jueves, 30 de agosto de 2007

Si Extremadura tuviera costa



para Eva


Ahora ya no sé cómo moriré. Entonces, sí: en el mar. Los hombres moríamos en alta mar, lanzados al agua cuando las olas destruían nuestro barco o tras ser acuchillados por algún enemigo. Ni aquellos que llegaban a los cincuenta y abandonaban la pesca o la piratería, dejaban de morir en el mar. Un día, hartos de trasegar en las tabernas del muelle, erraban el camino de vuelta a casa y se dejaban hundir en las aguas, poco a poco. No levantaban la cabeza ni siquiera cuando las olas les cubrían la boca, les empapaban los cabellos y les anegaban el alma. Me lo contó mi padre; a él, el suyo, y así hacia atrás, generación tras generación. Eran costumbres de un pueblo de marinos.

Nadie sabe cómo ocurrió, pero un día desapareció el mar. Fue por entonces cuando, después del estupor e incapaces de resistir la añoranza, muchos hombres ―de eso hace más de cinco siglos― fueron a los puertos más cercanos y embarcaron. Querían volver a estar cerca del mar, rodeados de agua durante meses, y se enrolaron en unas naves que iban camino de poniente. Después del viaje, al llegar a tierra firme ―habitada por unos seres extraños― vivieron ya para siempre en una inmensa orilla alargada, al filo del mar o de la muerte.

Hace mucho tiempo que Extremadura dejó de vivir junto al mar. Ahora, Tentudía ya no es un acantilado rocoso asomado a las olas, sino una montaña ―la más alta del sur, sí― rodeada de encinas y de bosques de jaras. Tampoco las playas de La Serena son las de antes, y sólo las riberas de sus lagos ―donde parte del agua acabó refugiada― recuerdan la antigua placidez de la arena que citan los documentos antiguos. Y las calas del norte ―esa extraña solución de los valles del Ambroz, del Jerte y del Tiétar― no son ahora más que abismos frente a la nieve.

Ya no hay acantilados, ni playas, ni mar embravecido alrededor de esta vieja tierra. Y ya no sé cómo moriré. Pero si Extremadura tuviera costa, sé que moriría como mis antepasados; sé que, como ellos, buscaría para dejarla un lugar del horizonte donde fuera el mar ―tus ojos, amor, tus ojos― lo último que viera.



La imagen es del pantano de Orellana y el texto forma parte de la serie "Si Extremadura tuviera costa" leida en las mañanas de agosto en el programa "La Costa Oeste" de Canal Extremadura Radio.

1 comentario:

Guillermo Varela dijo...

Me gustó mucho el post josé maría, me encantó.
(quién fuera eva para que le dedicaran palabras como estas)