue un alimento esencial. De ahí su importancia y su omnipresencia en nuestras tradiciones. Las que recuerda Pablo Neruda en uno de sus poemas, la “Oda a una castaña en el suelo”:
Del follaje erizado
caíste
completa,
de manera pulida,
de lúcida caoba,
lista
como un violín que acaba
de nacer en la altura
y cae
ofreciendo sus dones encerrados,
su escondida dulzura,
terminada en secreto
entre pájaros y hojas,
escuela de la forma,
linaje de la leña y de la harina,
instrumento ovalado
que guarda en su estructura
delicia intacta y rosa comestible.

(…)

Celebráis la décima edición de la Feria de la Castaña de Cabeza la Vaca. Que sepáis que con ella impulsáis, año a año, una iniciativa de desarrollo del territorio, económica y turística, pero también lleváis a cabo un ejercicio de singularidad, histórico y simbólico, de reencuentro con vosotros mismos, con vosotras mismas, al acercaros –como los antiguos celtas− al tronco del castaño a  recoger el fruto que durante tanto tiempo fue el único pan. Que lo disfrutéis.
Muchas gracias.