jueves, 1 de septiembre de 2016

FELIPE TRIGO, HÉROE NACIONAL

2 de septiembre de 1916. Se cumplen cien años de la muerte de Felipe Trigo. De obra singular, hizo del compromiso social y del erotismo los contenidos básicos de unas novelas que lograron gran éxito en los tres primeros lustros del siglo XX. Fue un escritor profesional, que se ganó bien la vida con sus libros y que se la quitó cuando estaba en plena fama.

Su peripecia vital fue, como su obra, también singular y, en ocasiones, contradictoria. Y hay aspectos de su biografía que no han sido suficientemente divulgados, si no investigados. Uno de ellos es la "etapa marxista”: los artículos en El Socialista, la relación con Pablo Iglesias y su participación, el 28 de julio de 1887, en la fundación de la primera agrupación socialista de Extremadura, la de Cabeza del Buey, pueblo de su mujer, Consuelo Seco.

Otro pasaje biográfico de Trigo poco divulgado es la estancia en Filipinas, como médico militar, y el regreso a España como héroe nacional. El 27 de septiembre de 1896 (también este mes es el aniversario) se sublevaron los tres centenares de tagalos del batallón disciplinario de Fuerte Victoria, en Mindanao. Trigo fue herido (unos dicen que a machetazos y otros, a balazos) y dado por muerto. Pero estaba vivo y pudo arrastrarse hasta escapar y llegar al fuerte más próximo, donde dio la alarma y puso en guardia a los militares españoles. Felipe Trigo fue uno de los dos únicos supervivientes del ataque y regresó a España inválido de su mano izquierda. Recibido por ministros y hasta por la reina regente, la prensa le trató como “el héroe de Fuerte Victoria”, fue propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando (que finalmente no se le concedió), ascendió a teniente coronel y alcanzó una fama que le sirvió para apoyar el resurgir fulgurante de su carrera literaria.

sábado, 27 de agosto de 2016

Marca Extremadura

Esta es una de las imágenes más importantes de la historia de Extremadura. Es conocida, aunque no toda la gente sabe su significado completo. Se trata de la miniatura que situó Elio Antonio de Nebrija, primer gramático de la lengua castellana, en la primera página de la segunda edición de uno de sus libros: Introductiones latinae. El ejemplar que abre la miniatura es, según Eustaquio Sánchez Salor, una reimpresión de 1493-94 de esa segunda edición y perteneció al placentino Juan de Zúñiga, último maestre de Alcántara y amigo del andaluz Nebrija.

Reproduce una de las lecciones del maestro Nebrija en la llamada Academia de Zúñiga, la corte renacentista de humanistas y letrados que el maestre de Alcántara creó en Zalamea de la Serena a finales del siglo XV. El centro de la imagen lo ocupa Nebrija, que tiene a su derecha a un asistente con un libro en las manos. A la izquierda de la imagen está Juan de Zúñiga, atendido por un paje y escuchando la disertación. En el lado derecho de la imagen varias personas asisten también a la clase. De pie, tres mujeres, las tres hermanas del maestre (Isabel, Elvira y María) y sentados, cuatro hombres. Uno de ellos, con bonete rojo, es el hijo de Nebrija, Marcelo de Lebrija, también escritor. Es posible que alguno de los otros tres, o el que está de espaldas, sea el maestro de capilla Solórzano, el mayor músico de España por entonces, el médico Juan de la Parra o el astrólogo judío Abasurto, Abraham Zacuto, autor del Tratado de las influencias del cielo. Ellos tres eran algunos de los más asiduos a la corte de Zúñiga y no es extraño que fueran retratados por el miniaturista.

Este emblema iconográfico de Extremadura resume una de las épocas más brillantes de la cultura en la región, cuando Nebrija escribió en Zalamea de la Serena la primera gramática castellana y el primer diccionario de la lengua. Expresa uno de esos episodios de excelencia cultural (hay más) que a algunos les extraña que sucedieran en Extremadura, cuya historia parece que sólo haya dado para miserias o para destellos de dudosa épica como la conquista de América.

Cualquier proyecto de imagen y promoción de Extremadura debe incorporar iniciativas de reconciliación con nuestro pasado. La mejor tarjeta de presentación es la trayectoria previa, siempre que −como es el caso− esté llena de experiencias prestigiosas. Esta imagen de la Academia de Zúñiga, con el maestro Nebrija impartiendo una lección a finales del siglo XV en Zalamea de la Serena, es una imagen de Marca Extremadura. 

sábado, 13 de agosto de 2016

El año sin verano


Hace doscientos años, en 1816, no hubo verano. Una enorme erupción, en abril de 1815, del volcán Tambora, en Indonesia, unido a otras circunstancias, provocó una bajada radical de temperaturas y la alteración del clima en todo el mundo. Nevó donde y cuando no tenía que nevar (¡en el centro de España, un 11 de agosto!), llovió copiosamente, las cosechas se malograron, los precios subieron y la escasez se extendió por todos lados. Durante los años siguientes, Turner pudo pintar sus cielos gracias a las cenizas en suspensión que dejó el Tambora.

A un grupo de jóvenes escritores ingleses el fenómeno les cogió en Suiza, a orillas del lago Leman. Lord Byron, Claire Clairmont, Percy Shelley, Mary Godwin y el doctor Polidori pasaban las tardes encerrados en Villa Diodati por culpa del mal tiempo. Del 16 al 19 de junio de 1816 idearon allí, a modo de juego, varias historias de terror. La de la jovencísima Mary Godwin fue el germen de uno de los principales personajes de terror conocidos: Frankenstein. Otro de los participantes, el doctor Polidori, publicó poco después su novela El Vampiro, primera del género vampírico al que pertenece Drácula.

La historia es sabida, aunque quizás no tanto las evidencias de ese año sin verano en lugares más anónimos. El año pasado se leyó en el Departamento de Física de la Universidad de Extremadura una tesis doctoral de María Isabel Fernández Fernández: El clima en la región de Zafra durante el período 1750-1840. A partir del rico fondo documental de Feria del Archivo Histórico Municipal de Zafra, la autora reconstruye la situación climatológica de Zafra desde mediados del siglo XVIII a mediados del XIX. La fuente básica son las cartas del contador del duque de Medinaceli en Zafra al propio duque, informándole de los aconteceres del Estado de Feria. Al comienzo de cada una de estas cartas semanales se describe el tiempo meteorológico.

Gracias a la investigación de María Isabel Fernández sabemos que 1816 también fue en Zafra un año sin verano, de muchas lluvias y temperaturas frías, por culpa de la erupción del Tambora. Lo que nunca sabremos es si las inclemencias del tiempo facilitaron, también aquí, algunas veladas literarias de jóvenes ideando historias. Si las hubo, no alcanzaron la trascendencia de esas noches suizas en las que nació Frankenstein. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Ochenta años

Todos los 7 de agosto, de madrugada, recuerdo la salida, aún a oscuras, de los hombres del comandante Castejón desde Los Santos a Zafra. Eran las 3 de la madrugada. Recuerdo que ese día nadie, de los que no se habían marchado, pudo dormir. Las sábanas blancas colgaban de los balcones. Recuerdo a mi bisabuela Lola, que colgó el sacudidor de trapos blancos “para que hubiera paz”. El alcalde, Pepe González, había reunido en la plaza a la gente la noche anterior para recomendar que no se resistiera a las tropas. Aún había esperanza de que eso evitara la masacre. Recuerdo el cañoneo a las 5 de la mañana sobre la estación, donde un tren partía. Los proyectiles del artillero Fernando Barón buscaban también la Fábrica de la Luz, cerca del cuartel de la Guardia Civil, y recuerdo el estruendo de alguno al impactar en la esquina de la calle Ancha.

Después, a las 7 de la mañana, se me viene siempre a la cabeza Cirilo, único resistente, empuñando el arma subido a un cinamomo hasta caer abatido por los soldados. Recuerdo a las tropas entrando en el Campo de Sevilla. Y al capitán Fuentes en la puerta de Santa Marina. No hizo falta que liberara a nadie porque la guardia había sido levantada a primera hora, antes de marcharse del pueblo las autoridades republicanas.

A las 8 de la mañana recuerdo a las tropas en el Ayuntamiento. El nombramiento de la Gestora, con los ricos del pueblo. Y las primeras listas. Y las discusiones para poner y quitar nombres. Y las primeras 500 pesetas encima de una mesa para evitar una captura. Recuerdo las puertas abiertas de las casas para que los moros no las echaran abajo. Y cuando alguna encontraban cerrada, la rapiña en el interior, los muebles volando por los balcones y la mercadería en la puerta. Una máquina de coser, algún reloj: “¡Paisa, barato, barato!”.

A las 11 recuerdo la misa en La Candelaria. El templo abarrotado y los “detente bala”, hechos con las monedas de El Rosario, en los pechos de los militares. Y a don Daniel en el púlpito. Y a Juan Galán concelebrando antes de unirse a las tropas y de pedir su pistola. Recuerdo al medio centenar de personas capturadas, en círculo, en el centro de la plaza Grande, esperando. Y a la gente alrededor, con brazaletes blancos, mirándolas. Y a los soldados deambulando con las armas en la mano. Y a Castejón sentado en un sillón que le había sacado a la calle don Tomás, el farmacéutico.

Nunca se me olvida el calor de las 12 de la mañana de ese día. Y la comitiva por la calle Sevilla de vuelta a Los Santos. La gente aplaudiendo, atemorizada, o escondida tras los visillos. Y la cuerda de presos, atados en grupos de siete u ocho, con las caras desencajadas: Antonio Amaya, Ángel Caño, Bárbara Bizarro, Luis Mata, Diego Luna, Paca Infante, Luis Madroñero, la “Reverte”, Antonio Guerrero, Teodomiro Trujillo, Julián Vitorique, los Coronel, los Montaño… Y don Rafael, el modelista, fuera de la cuerda, pero sin querer separarse de doña Juana, la maestra, también apresada.

Recuerdo ese mediodía de hace ochenta años como si fuera hoy. Los camiones, los caballos, las tropas… Aún oigo el sonido atroz de las balas de los fusilamientos, que cada cinco minutos detenían la marcha de los “conquistadores”, y veo alejarse por la carretera de Los Santos la polvareda de la historia fatal de ese día.


[Zafra en agosto de 1936. Dibujo de Justo Calderón]

lunes, 1 de febrero de 2016

Una historia coral de la transición

Una vez más nos reunimos en Zafra alrededor de la historia. En los últimos años han sido muchas las ocasiones en que estas veladas culturales, que tan frecuentes son en nuestra ciudad, han tenido un motivo histórico. Y con la compañía de muchos historiadores hemos reflexionado sobre el pasado reciente de España.

Paul Preston, Josep Fontana, Francisco Moreno, Francisco Espinosa, Alberto Gil Novales, Ian Gibson, Julián Casanova… han sido algunos de los historiadores contemporaneístas que nos han acompañado aquí, en Zafra, en los últimos diez años. Actos organizados por el Colectivo Manuel J. Peláez, por la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica, por el Seminario Humanístico de Zafra o por el Centro de Estudios del Estado de Feria y que nos han permitido indagar en nuestra historia común y debatir sobre los diversos enfoques de la misma.
Una vez más nos reunimos aquí para hablar de nuestra historia reciente. En esta ocasión con la excusa de la presentación de un libro, que aunque no sea una monografía histórica al uso, es un libro de historia. Ahora veremos de qué manera. Y cuyo autor, aunque no sea un historiador, es un excelente cronista y escritor, aunque él prefiere considerarse, sencillamente, un periodista.
333 historias de la transición es el libro y Carlos Santos, el autor.
Carlos Santos es especialmente conocido hoy como subdirector del programa “No es un día cualquiera” de Radio Nacional de España, que dirige Pepa Fernández las mañanas de los sábados y domingos. Además, conocemos su rostro gracias a las intervenciones en tertulias políticas televisivas como la de Al rojo vivo de la Sexta. Pero, la trayectoria periodística de Carlos Santos Gurriarán es ya dilatada y va camino de los cuarenta años.
Natural de San Cebrián de Castro (Zamora), aunque muy vinculado a Almería, es licenciado en Filología Hispánica y en Periodismo. En 1999 entró a trabajar en Radio Nacional de España, tras su paso, como presentador, por Canal Sur Radio y Canal Sur Televisión. Anteriormente, había sido editor de la revista Cambio 16, director de La Voz de Almería, redactor de Diario 16, El Imparcial o El Noticiero Universal y corresponsal en Madrid de Mundo Diario.
Ha trabajado con Julio César Iglesias, con Carlos Herrera, Juan Ramón Lucas o Pepa Fernández. Ha tocado todas las teclas (las radiofónicas, las televisivas y las de papel) del oficio periodístico. Y lo ha hecho desde funciones y cometidos distintos: presentando un programa informativo, llevando un espacio de música, hablando de gastronomía, opinando de política, dirigiendo formatos, dibujando con la palabra unos soberbios retratos de los personajes invitados a la radio, y escribiéndolo todo desde 1978 en su libreta colorá.
Hay un elemento que destaca especialmente en Carlos Santos. A este tipo le gusta la mezcla, se resiste a esa pureza que algunos enarbolan como principio de la existencia, y que tantos disgustos nos ha traído a lo largo de nuestra historia. Se enorgullece de que entre sus apellidos los haya castellanos, vascos, lusitanos y gitanos. Hace alarde de haber nacido en Castilla, de haber sido criado en Almería, de haber estudiado en Barcelona, de vivir en Madrid, de tener casa en Sevilla y de haberse enamorado de un pedazo de Extremadura. Se considera un español de España, al que le viene como anillo al dedo la trashumancia semanal de No es un día cualquiera.
Es periodista, pero también escritor. Le interesa la política y la historia, pero también la literatura, la música y la gastronomía. Escribe, toca el piano y, con una túnica negra y un tambor, participa todos los años en la rompida de Andorra de Teruel. Tiene algo de proteico, y no porque cambie de ideas, sino porque cambia de forma. Y desde todas las que adopta reivindica la igualdad de derechos de la gente, pero desde la diversidad.
Aunque no alardee de ello, además de periodista es, como digo, escritor. Y la precisión es necesaria, porque no todos los periodistas lo son. Es autor de varios libros relacionados con la naturaleza y en colaboración con Joaquín Araujo, como Los Arconocales, parque natural y Cabo de Gata, espléndida austeridad. Pero, sobre todo, ha escrito un libro sobre la vida de un misionero español, su tío Luis Gurriarán, en una comunidad maya: Guatemala, el silencio del gallo.
333 historias de la transición es el nombre de su último libro. El subtítulo Chaquetas de pana, tetas al aire, ruido de sables, suspiros, algaradas y… consenso. Se trata de una crónica a partir de los testimonios recopilados por el autor en sus conversaciones con numerosos testigos de una época, la transición española de la dictadura a la democracia, que también él tuvo ocasión de vivir en primera persona.
Aunque la cronología de la transición siempre ha sido objeto de controversias, Carlos Santos inscribe su relato entre el año 1975, año de la muerte del dictador, y 1981, año del golpe de Estado. Realmente, empieza un poco antes, porque en el arranque del libro “coge algo de carrerilla” y abre el relato en los años sesenta. Y tampoco termina exactamente en 1981, porque hay menciones a hechos posteriores.
Este libro se inserta, pues, en la fecunda bibliografía sobre la transición política española de la dictadura a la democracia. Más concretamente en esa bibliografía del yo, memorística, de biografías, testimonios y memorias personales.
Hay mucho libro biográfico y autobiográfico, pero la mayoría, por no decir todos, son de celebridades, de hombres públicos, de políticos o personajes conocidos. En ese sentido, el libro de Carlos Santos -memorialista, sí− tiene una peculiaridad: es un libro a partir de testimonios de gente, en su mayor parte, desconocida. Aunque también hay algún famoso, son sobre todo familiares y amigos del propio Carlos los que le han legado sus testimonios. Y Carlos no suele identificar de quién es el testimonio cuando lo relata. Salvo excepciones, la única pista es la relación de cincuenta y tantos nombres que aparece en los agradecimientos. Estos testimonios los hilvana el autor con algunas referencias bibliográficas y su propia experiencia biográficas.
Por tanto, memoria colectiva, no individual; memoria de la gente, no de celebridades. Y memoria de escenas, fragmentaria, no lineal: “álbum de fotos”, le llama él. Trescientas treinta y tres fotos. El otro día me preguntaba alguien si este era un libro de anécdotas. En modo alguno. Nunca incluiría yo, entre los rasgos del libro, la condición de anecdótico. No es un libro de anécdotas. Habla de los mismos hechos que integran la historia del período tal y como nos la cuentan los libros de historia. La muerte de Franco, Arias y el espíritu del 12 de febrero, la primera prensa en libertad, los siete magníficos, los crímenes de Atocha, la ultraderecha, Suárez, los pactos de la Moncloa, el viejo profesor, el PSOE de “socialistas antes que marxistas”, el Partido comunista de la famosa bandera rojigualda, los asesinatos de ETA, el ruido de sables, el golpe de Tejero…
Pero aborda la historia del período desde una perspectiva no sujeta a los parámetros historiográficos. Adopta el enfoque galdosiano o del Unamuno que reivindicaba la intrahistoria de los hechos. Los historiadores estamos tan atentos a descubrir causalidades a veces no reparamos en las casualidades. Este libro se basa en estas últimas, porque no deja de ser una casualidad que cada uno de quienes aportan sus testimonios en estas 333 historias estuvieran donde estaban para poder ofrecérnoslos.
No es por tanto mal procedimiento este de basarse en casualidades. Más aún cuando el período ofrece alguna coincidencia estremecedora, como esos cinco años, tres meses y tres días que van desde el 20 de noviembre de 1975 al 23 de febrero de 1981, exactamente el mismo tiempo que va desde el 14 de abril de 1931 al 17 de julio de 1936.
Por otro lado, Carlos Santos recorre este tramo de la historia fijándose en aspectos no sólo estrictamente políticos, sino culturales, psicológicos. Hace mención al cine, al teatro, a la televisión, a la radio, a la literatura, y sobre todo a la música de la época. Según sus propias palabras: “La idea no es relatar los mecanismos políticos que desembocaron en la construcción de un Estado de Derecho tras una dictadura. La idea es dar las claves, recrear la atmósfera y el ánimo colectivo de un momento histórico en el que todos los protagonistas lo tenían claro: las cosas nunca volverían a ser como eran.”

333 historias de la transición es, en definitiva, una propuesta novedosa de presentar la transición de la dictadura a la democracia, memorialista, colectiva, coral, y en el que late la reivindicación del autor de un período histórico clave en nuestro pasado reciente. 

(Presentación del libro de Carlos Santos 333 historias de la transición. Zafra, 25 de enero de 2016)

sábado, 31 de octubre de 2015

DESARROLLO LOCAL, HISTORIA Y LITERATURA: en torno al "árbol del pan" y sus frutos

Presentación de la X Feria de la Castaña

Cabeza la Vaca, viernes 30 de octubre de 2015

Buenas noches. Agradezco al Ayuntamiento de Cabeza la Vaca, como principal institución organizadora de la Feria de la Castaña, que me haya invitado a estar hoy aquí con ustedes. Mi agradecimiento es, en primer lugar, por permitirme recuperar, con este acto, una parte importante de mi vida, la de los años que viví vinculado a Cabeza la Vaca y al resto de localidades de la comarca de Tentudía.

Desde finales de 1993 mi actividad profesional transcurrió en estas tierras. Primero como director de la Escuela Taller de Monesterio (que años después pasó a ser la Unidad de Desarrollo y Formación para el Empleo “Las Moreras” o “Antonio Morales Recio”, en recuerdo del amigo que fue su subdirector y que murió en el ejercicio de sus funciones). Después como director-gerente del Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, creado en 1996. Y que estuvo muy unido a este municipio debido a la elección como primer presidente de Manuel Vázquez Villanueva, alcalde entonces de Cabeza la Vaca, con quien trabajé codo con codo durante los primeros años de vida del centro.
Desde CEDECO impulsamos la iniciativa comunitaria LEADER y a través de ella se diseñó el proceso de desarrollo territorial de la comarca y se comenzaron a financiar numerosas iniciativas empresariales y sociales que redundaron en beneficio, eso creo, de ese desarrollo. Durante diez años permanecí -yo, que soy de Zafra- muy cerca de este trozo de Extremadura.

Los escritores recordamos la vida por lo que hemos escrito. Y sobre Cabeza la Vaca uno ha escrito algo. Al principio, estudios sociales y económicos en mi función de técnico de desarrollo territorial.
El primero fue hace ya veintitrés años, en 1992, sobre la subcomarca de los Servicios Sociales de Base de Monesterio, Montemolín, Calera de León y Cabeza la Vaca. Lo redacté dentro de un encargo al Taller Zafra de Educación Popular, la empresa en la que trabajé de 1988 a 1993, antes de incorporarme a finales de ese año a mi nuevo puesto de trabajo en Monesterio.
Después de este estudio vinieron otros, incorporados ya al proceso de dinamización de estas tierras, como el “Plan Estratégico de Desarrollo Territorial  sobre la subcomarca de Monesterio”, presentado como trabajo del master de Desarrollo Local que cursé en 1996 en la Universidad Autónoma de Madrid, o “La comarca de Tentudía vista por su gente”, un dictamen social sobre el desarrollo de la comarca de Tentudía elaborado a partir de las opiniones de los participantes en un curso relacionado con el LEADER. Por cierto, que en ese curso de hace veinte años (tan importante para lo que después vino) participaron varios vecinos y vecinas de Cabeza la Vaca, que no quiero dejar de citar: Juan Barroso, Manuel Belmonte, Ana Caballero, Pilar Colorado, Tobías Fabián, Elena Lavado, Blasa Lemos, Carmen Macías, José Martínez, Antonio Mateos, Rosario Pérez, Rosa Pérez, Rufina Ramos, Isabel Romero y Pepa Vázquez. Sobre nombres como estos se ha construido el progreso de esta comarca.
El siguiente escrito relacionado con esta localidad que recuerdo haber hecho tuvo un carácter histórico-literario: “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” se titulaba. Fue un texto largo que apareció en 2001, en uno de los volúmenes, Tentudía, la montaña mágica, espléndidamente editados por la Diputación de Badajoz y dedicados a las diversas comarcas de la provincia. En ese texto escribía sobre cómo “la profundidad de las cuevas de Fuentes de León tiene su envés en la altura del caserío de Cabeza la Vaca, el más alto de toda la provincia de Badajoz”. Escribía también que por ello no es casualidad que la patrona sea Nuestra Señora de los Ángeles (con permiso de San Benito Abad). Y escribía sobre el origen del nombre y del poblamiento.
“No hay constancia en Cabeza la Vaca de poblamiento anterior al Medievo al contrario que la mayoría de los núcleos comarcanos -decía- reduciéndose su antigüedad al siglo XIV. Quizás por esta bisoñez del caserío los naturales destacan orgullosos cómo Felipe II concedió al lugar el título de Villa en 1594 y le otorgó el privilegio de impartir justicia. De esa época data la Cruz del Royo…”

Mencionaba la plaza de toros, la principal de la comarca, sin callejón y adosada a otros edificios; la Torre del Reloj, del siglo XVIII, y algún sucedido célebre como el relatado por el tantas veces fantasioso Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, que en sus Partidos Triunfantes de la Beturia Túrdula, dice que el año 1755 cerca de Cabeza la Vaca,
se hundió un poco de sierra y tal fue el montón de aguas que salieron de sus entrañas que parecía un diluvio, quedando los naturales atemorizados. Después a los pocos días se recogieron y no han vuelto a salir.

Terminaba esas menciones a Cabeza la Vaca en la “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” con un suceso que desarrollé en un artículo unos años después. “Nazis en Cabeza la Vaca” se llamaba, y en él historiaba la muerte en accidente de seis aviadores de la Legión Condor en la sierra de la Buitrera, aquí al lado, el 16 de abril de 1938. Lo publiqué, en colaboración con el historiador Francisco Espinosa, en el número de octubre de 2002 de la revista local “El Rollo”. En él sacamos a la luz también las magníficas fotos de la agencia EFE sobre la erección de un monolito por parte de la Legión Cóndor en la cima de la Buitrera en mayo de 1939. Y lo acompañamos de otra fotografía realizada por Jordi Macías con la apariencia actual -bueno, de hace ya trece años- del monolito.
Y lo último que he escrito sobre esta localidad es este texto que ahora les leo presentándoles la Feria de la Castaña en su décima edición. Si hasta aquí hay, en mis textos sobre Cabeza la Vaca, tanto muestras de temas socioeconómicos, como literarios e históricos, en este último texto que aquí les ofrezco se me antoja que se mezclan todos ellos. Ejerzo, pues, en él –con la excusa de la castaña- mis tres dedicaciones y obsesiones: la de técnico de desarrollo territorial, la de escritor y la de historiador.

Porque la Feria de la Castaña entiendo que es, en primer lugar, una iniciativa vinculada con el desarrollo de esta tierra. La excepcionalidad de las manchas de castaño de este término, tan meridionales, que existen quizás gracias a la altura del caserío más elevado de toda la provincia y a la humedad consiguiente, han situado la castaña de Cabeza la Vaca como una pieza básica del desarrollo del municipio.
Durante mucho tiempo la castaña ha estado en regresión. No sólo aquí, en todos lados. De ser un producto agrícola, por su uso alimentario para la población y para el ganado, cuando fallaba el cereal, ha pasado a ser un producto prácticamente forestal. Y eso a pesar de que siguen siendo notables las potencialidades económicas de los castaños y sus posibles aprovechamientos, sean de la madera o del fruto, y de éste fresco o elaborado (almíbar, bombones, harina, mermelada…). En Cabeza la Vaca, la producción de castaña, a diferencia del otro foco castañero del norte de Extremadura, ha estado más vinculada al aprovechamiento del fruto que al de la madera, y la recolección (destinada la mayoría a harina) ronda anualmente –según tengo entendido- los 200.000 kilos.
De todas formas, la importancia del castaño viene dada también por la compatibilidad de su cultivo con otras actividades que permiten el desarrollo rural, como la caza, la pesca, el turismo, la micología, etc. Y es que el castaño no es un cultivo excluyente.
Pero más allá de la incidencia real que los castaños tengan en la economía de la zona, su valor es también identitario, tiene que ver con la identidad, con vuestra identidad. Y no hay desarrollo de un territorio sin identidad. Esa siempre ha sido una preocupación al emprender procesos de desarrollo de una zona, de un municipio o de una comarca. El desarrollo no es sólo una cuestión cuantitativa, tiene que ver sobre todo con la capacidad que tiene un pueblo de reconocerse a sí mismo y de diseñar su futuro. Y eso atañe más a la cualidad que a la cantidad.
El trabajo que venís haciendo, desde hace ya diez años, en torno a la castaña, a su promoción y valoración tiene que ver con el desarrollo no sólo porque se trate de un producto que incide en la economía. Tiene que ver con el desarrollo sobre todo porque se trata de un producto que incide en la cultura y en la identidad, en vuestra tradición y personalidad.
Durante unos días, y alrededor de la castaña, instalaréis un mercado verde y artesano, con productos de temporada; organizaréis rutas de la tapa, quedadas cicloturistas, rutas senderistas, talleres de cocina, exposiciones de caballos y enganches, demostraciones de herrajes, concursos de postres y dulces de castaña, cursos de transformación y elaboración de este fruto, cursos sobre el manejo del castañar. Bajo la tutela del ayuntamiento y con la colaboración de la Diputación de Badajoz y numerosas empresas y asociaciones, entre ellas el Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, durante unos días vais a insistir en vuestra identidad, vais a hablar de una de vuestras señas de identidad. Y eso es lo primordial.
Así lo han entendido también otros muchos pueblos peninsulares, que por estas fechas celebran festividades similares alrededor de la castaña. Como Marvao, en Portugal, que algún año ha tenido representación en vuestra feria y que anualmente celebra la Festa do Castanheiro. Como Alcaucín, en Málaga, y su Día de la Castaña. O los también malagueños Pujerra y Genalguacil. Como la Festa da Castaña en Breixa, Silleda, Galicia. El magosto de los pueblos del norte. O, en Extremadura, y con un carácter más genérico, el Otoño Mágico, una programación de actividades en el cacereño Valle del Ambroz que se acerca ya a las veinte ediciones.

Y es que la castaña no es un fruto cualquiera; es un fruto con personalidad, propicio para forjar identidades. Haré de historiador. Aunque se dice que lo introdujeron los romanos en la Península Ibérica, ya los celtas lo tenían por un fruto totémico, y el castaño era uno de sus árboles sagrados.
Los celtas. Resulta significativo si tenemos en cuenta que Cabeza la Vaca, como el resto de estas tierras del sur de Extremadura, desde Zafra hasta aquí, y desde aquí a la desembocadura del río Sado en Portugal, atesora una peculiaridad histórica: la de ser –en el siglo II antes de Cristo- tierra celta, a diferencia del origen étnico distinto del resto de la provincia: los túrdulos de Azuaga o los lusitanos de Mérida. Esto era la Beturia Céltica, ese círculo cultural prerromano ubicado en la cuenca del río Ardila y que tiene manifestaciones en Capote, en la Sierra de la Martela, en los Castillejos de Fuente de Cantos, en Belén de Zafra… Prácticamente toda la comarca actual de Tentudía fue Beturia Céltica. Y en lo más alto de este territorio céltico es significativo que aún perviva el árbol sagrado de los celtas, el castaño.
Es, por tanto, un vestigio histórico. Pero también simbólico. La castaña introduce el otoño. Es el otoño. Si el verano es el sol, la primavera las flores y el invierno la nieve, el otoño es la castaña. El otoño siempre ha estado vinculado a la noción de muerte, a la caída de la hoja, a ese acabarse cíclico de la naturaleza. Y en ese escenario de expiración, de fallecimiento, la castaña ejerce como representación de la vitalidad. No es casual la vinculación de la castaña a la festividad de los muertos, de los difuntos (que tampoco es casual que se celebre al comienzo del otoño). La chaquetía, que decimos en mi pueblo. Es una unión por contraste. Esos once días que van de Tosantos a San Martín, del 1 al 11 de noviembre, son los de la celebración del magosto, la gran hoguera, el gran fuego alrededor del cual se asaban las castañas y se adoraba la fecundidad de la tierra. Por cada castaña que estallaba en el fuego un alma del purgatorio que se libraba, decía la tradición.

Sí, es evidente que la castaña no es un fruto cualquiera. Alrededor de la castaña hay refranes, tradiciones, costumbres y hasta personajes. Como la famosa María Castaña, una castañeira gallega que vivió a finales del siglo XIV, se rebeló contra el obispo de Lugo y ha pasado al lenguaje popular como representación de tiempos lejanísimos: los tiempos de Maricastaña.
Tras la castaña hay tradición, historia, simbología y literatura. Son muy numerosos los dichos y refranes relacionados, lo cual indica la importancia que siempre ha tenido en nuestras vidas.
Sacar las castañas del fuego.
Se parecen como un huevo a una castaña.
Valer menos que una castaña.
Cada cosa a su tiempo y la castaña en Adviento.
Castañas en Navidad, saben bien y pártense mal
Por San Eugenio, castañas al fuego
Por San Martín se hace el magosto, con castañas asadas y vino o mosto

El árbol del pan, llamó Jenofonte al castaño. Y en esa definición está la explicación de su importancia. Aunque hoy la castaña esté más en el ámbito de la gourmetería, antiguamente fue un alimento esencial. De ahí su importancia y su omnipresencia en nuestras tradiciones. Las que recuerda Pablo Neruda en uno de sus poemas, la “Oda a una castaña en el suelo”:
Del follaje erizado
caíste
completa,
de manera pulida,
de lúcida caoba,
lista
como un violín que acaba
de nacer en la altura
y cae
ofreciendo sus dones encerrados,
su escondida dulzura,
terminada en secreto
entre pájaros y hojas,
escuela de la forma,
linaje de la leña y de la harina,
instrumento ovalado
que guarda en su estructura
delicia intacta y rosa comestible.

(…)

Celebráis la décima edición de la Feria de la Castaña de Cabeza la Vaca. Que sepáis que con ella impulsáis, año a año, una iniciativa de desarrollo del territorio, económica y turística, pero también lleváis a cabo un ejercicio de singularidad, histórico y simbólico, de reencuentro con vosotros mismos, con vosotras mismas, al acercaros –como los antiguos celtas− al tronco del castaño a  recoger el fruto que durante tanto tiempo fue el único pan. Que lo disfrutéis.
Muchas gracias.


jueves, 25 de junio de 2015

Las memorias de Vicente Herrera, singular autodidacto

Decía José Ortega y Gasset que los españoles no escribimos autobiografías porque concebimos la vida como un permanente dolor de muelas, frente a otros europeos que sí sienten placer por lo pasado.  El filósofo fue uno más de los que constató la escasez de este género literario en España, aunque las razones aducidas para esta supuesta aversión del español hacia lo autobiográfico no siempre fueran las mismas. Además del rechazo al pasado o a la propia escritura (el padre Feijoo decía que el español tomaba antes la espada que la pluma), hay quien afirma que somos flacos de memoria o pudorosos para sincerarnos. Razones demasiado raciales para tener fundamento.
El caso es que, si alguna vez ha sido cierta esa sospecha, hoy no es más que un tópico. A partir de la muerte de Franco, fue notable el incremento bibliográfico de la llamada “literatura del yo”: autobiografías, memorias, diarios, epistolarios... Junto al innegable crecimiento cultural experimentado por el país, el motivo de este renacimiento es que el género confesional exige libertad y no es cuestión de airear a los cuatro vientos nuestros pensamientos si hay riesgo de ir a la cárcel por ellos.
Además, el pasado español del siglo XX tiene en su mitad uno de esos “hachazos históricos” que condiciona la existencia de todo un país. La Guerra Civil convirtió de golpe en dramáticamente singulares las vidas de muchas personas anónimas. Y no fue hasta después de la muerte del dictador cuando pudieron publicarse los relatos de vida generados por ese acontecimiento. Si a esto unimos que el devenir español de estos últimos cuarenta años también ha generado otras excepcionalidades históricas alrededor de la propia transición política y de la recuperación de las libertades y de las nuevas instituciones democráticas, ya tenemos sobre el escenario algunas de las circunstancias que explican el buen momento que atraviesa en España el género memorístico.
Los escritores y los políticos han sido los principales autores de estos textos, pero el auge de lo autobiográfico no es atribuible sólo a las celebridades. Hay mucha memoria ciudadana, mucho modesto relato de individuos sin notoriedad pública en la última bibliografía memorística española.
En Extremadura, salvando las distancias económicas y sociales, todo debería de ser más o menos parecido al resto de España. O, al menos, eso defiendo siempre. Aunque en esta ocasión me faltan argumentos para sostenerlo. Porque es verdad que en los últimos cuarenta años se ha practicado poco en la región a diferencia de en Españael género autobiográfico. No hay que buscar las razones en la idiosincrasia extremeña y sí en las ya citadas condiciones socioeconómicas. Porque, en literatura, escribir sobre el yo puede entenderse como una cualificación del escribir sobre los otros, y aquel tipo de textos sólo surgen si de éstos hay suficientes muestras.
En definitiva, hay pocos libros autobiográficos escritos en los últimos años por extremeños. Sin pretender ser exhaustivo, entre los escritores están José Antonio Gabriel y Galán, que escribió  Diario 1980-1993; el poeta Santos Domínguez Ramos, que tituló Memorial de un testigo sus notas autobiográficas editadas en 2002; el cacereño asturiano José Luis García Martín, que nos ofrece desde hace años sus diarios bajo distintos títulos, los últimos de los cuales han sido Para entregar en mano y Línea roja, y Luis Landero, que acaba de publicar su novela autobiográfica El balcón en invierno.
Entre los políticos han hecho incursiones en la escritura autobiográfica, aunque con modalidades distintas, Manuel Veiga López (Confidencias y semblanzas, 1994), Alberto Oliart (Contra el olvido, 1998), Alfonso González Bermejo (Los primeros momentos, 2004), Enrique Sánchez de León (Extremadura, de todos, 2004) o Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Rompiendo cristales, 2008).
Pero ya decía que las memorias no son sólo de celebridades. También hay personas anónimas o de menor relevancia pública que nos han ofrecidos sus recuerdos, la mayoría de ellos sobre la guerra y la posguerra. Algunos de los textos de este tipo son: Recordando mi memoria, del barcarroteño Manuel Lobato Benavides; Hacia otros horizontes, de Luis Vasco Durán, de Monesterio; Memorias de un comunista, de Elías Zafra Viola, o Así fue pasando el tiempo, de la miliciana extremeña María de la Luz Mejías Correa.
El libro que el lector tiene entre sus manos, Memorias. Semblanza de una época, de Vicente Herrera Silva, se inserta, pues, en esa edad de oro de la autobiografía que vivimos en España desde hace cuatro décadas. Y lo hace compartiendo rasgos de los tres tipos de autores de textos autobiográficos mencionados. Porque Vicente Herrera es un hombre político, y por tanto su libro debería incluirse en el grupo de las memorias de políticos. Pero él nació en 1936, en pleno “hachazo” de la guerra, en una familia socialista en la que el padre estuvo ocho años en la cárcel y la madre, tres. La importancia que cobra en su libro el contexto hace que se convierta también en una de esas memorias ciudadanas de testigos de la guerra y la posguerra. Y, finalmente, aunque Vicente no se dedica a la literatura ni es un escritor profesional, éste no es el primer libro que firma y como podrá comprobar el lectorescribe magníficamente. Por eso esta obra no está muy lejos de ser considerada una de esas autobiografías de ilustrados que también mencioné anteriormente.
Memorias de un político, recuerdos de un niño de la guerra y la posguerra, y autobiografía de un autodidacto. Esa es la triple identidad de este libro, acorde a las tres facetas de la personalidad de su autor.
Natural de Alconchel, donde nació el 3 de diciembre de 1936, Vicente Herrera ha sido alcalde de su pueblo natal, democráticamente elegido, durante veinte años, desde 1979 hasta 1999. A partir de 1983 compaginó la alcaldía, durante un cuatrienio, con el puesto de diputado provincial. En 1987 dejó la Diputación de Badajoz y pasó como diputado regional a la Asamblea de Extremadura, donde se mantuvo durante tres legislaturas, en todas ellas como miembro de la Diputación Permanente y portavoz del grupo parlamentario socialista.  Tras dejar la Asamblea y la alcaldía en 1999, siguió siendo concejal de Alconchel y fue elegido de nuevo diputado provincial, ejerciendo la vicepresidencia segunda de la Diputación y la portavocía del grupo socialista hasta el año 2003. En septiembre de 2001 había sido nombrado miembro del Consejo de Dirección de El Socialista, el órgano de prensa del PSOE, tras asumir la secretaría general del partido Jose Luis Rodríguez Zapatero y la dirección de la revista Ludolfo Paramio. Estuvo vinculado a esta publicación durante seis años, hasta 2007. Su último cargo político fue la presidencia del Consejo Asesor de Radio y Televisión Española en Extremadura, que ejerció de 2004 hasta 2011.
Pero además de su vertiente política, Vicente Herrera tiene una faceta profesional (es técnico en electrónica y mantuvo abierto durante muchos años su taller en Alconchel) y otra vital o personal. Esta última es la determinante y de la que nos ofrece en sus memorias unos pasajes más relevantes, tanto sobre su infancia y juventud como sobre su personalidad adulta. Vicente Herrera pasó sus primeros tres años en la cárcel, donde habían detenido a su madre. Primero estuvo ocho meses en la cárcel de Olivenza y después más de dos años en la de Badajoz.
A la sombra del palacio de Godoy,
en la cárcel provincial de Badajoz,
prisionera de la guerra me encontraba
sin justicia, sin consuelo y sin amor.
Esa es la letra adaptada de un pasodoble famoso que su madre recordaba. Hay mucha emoción en las primeras páginas de este libro, donde el autor nos relata la vida en la cárcel de su madre, Carlota Silva Galán, y sus sacrificios por sacar adelante una familia en la que faltaba el padre, Vicente Herrera Díaz, encarcelado por sus ideas políticas. Para todo ser humano son importantes sus padres, pero cobran un sentido especial en la peculiar peripecia vital de Vicente: un niño cuyos primeros años los vive en la cárcel junto a su madre, y cuya infancia, ya en libertad, transcurre con la ausencia del padre, también encarcelado. No es extraño que dos de los capítulos principales de este libro se titulen así: “Mi madre” y “Mi padre”.
La vida en Alconchel de una familia de represaliados políticos no fue fácil. Gracias a la memoria y a la pluma de Vicente Herrera conocemos cómo, a pesar de las sombras, fueron saliendo para adelante y cómo vivió también los gozos de la infancia: los juegos de la edad, las travesuras, los primeros hallazgos y el descubrimiento de un entorno rural con sus personajes y sus lugares, sus ritos y sus aventuras.
El autor extrae de la experiencia de la infancia su paso por la escuela y configura un capítulo aparte con los recuerdos escolares. Lo hace en consonancia con el papel que la escuela tuvo en la forja de su carácter. La figura de don Guillermo, el maestro, le marcó de por vida:
…la extraordinaria influencia que supuso su paso por mi vida, porque aparte de lo que me enseñara que fue mucho para la obligación que tenía lo verdaderamente importante es que me enseñó a aprender. Despertó en mí la curiosidad por averiguar el porqué de las cosas, a darle la vuelta y a buscar contradicciones, algo que después me he dado cuenta de que es muy útil para el desarrollo cognitivo y que, dicho sea de paso, algún desasosiego ha causado a quienes han tenido que bregar conmigo.
Si don Guillermo le hizo interesarse por la cultura y el conocimiento, la afición a los útiles y a las herramientas le surgió gracias a las visitas a la fragua-carpintería de Feliciano, otro maestro, pero carpintero. Esos dos maestros le proporcionaron el gusto por el trabajo intelectual y por el trabajo manual que, si para muchos son contrarios, para Vicente Herrera son complementarios y siempre han ido parejos a lo largo de su vida. 
Uno de los pasajes más intensos de este libro está a caballo entre el capítulo dedicado a la escuela y el que trata sobre la adolescencia y juventud del protagonista. En él nos narra el drama personal que a un joven de once años le supuso no poder continuar los estudios debido a la situación económica de su familia. Cursar el bachillerato se había convertido en una obsesión, pero finalmente no pudo hacerlo. Sobre esa frustración, superándola, edificó Vicente Herrera su proyecto de vida. La falta de formación académica la suplió sobradamente con una formación autodidacta basada en la lectura, en la escritura, y en la conciencia y la reflexión sobre su entorno. Y este autodidactismo ha pasado a ser, por encima de cualquier otro, el rasgo principal de su carácter. Así lo entendió su compañero de escaño Desiderio Guerra Corrales cuando en 1997 hubo de elegir un detalle de la personalidad de Vicente como motivo del retrato parlamentario rimado que le dedicó en Pido la palabra:
Portavoz Vicente Herrera,
singular autodidacto,
a la oposición altera
cuando les menciona “el pacto”.

A pesar del notable currículum político de Vicente Herrera, es significativo que el papel que ocupa en este libro la experiencia vivida en ese campo sea menor que la de su otra vida. Apenas tres capítulos se dedican a esos treinta y dos años que transcurren desde 1979 hasta 2011, ni siquiera un quinto de las páginas de este volumen, mientras que al relato de su vida hasta 1979 sus cuarenta y tres años primeros dedica cuatro quintas partes.
Vicente Herrera es un hombre culto y eso se nota en cada una de las páginas de este libro. Y un hombre inquieto, apasionado. La mezcla de esos dos rasgos se muestra en algunas de las ocurrencias de su vida, como cuando leyó un diccionario de la A a la Z, el Aristos, de la editorial Sopena, o cuando su afición al cine le convirtió en socio empresarial del cine local. Ni todos los aficionados al cine acaban de empresarios del sector, ni todos los amantes de la lectura se leen un diccionario entero. Ambas son evidencias de que la cultura de Vicente Herrera es la de un hombre de acción. Cultura en movimiento, apasionada, comprometida… que configuran una personalidad casi proteica que le hacen participar en una tuna (la Tuna Miraflores de Alconchel), “fabricar” un modelo propio de televisor (el VIHESI), ejercer la alcaldía de su pueblo durante veinte años, ser uno de los pioneros en Extremadura de la exhumación de restos de represaliados de la guerra civil (el 24 de septiembre de 1981 aprobó el Ayuntamiento de Alconchel una propuesta suya en ese sentido) o coordinar en 2010 una publicación sobre su paisano Francisco Vera, huellas de su vida y su obra. Todo en uno.
Por eso, quizás, Vicente Herrera también ha escrito en este libro muchos libros en uno, y todos ellos escritos con solvencia, con emoción y rigor, y con rasgos de humor que añaden atractivo a su lectura. Memorias. Semblanza de una época es, en parte, un libro de historia, porque en algunos de sus capítulos relata los hechos de un tiempo, la posguerra, desde la perspectiva de una familia de represaliados políticos. También es un relato antropológico porque habla de un espacio, el medio rural, y de la vida de sus gentes. Es, por otro lado, una autobiografía en sentido estricto cuando nos cuenta los avatares de un joven empeñado en superar su situación socioeconómica mediante la liberación de la cultura y la educación. Y, finalmente, son las memorias de un político que nos permiten disponer de una fuente primaria sobre el papel de los primeros ayuntamientos democráticos y la creación de la autonomía extremeña.
En definitiva, Memorias. Semblanza de una época es una crónica de la posguerra, una semblanza de lo rural, una historia de vida y las memorias políticas de un singular autodidacto.
[Prólogo de Memorias. Semblanza de una época, de Vicente Herrera Silva]


sábado, 7 de febrero de 2015

Los supervivientes de la lengua... de Morán

Se lo acabo de decir a mi hermano Miguel Ángel: leo con fruición El cura y los mandarines de Gregorio Morán. El polémico ensayo de este periodista cercano a historiador me atrapa. Debo reconocer que las barbaridades que dice de unos y de otros escritores (de 1962 para acá) son, por excesivas y generalizadas, sospechosas, pero me cautiva la cultura de este hombre, al que conozco de algunos de sus libros anteriores, como el soberbio Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, y por sus artículos, las "Sabatinas intempestivas" en La Vanguardia.

El cura y los mandarines tiene errores importantes. Como confundir a dos hombres de Ínsula, esa revista verde entre el erial: José Luis Cano y Enrique Canito, este último catedrático de francés del instituto republicano de Zafra (en la página 211 atribuye a Cano el sobrenombre de "Canito", mezclando en una única persona dos personalidades). Pero, a pesar de este y otros fallos, la lectura del libro merece la pena.

Es tal el número de sus damnificados que, en ese campo de batalla lleno de muertos y heridos por sus invectivas, me sorprendió mucho, como indemne elogiadísimo, Ángel Álvarez de Miranda. El casi desconocido historiador y escritor español de la mitad de siglo, padre de un reputado académico de la Lengua actual, es de los pocos que no es criticado en un libro del que debo escribir una nota de la que ya tengo el título: "Los supervivientes de la lengua... de Morán", o algo así. Y la encabezaré (por aquello de la A y del orden de aparición en la obra) con AAM.

miércoles, 7 de enero de 2015

ÁLBUM DE IMÁGENES DE LA ESPAÑA DECIMONÓNICA

Uno de los libros de viajes fundamentales sobre la España del siglo XIX es el Manual para viajeros por España y lectores en casa de Richard Ford, escrito a partir del viaje que este adinerado inglés hizo con su familia en 1830-1833. Se sabía que Ford había hecho algunos dibujos a su paso por las ciudades, pero sólo se habían publicado los de Granada y Sevilla en ediciones de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. También ha habido alguna exposición parcial, desde la de Londres de 1974, pero nunca hasta ahora se había dado a conocer en España una selección significativa de los quinientos dibujos y acuarelas que hizo sobre ciudades y pueblos españoles y que son propiedad de la familia Ford. 

De ahí la importancia de la exposición RICHARD FORD. VIAJES POR ESPAÑA (1830-1833) que, con más de doscientos dibujos y acuarelas, ofrece la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en colaboración con la Fundación MAPFRE, y que está abierta en la sede madrileña de la calle de Alcalá de la academia desde el 25 de noviembre pasado hasta el próximo 1 de febrero. La exposición está acompañada de un magnífico catálogo con la reproducción de las imágenes expuestas.

Los dibujos de Richard Ford son, como dice el comisario de la exposición, Francisco Javier Rodríguez Barberán, el registro de un mundo desaparecido. Unos años antes de la invención de la fotografía, Ford nos ofrece un catálogo de la apariencia urbana de la España decimonónica, un interesantísimo álbum prefotográfico de España. 

Como ejemplo del interés de esta exposición he elegido un dibujo, hasta ahora inédito, de Zafra, hecho por Richard Ford el 17 de mayo de 1832. 




miércoles, 24 de diciembre de 2014

El río José Luis y el río Olga

Leo Sala de espera, el libro último y póstumo de José Luis Sampedro. Me lo regala mi amigo Benito Morales. Son dos series de textos editados por su mujer, Olga Lucas, y publicados por Plaza y Janés en abril de este año, coincidiendo con el primer aniversario de la muerte del economista y escritor.

La primera serie es autobiográfica. Los textos reiteran e ilustran una metáfora muy querida por Sampedro, la manriqueña de la vida como río. Nos relatan la infancia del río José Luis en Tánger y en Cihuela (Soria), hasta los 13 años. La  segunda serie es más ideológica y reflexiva, con su visión de la vida, de la especie humana y de la sociedad. Cierra el libro una reproducción facsimilar de los manuscritos en los que trabajó el humanista durante los meses finales.

Sampedro escribía muy bien, aunque estos textos adolecen de una revisión que la editora ha preferido no hacer y que hubiera evitado alguna falta de concordancia y otros solecismos. Pero sentía y pensaba mejor aún que escribía. Y esas virtudes se aprecian en estos textos, los últimos que escribió antes de su muerte, que, según él mismo, se portó muy bien porque le dejó pensar.

De todas formas, sin desmerecer a José Luis Sampedro, lo más sorprendente de este breve volumen es la parte que escribe Olga Lucas, el río Olga, en la que cuenta también sus primeros trece años. Los de la hija de un español exiliado y una francesa, que nace y vive en Toulouse al final de la II Guerra Mundial hasta que su padre es deportado. Es conmovedor el relato del viaje de la madre y los hijos al final del otoño de 1955 hasta la ciudad checa de Ustí nad Labem para reencontrarse con el padre. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Congreso de Escritores


domingo, 17 de agosto de 2014

LA CASA DE MI MADRE




LA CASA DE MI MADRE

A mi hermano Miguel Ángel

recorro las estancias de esta casa,
donde mi gente dejó parte de su historia:

en esta habitación murió mi abuelo
una Nochebuena de mil novecientos cincuenta y ocho;
la tía María, prostituta en Sevilla, acabó en esa otra
con un monedero de plata entre las manos.

Aquí, en el suelo, frente a la primera estantería de nuestros libros,
mi padre halló la muerte, al erguirse de la cama, presintiéndola.

Y allí, tras una puerta, una escalera renqueante
sube al cielo de todas las azoteas,
donde se agitan las sábanas o sudarios de tantas generaciones.

Nadie ha nacido en esta casa sólo hecha de óbitos:
es una estación término, una biografía de viejos

donde mi madre musita el capítulo final
como una diosa rota desde su pedestal con ruedas.

La casa de mi madre es como la línea de la muerte de mi mano,
que un día en Madrid me leyera Paco el brujo.

Es el rastro de mi vida, mi camino de vuelta


josemarialama
1/2 de agosto de 2014