martes, 6 de diciembre de 2005

Aníbal Núñez


Uno tiene fijaciones antiguas. Y en la poesía quizá la más persistente sea la de Aníbal. Cuando releo sus poemas tengo la sensación de entrar en una casa que nunca he visitado y en la que siempre me espera cualquier sorpresa agazapada: la novedad de la literatura auténtica, que jamás se pierde, frente al sabor añejo de la impostura, por muy reciente que sea. Me acuerdo de Aníbal Núñez porque mañana hace catorce años que me casé con Eva. Y en las tarjetas de invitación a la boda (Plaza Chica, 13.30) colocamos uno de sus poemas que, en ese contexto, era un guiño cómplice de novios —y nos ha traído suerte:


HIMNO DEL DESOLADO

Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar.
(Cuarzo, 1988)

Como sólo situamos al final del poema las iniciales del poeta (A.N.) y pueden confundirse, manuscritas y según qué caligrafía, con A.V., Álvaro—despistado sobre el origen de los versos— estuvo perplejo desde que recibió la tarjeta. No sabía si la confusión era nuestra (por haberle atribuido un poema ajeno) o suya (por haber escrito algo que no recordaba). Quizás no hubo tal confusión, o sí, y nuestro ánimo fue —algo de eso aún hay— sobrevivir en Álvaro la voz y la palabra de Aníbal Núñez (1945-1987).

3 comentarios:

Miguel A. Lama dijo...

¿Sólo me pasa a mí que no leo bien tus textos? Hay caracteres extraños.

Anónimo dijo...

Yo los leo sin problemas.

M.S.U. dijo...

Casualidades de la vida. Cuando era pequeña iba con toda mi familia a la piscina del Regio (Salamanca) en verano. Allí pasábamos las tardes con muchas otras familias aficionadas al agua (aunque sin piedras). Entre ellas la de Pepe Núñez, un gran nadador que iba con su hijo Aníbal. Era mayor que yo y no tenía ni idea de que fuera poeta. Gracias a mi vecino de escalera, que no de baños, lo he sabido ya en Zafra.