domingo, 13 de mayo de 2012

La isla de Jersey y Extremadura


Supongo que, a la mayoría, la isla de Jersey tan sólo le sonará, si acaso,  a paraíso financiero. Es uno de esos sitios del mundo donde se puede montar una empresa sin obligación de residir y sin pagar apenas impuestos. Y eso anima mucho a algunos a situar allí capitales evadidos de otros países de fiscalidad más rigurosa. Pero supongo que, a la mayoría, ubicar esta isla en el mapa ya le será más difícil. Y es que es una rareza geográfica, en el archipiélago del Canal, entre Inglaterra y Francia. Allí, pegada a las costas de Normandía y hablando francés buena parte de sus habitantes, la isla es, a pesar de eso, territorio inglés. Bueno, más o menos, porque ya se sabe lo peculiares que son las posesiones que Su Majestad tiene desperdigadas por el orbe. La isla de Jersey, a pesar de su cercanía, no forma parte de la Unión Europea y fue el único trozo del Reino Unido que durante la II Guerra Mundial cayó en manos de los nazis. Además, Jersey, la Cesarea de los romanos y la cuna de las famosas vacas de su nombre, ha sido siempre lugar de proscripción. Fue la Fuerteventura de Víctor Hugo, su “jardín del mar”, su refugio de exiliado. A partir de 1852, tras el golpe de Estado de Luis Napoleón, el gran escritor francés se aficionó allí a la práctica de “las mesas giratorias”, del espiritismo. Y gracias a la güija creyó entrar en contacto con las principales celebridades muertas de la historia e, incluso, alguna de ellas le dictó sus versos.
Vale, ¿y Extremadura?
Pues, que estoy por solicitar el hermanamiento entre esa isla extraña y esta tierra extrema. Porque allí vivieron hace casi dos siglos algunos de los más clarividentes españoles del siglo XIX, varios de ellos extremeños, huidos de España por la persecución política de Fernando VII. Ahora que se habla tanto de los hombres de la Constitución del 12, Jersey fue la isla de los liberales, el sitio donde muchos de ellos esperaron con sus familias a que muriera el rey para volver a la patria. Hasta cuatrocientos españoles vivieron en la isla, sobre todo a partir de 1826, cuando la colonia española refugiada en el barrio londinense de Somers Town se trasladó masivamente a la mayor de las islas de La Mancha. Frente a la más difícil vida urbana de Londres, en Jersey los refugiados podían vivir de la agricultura y de la ganadería y disfrutar, al menos, de un clima más benigno, aunque ventoso.  Otra oleada de emigrados llegó a la isla, también desde Londres, en 1830, cuando la entronización en París del rey burgués Luis Felipe de Orleans hacía presagiar cambios en España.
En Jersey se convirtió a la educación el médico zamorano de Valencia de Alcántara Pablo Montesino, después responsable como director general de Educación a partir de 1836 de levantar el sistema educativo del Estado liberal, fundador de la primeras escuelas normales de maestros e impulsor de las escuelas de párvulos. Él escribió allí su primera obra pedagógica aún inédita Las Noches de un emigrado mientras su hijo Cipriano Segundo, que llegaría a ser el primer ingeniero español y, por su matrimonio con la sobrina de Espartero, duque consorte de la Victoria, correteaba por los campos. Allí vivió modestamente el magistrado de Serradilla y luego ministro de la Gobernación, Diego González Alonso. Y allí escribió su hija, Ignacia González Alonso, un delicioso tratado sobre Agricultura en Jersey en el que nos cuenta, entre otros detalles de la vida de los isleños, cómo su padre criaba guarros que a los nueve meses pesaban doce arrobas.
Aunque sin confirmación, algunas fuentes sitúan también en Jersey durante algún momento del exilio a otros extremeños: José Landero y Corchado, de Alburquerque, luego ministro de Gracia y Justicia; Antonio González y González, de Villanueva del Fresno, que fue presidente del Gobierno quizá con demasiado dinero para el tipo de emigrado que recaló en Jersey y el gran Bartolomé José Gallardo, de Campanario, bibliófilo, también extraño para una isla con tan pocos libros.
Jersey se merece un viaje, qué digo: una peregrinación. En medio del Canal de la Mancha, en una noche ventosa, con el oleaje pegando contra las rocas del islote, podríamos convocar a los espíritus de un buen grupo de sabios liberales, varios extremeños, que se refugiaron aquí, entre las mejores vacas del mundo, huyendo de la intolerancia de sus compatriotas.

(Publicado en la revista Informe Semanal de Extremadura del 5 de mayo de 2012)