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jueves, 27 de agosto de 2020

"EL ECO DE ZAFRA"

 

“El Eco de Zafra” fue el nombre de una experiencia de prensa popular surgida de 1984 a 1986 en el seno de la Universidad Popular de Zafra, proyecto municipal de educación de adultos y animación sociocultural. 

Bajo la dirección de la UPZ -que ejercí en 1984 y 1985 y en la que me sustituyó José Francisco Gras-, un grupo de animosos veinteañeros nos empeñamos en promover un medio de comunicación local que diera cuenta de lo que ocurría en la ciudad y acompañara las iniciativas de dinamización cultural que aparecían por entonces. 

Los graves conflictos políticos de Zafra a mediados de la década de los ochenta del siglo XX condicionaron inevitablemente la vida de “El Eco”, cuyo primer número sufrió un fugaz secuestro por el alcalde y, a partir de ahí, amenazas, acosos e intentos de cierre. 

Al final, se editaron siete números, que salieron a la calle de octubre de 1984 a octubre de 1986. La jefatura del equipo de redacción fue rotatoria, aunque el periodista Ángel Barrena García, que la desempeñó en tres ocasiones, fue el principal impulsor del periódico.

Para algunos, “El Eco de Zafra” es parte de nuestra memoria personal, pero también es una pieza de la memoria colectiva, ya que sus páginas recogen trozos de la vida de una pequeña ciudad extremeña hace treinta y cinco años.

En el siguiente enlace pueden descargarse completos los siete números de “El Eco de Zafra” y sus suplementos (la descarga en la imagen falla;hay que descargarlos pulsando en "download")  

https://independent.academia.edu/Jos%C3%A9Mar%C3%ADaLama/Otra-documentaci%C3%B3n


martes, 21 de octubre de 2008

Tenis


Yo nací –perdonadme-
en la edad de la pérgola y el tenis.
Jaime Gil de Biedma.

Desde hace algunos fines de semana juego al tenis con mi hijo Juan o con mi amigo Manolo Belmonte. La práctica ya me ha causado algunos percances: dolor en el hombro, pies cargados, sudoración excesiva... Ahora que los cuerpos se debilitan hay que mortificarlos con estos ejercicios que sólo conducen al agotamiento final. Dice, sarcástico, mi aristocrático amigo Miguel Salazar que el deporte y el esfuerzo son “vicios de pobre”. Pero en el tenis la estampa previa —pantaloncito corto y raqueta empuñada— no puede ser más fina.

Esta reciente y atlética costumbre me ha traído a la memoria dos imágenes. Una, de la que no conservo evidencia, es la de los partidos en una de las pocas pistas de arena —camino de La Puebla— que había en Zafra allá por 1977 o 1978. Le pedíamos la llave a un compañero de trabajo de mi padre y pasábamos las tardes dándole a aquellas antiguas raquetas de madera.

Del segundo recuerdo sí tengo fotografía. Eran las vacaciones de verano de 1981. Mariano Luque, Manolo Belmonte y yo viajamos a Pedralba, en Valencia, invitados por Anabel Golfe. Algunas mañanas íbamos a jugar al tenis a unas pistas en las afueras del pueblo. Teníamos menos años y menos kilos. El otro día, mientras jugaba con Manolo, me vino a la cabeza la historia de nuestra aficion y la insolencia de nuestros cuerpos de antaño.

domingo, 27 de abril de 2008

El incendio de La Gomera


Esto del blog no deja de ser un instrumento contra la desmemoria. Y no, no lo digo ahora por aquello de la memoria histórica; me refiero a la personal. Con la excusa del blog me obligo a rememorar, a dar pespuntes entre mis recuerdos y la actualidad. Así me ocurre ahora con las noticias de los incendios recientes de La Gomera, que me activan el recuerdo de un viaje a esa isla hace veintiún años.

Por entonces trabajaba en Madrid, en la Federación Española de Universidades Populares, y desde allí viajaba a otros puntos de España para dar cursos sobre animación sociocultural. El 11 y 12 de mayo de 1987 impartía un curso de iniciación a las Universidades Populares dirigido a los alcaldes de los pueblos de la isla de La Gomera. Llegué al anochecer en el ferry desde Tenerife y lo primero que oí cuando el barco atracaba en el puerto de San Sebastián de la Gomera fue el famoso silbo gomero, lanzado por un paisano no sé si como rito turístico. El delegado del gobierno en la isla, el majorero Álvaro García González, era uno de los asistentes al curso. En uno de los recesos hizo de cicerone y me llevó a conocer el parque de Garojonay, que unos meses antes había sido declarado patrimonio mundial por la UNESCO. El delegado era uno de los supervivientes del incendio forestal que en septiembre de 1984 asoló la isla y mató a 20 personas, entre ellas el gobernador civil de Tenerife, Francisco Afonso Carrillo.

El coche oficial paró en un tramo de carretera cerca del Roque de Agando, en pleno bosque de laurisilvas, y Álvaro García me invitó a bajar y me explicó, al lado de un inmenso barranco, cómo tres años antes, a las 3 de la tarde del 11 de septiembre de 1984, una inversión térmica y el cambio de vientos provocó que una enorme bola de fuego subiera pendiente arriba y pillara desprevenida a la comitiva de autoridades – él entre ellas- que había ido a inspeccionar las labores de extinción. A pesar del tiempo transcurrido, el hombre seguía emocionándose al relatarme cómo el gobernador, su secretario, el chofer y uno de los guardias civiles que le acompañaban quedaron abrasados con los brazos abiertos –quizás de sorpresa- al alcanzar el fuego la carretera donde se encontraban. Él logró salvarse al quitarse toda la ropa, ya prendida, y agacharse bajo el coche. El resto del viaje siguió relatándome cómo, en otras zonas de la isla, algunos prefirieron morir despeñados barranco abajo que ser alcanzados por las llamas.

Ese mismo día, por la noche, solo frente al mar, leía un libro que había comprado unos meses antes en Barcelona, Porque nunca se sabe, una recopilación de textos sobre y frente al poder escritos por Châtelet, García Calvo, Subirats, Chomsky y otros. En una de las páginas de ese libro escribí dos versos que ahora sé que realmente estaban inspirados en el relato del delegado del gobierno en La Gomera y en el último gesto de ese gobernador civil calcinado en el ejercicio del poder: qué vértigo de mar / se abre en tu abrazo.

domingo, 20 de enero de 2008

Bobby



Los griegos decían que idiota es el que no se interesaba por la polis, por la política, pero Bobby Fischer reinventó el término y sostuvo que idiota es quien no se interesa por el ajedrez. Cuando Fischer le ganó el campeonato del mundo de ajedrez a Boris Spassky, el 31 de agosto de 1972, en Reykjavik, yo tenía apenas 11 años. Después supe que aquello no sólo fue una victoria ajedrecística sino también una jugada más en el ajedrez de la guerra fría entre EE.UU y URSS. Pero entonces esas partidas de Islandia nos metieron a muchos el gusanillo del ajedrez en el cuerpo.

Nunca he sido un buen jugador de ajedrez, pero sí un mediano aficionado. Y, como casi todo lo que me gusta en la vida, con ciertos rasgos obsesivos. Días después de aquel campeonato, la editorial Bruguera editó un libro con todas las partidas de lo que se llamó match del siglo. Lo compré tres años después en una feria de Zafra junto a otros catorce libros de ajedrez a mitad de precio (me gasté 500 pesetas de entonces). En esa pila de libros se apoyó mi afición. En ella y en la sugestión provocada por Ruy López de Segura, nacido en Zafra en el siglo XVI, creador de la apertura de su nombre y reconocido como el oficioso primer campeón del mundo de ese juego. Pero algo hizo también
Bobby Fischer.

El otro día murió loco en la ciudad que le dio la fama. Tenía 64 años: el mismo número ―alguien lo ha recordado― de casillas del tablero.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Cuarta Plata

Hace ya un mes, el día 20 de octubre, nos juntamos en Cáceres treinta y tantos compañeros y compañeras de la Universidad para celebrar el veinticinco aniversario del final de la carrera. La Cuarta Plata, las bodas de plata de la cuarta promoción de Geografía e Historia de la Universidad de Extremadura (1977-1982). He retrasado el comentario en el blog porque no tenía ninguna imagen con qué ilustrarlo. Ya me ha llegado y la inserto aquí acompañada de otra de entonces (1978). Algunos estamos en ambas, aunque tan cambiados que parece que no. Más allá de inconvenientes fisionómicos, me resulta significativa la composición general de cada una de las imágenes: el desorden y el orden, el desdén indumentario y la estética atildada, la movilidad y el hieratismo...

La mayoría ejerce la docencia: al menos cuatro se quedaron en la Universidad y son hoy profesores de Historia y otros muchos, de instituto. Además hay varias bibliotecarias y empleados de museos. Esos y algún otro como yo tenemos profesiones relacionadas con la carrera. Pero también hay empleados de ayuntamientos, funcionarios de prisiones, trabajadores de organismos públicos y de empresas privadas… "Humanistas" nos llamó Luis Merino, el decano de Letras, en el acto que se celebró por la mañana en la Biblioteca, junto a la Facultad. No sé si somos humanistas, pero sí humanos. Y no es ninguna obviedad. No en todos sitios te encuentras tanta cercanía tras tanto alejamiento.

Fue un día fantástico, sí. Porque alguien puede pensar que de este tipo de encuentros no sale nada bueno, que uno se topa con personas extrañas en la que ya no reconoce a los antiguos amigos. No fue así. Parecíamos los mismos. Sobre todo ellas. Hubo muchas risas y algún llanto emocionado. Era como si nos asomásemos a nuestro propio pasado y eso genera alegría y tristeza. Al final, nos despedimos con la satisfacción de haber comprobado que ―después de cinco lustros― la confianza y el afecto siguen vivos. Tengo la sensación de haber recuperado a treinta y tantos amigos y amigas.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La mujer y el fraile


Hay una historia de mi infancia que nunca he logrado reconstruir del todo y por eso tampoco he sido capaz de olvidarla. Tenía unos catorce años y, no sé cómo, traté durante un tiempo a una ricachona bohemia y a un fraile. Ambos ya eran mayores. Ella era una mujer enjuta, solitaria, fumadora, llena de joyas, viajera de un lado para otro. Cuando pasaba por Zafra se hospedaba en el Parador. A veces se le veía, acodada y bebida, en las barras de los bares de la plaza Grande. Él era un viejo misionero claretiano que, tras muchos años en América y África, vivía entonces en el convento de El Rosario.

A los tres nos unían los sellos. Y nos reuníamos para intercambiarlos en una de las estancias del cenobio. Recuerdo vagamente alguna conversación de política (eran los últimos meses del franquismo) y una referencia al asesinato de John F. Kennedy (que el fraile atribuía a su condición de católico). Ambos me trataban como si yo fuera un adulto y me contaban algunas de sus peripecias por el mundo. Tras varios encuentros, aquella relación se acabó y nunca más supe de ellos.

La historia es extraña y mi memoria la conserva hecha jirones. Quizá por ello nunca he sido capaz de quitármela de la cabeza. Merecería el sosiego de un recuerdo nítido. Sólo así podría olvidarla.

domingo, 17 de junio de 2007

De toros



A Luciano Feria

De toros sé poco, y mi afición no va más allá de asistir ocasionalmente a algún espectáculo, ver un programa televisivo especializado o leer con placer las buenas muestras de ese peculiar subgénero literario que es la crónica taurina. Sólo soy un aficionado de tres al cuarto. Pero, como ocurre con buena parte de los nacidos por estas tierras, siento una notable atracción por el mundo de los toros. Y esa atracción se ancla en mis vivencias de infancia y familiares. Soy nieto de Luis Hernández, y eso, además de otras consideraciones sobre la bondad de mi ascendencia que no vienen al caso, le sitúa a uno en un lugar muy concreto del plano de Zafra. Mi abuelo —por cierto, familia de Ángel Navas, Gallito de Zafra— regentó —y después mi tío Enrique— esa esquina de la antigua Glorieta que se ofrece al coso taurino. En el Bar Hernández paraban, y lo siguen haciendo, quienes tomaban un café o una copa antes de entrar en la plaza. Ese bar bulle antes de que bulla la plaza y sólo cuando se desinfla de humo y gente puede decirse que en el albero ha empezado la corrida.

Ese fue también el barrio donde nací. Mi infancia discurrió por los alrededores del piricuto y de la plaza de toros. A más de un maletilla he atendido con pan o unas viandas descuidadas de casa, cuando, cercana la feria, comenzaban a deambular a la espera del día en que habrían de saltar al ruedo. Las pintas desastradas de esos jovenzuelos con gorra sobre los ojos y hatillo en los hombros, y su indomable deseo de triunfo frente a las astas, me asombraron desde chiquinino. No comprendía la desproporción entre su esfuerzo y la escasa recompensa de unos pocos segundos muleteando en la cara del toro, perseguido por los subalternos. Cuando salían camino del calabozo, entre tricornios, nos miraban con una extraña expresión de alegría en el rostro. Sabían que su triunfo nunca podía ir más allá. Cifraban su suerte en dos muletazos y en que alguno de ellos hubiera logrado atinar en el centro del ánimo de los apoderados o entendidos que fumaban habanos tras los burladeros.

Mi infancia la hice, pues, en la plaza de toros de Zafra. Asistir desde los balcones de mi abuela a la llegada de la banda de música, a la bajada de los toreros de esos coches inmensos o a la “salida de la plaza” al final del festejo son mis primeros recuerdos relacionados con los toros. Pero en la familia siempre hubo también otra referencia netamente taurina. Más allá de estos condicionantes espaciales, de esos maletillas o de la afición de algunos de mis allegados, desde chico supe de la fiesta por su cara más trágica. Un tío de mi madre había sido novillero con el nombre de Juanito Jiménez y en casa estaba presente la historia de su jovencísima muerte en la plaza de toros de Valencia, el 3 de agosto de 1934, a cuernos de Hormigón, un toro de Concha y Sierra. En mi imaginación de crío me figuraba a ese Juanito Jiménez como un héroe trágico. Mi hermano Miguel Ángel y yo guardábamos sus estampas como si de un santo mártir se tratara, alguien que había alcanzado la notoriedad en el mismo momento de la muerte. Y de nuevo, con su recuerdo, me poseía una de las muchas sensaciones paradójicas que aún sigue generando en mí todo lo relacionado con los toros: la tragedia del toro y del torero, ese extraño ejercicio de triunfo de la vida en plena muerte o a riesgo de ella.

Pero mi interés por el mundo de los toros no obedece a una atracción meramente irracional o instintiva. Ha habido también un acercamiento intelectual y que atañe a mi oficio de historiador y de escritor. En 1988 escribí un breve Prólogo al libro de Manolo Lucia Historia de un coso taurino, obra en la que se relataba la historia de la Plaza de Toros de Zafra. Y en 1999 publiqué en la revista Tercio de Quites, de la peña de este nombre, un artículo titulado "El enigma del cartel" con el que pretendía corregir un error sobre el pasado de la plaza.

Toda plaza de toros es un espacio simbólico en el que se reproduce un enfrentamiento antiguo entre lo animal y lo humano, que ha generado un complejísimo ritual de ejercicios donde intervienen objetos, personajes y normas. De todo ese cosmos hay un aspecto que me interesa poderosamente: el léxico. Algunos vocablos taurinos son casi figuras literarias: lunanco, mohíno, castoreño, badeanudo, arenero, astisucio, volapié, rabicano, monosabio, chicuelina... Sólo las artes antiguas atesoran esa riqueza léxica.

Ahí, en la palabra se cierra mi tríada de afectos hacia la tauromaquia que completan los recuerdos de mi propia infancia y la historia.

Sé poco de toros, pero hay bellezas y placeres vinculados a esta fiesta que yo también comparto y que —más allá de poesía o de historia— sólo se pueden apreciar asistiendo a una faena. El poeta Carlos Marzal prefiere entre todas ellas una: la quietud de un torero frente a las astas, la belleza del sosiego de quien se juega la vida frente al torbellino de músculos de un toro. Sea.

(Este texto corresponde, en parte, al pregón que leí en la peña taurina "Tercio de Quites" de Zafra, en septiembre de 2005. La magnífica pieza de piano que suena en el video es Orobroy, de David Dorentes, que sirve de homenaje a uno de los mejores programas de televisión sobre los toros, "Toros para todos", de Canal Sur Televisión ―los domingos, a la 13.30 horas; dentro de un momento)

miércoles, 11 de abril de 2007

Cuando éramos incorrectos



No sé por qué mi padre compraba las revistas de Selecciones del Reader’s Digests. Quizá por ser, como decía el slogan, “la revista más leída del mundo”. El caso es que yo las leía cada mes y aún conservo varias. La mayoría de los artículos son soporíferos, pero algunos anuncios resultan curiosos. Por ejemplo, éste de noviembre de 1975, en el que se aprecia lo que hemos perdido o ganado por esa convención social de lo políticamente correcto. ¿¡A ver qué creativo publicitario se atreve ahora!?
Por cierto, merece la pena pulsar encima del anuncio y leer la letra pequeña.

domingo, 1 de abril de 2007

La mano


La mano, además de ser negación de mí mismo, siempre me ha sugerido dos textos. Cuando pronuncio la palabra mano se me viene a la cabeza un poema de Aleixandre y un breve ensayo de Engels. No puedo evitarlo. El poema ―Mano entregada― lo leí por primera vez en la misma antología en la que conocí de verdad a los poetas del 27. Ese libro de portada verde que escribieran al alimón Joaquín González Muela y Juan Manuel Rozas y que éste nos recomendó en Literatura de 2º, durante la carrera de Historia: La generación poética de 1927 (Ediciones Alcalá, Madrid, 1974):

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.

(…)


Pero, sobre todo, con la palabra mano me acuerdo del bellísimo ensayo de Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono al hombre, que escribiera en 1876 y que leí en las Obras escogidas de Marx y Engels editadas por la editoral Progreso de Moscú. Son dos volúmenes que aún conservo, encuadernados en tela rosa, y que compré a finales de los setenta en la librería Vicente, de la plaza grande de Cáceres. La belleza de la inteligencia:

Antes de que el primer trozo de sílex hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, debió haber pasado un período de tiempo tan largo que, en comparación con él, el período histórico conocido por nosotros resulta insignificante. Pero se había dado ya el paso definitivo: la mano se hizo libre y podía adquirir ahora cada vez más destreza y habilidad; y esta mayor flexibilidad adquirida se transmitía por herencia y se acrecía de generación en generación. Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él.


domingo, 26 de noviembre de 2006

Buen fin de semana


Hasta las 10 de la noche del viernes estuve ocupado con asuntos del trabajo, pero me llamó Eva, que había ido a escuchar a Adolfo García Ortega al Seminario Humanístico de Zafra, y llegué a tiempo para asistir a la cena ―yo ya había cenado― de amigos y amigas como Álvaro Valverde, Yolanda Gómez, Rosa Panea y Luciano Feria, acompañando a Adolfo.

Bajo la horterada con que camuflan ahora la claraboya decimonónica del casino de Zafra,
hablamos de política y literatura hasta la una de la madrugada. Nos llevamos para casa el último libro de poemas de García Ortega, Te adoro Kafka, y al día siguiente le correspondo con la dedicatoria con que encabezo La amargura de la memoria, que le llevo al Parador de Zafra antes de que vuelva a Madrid. Álvaro, Yolanda y Alberto, su hijo, van camino de Jerez de los Caballeros.

A mediodía de ese sábado, en la llamada plaza de los escudos, concentración en protesta por la agresión a mujeres. Somos pocos ―ni siquiera un centenar―, y aún menos hombres. ¿Qué pasa con esta tragedia, que alguno sigue permitiéndose risitas y algún chiste? En media hora en la plaza oigo cuatro bromas de hombres ―algunos, amigos― sobre el tema. ¿Alguien se permitiría hacer chanzas a costa de las víctimas de ETA? Por cierto, ¿a quién se le habrá ocurrido hacer coincidir la manifestación de ayer en Madrid con el día en contra de la violencia de género?

Tengo un cansancio de días y hoy no perdono la siesta. Hacía meses.... Desde años no distingo entre el trabajo y el ocio. Creo que nunca he sabido lo que es un horario laboral estándar. Mezclo horarios y de eso siempre resulta cierto desorden escasamente burgués, que es lo que uno es ―querámoslo o no. Por ejemplo, sigo sin conseguir ponerme al día en la contestación de correos electrónicos. Lo de las cartas era más fácil, pero esto de los correos no hay quien lo lleve bien.

Plácida ―y ocupada― mañana del domingo y a mediodía nos vamos a Badajoz. Un amigo y compañero de trabajo, Javier Moreno Romagueras, nos ha invitado a los tres ―Juan viene― a comer en su casa con su mujer y su hija, Lourdes y Silvia. Hablamos de los niños y de la vida y todos tenemos una extraña sensación de descanso. De vuelta a casa, sorprendente reportaje de La 2 sobre globalización, terrorismo y guerra de Irak.

El domingo termina. He dejado pendiente un artículo sobre la subida de las columnas fascistas de Sevilla a Talavera de la Reina... y tengo que leer a Juan Huarte de San Juan y su Examen de ingenios para las ciencias.

Buen fin de semana. No es un saludo; lo aseguro.

sábado, 8 de julio de 2006

Residencia

Sobre este nombre se edificó una parte de la actividad literaria de Cáceres a comienzos de los años ochenta del pasado siglo. Así se llamaba la revista editada por la Residencia Universitaria San José junto al Departamento de Literatura de la Universidad de Extremadura, y así llamamos también a un premio de poesía convocado por aquellos años desde el mismo centro.

El ancestro del nombre era evidente y recordarlo aún sonroja: la insigne revista dirigida por Alberto Jiménez Fraud en la madrileña Residencia de Estudiantes donde de 1926 a 1936 publicaran poemas y textos los más destacados de la Generación del 27. Debíamos sufrir un inmoderado deseo de distinguirnos de lo que realmente éramos para llamar así a aquello que, en sus orígenes, no fue más que un boletín de estudiantes bastante mal escrito, peor editado y nacido en una residencia que -aunque hoy la recuerdo con el mayor cariño- era entonces el principal nido de fachas de la ciudad, como se solía decir.

La residencia San José dependía de la Caja de Ahorros de Cáceres y una parte de los que se alojaban en ella era hijos de la alta burguesía extremeña. Incluso algún aristócrata o el vástago de una importante figura de la política nacional residió en la San José. No es extraño que casi todos estudiaran la carrera del poder e ideológicamente no admitieran nada a su diestra. De Derecho y de derechas, esa era la definición que, con resignado humor, dábamos de la residencia los pocos que nos salíamos de la norma. El diez por ciento de extravagantes vivíamos en 1977 y 1978 en los pasillos inferiores del edificio. Allí estaban las habitaciones de quienes cursábamos Filología o Historia o Magisterio u Obras Públicas... —carreras raras frente al casi unánime Derecho— y sólo allí había banderas de Extremadura, se escuchaba la Nueva Trova Cubana y en los estantes se veía algún libro de Marta Harnecker, Santiago Carrillo (que acababa de publicar Eurocomunismo y Estado) y los filósofos de la sospecha. El extrañamiento en los sótanos no era por razones ideológicas pero casi, pues —salvo excepciones— quienes estudiábamos alguna de esas carreras éramos los únicos que no seguíamos a Blas Piñar, ídolo de la mayoría de los residentes. El carácter político del centro se simbolizaba en su director, José María Corzo Sinobas, vecino de Zafra y recientemente fallecido. Corzo era un cordimariano secularizado, hombre de gran cultura y filósofo ultramontano que en alguna ocasión presentó al líder de Fuerza Nueva en sus mítines cacereños.

A mediados de 1978 la Caja —sensible a los tiempos constitucionales—nombró nuevo director a un profesor de Derecho Administrativo, Juan José de Soto Carniago, que introdujo nuevos aires y permitió la edición de la revista. Colaboré en la redacción desde el primer número, a finales de 1978, junto a Isidoro Bohoyo (hoy coordinador de las bibliotecas de la provincia de Badajoz) o Chema Gómez Caminero (decano del Colegio de Abogados de Badajoz), entre otros. Las primeras entregas fueron horrendas: veintitantos folios unidos con tres grapas, escritos en mi Olivetti Studio 45 y editados a ciclostil; los contenidos, insustanciales: chascarrillos de la vida en la casa, polémicas sobre las novatadas, pésimos poemas (ahí publiqué el primero, también pésimo) y soporíferos artículos sobre “La Esclavitud negra en la América española” o “Técnicas sociales en el diseño del automóvil”.

En diciembre de 1980, tras cuatro números editados, la revista experimentó una importante mejora. Un joven madrileño, profesor de Literatura en la Universidad extremeña, Jesús Cañas Murillo, que había llegado a Cáceres con Juan Manuel Rozas, fue nombrado Delegado de Actividades Culturales de la residencia y se incorporó como presidente al Consejo de Redacción. La portada cambió, adoptando la que sería clásica en la trayectoria de la revista: un taller de imprenta enmarcado en una estructura arquitectónica presidida por un título de tenebrosas letras más propias de película de terror.

A partir de entonces Residencia se convirtió en una digna revista universitaria de cultura. Durante un tiempo el coordinador siguió siendo el de la época anterior, Manuel Fernández Jiménez, y en diciembre de 1981, ya en mi último año de carrera, lo fui yo. El equipo se completaba con los profesores Marino Marcos Cuervo-Valdés (ingeniero salmantino que impartía clases en la Politécnica), Juan Antonio Calvo-Costa (valenciano, catedrático de Literatura de la Michigan State University que pasaba un año en Cáceres) y los estudiantes Manuel Florenciano Jara, Paco Martín Camacho, Miguel Ángel Teijeiro, Tano Álvarez Buiza y mi hermano Miguel Ángel.

Ese fue el primer equipo de trabajo de los muchos en los que he participado en mi vida. Jesús impulsó un importante programa de actividades culturales y nosotros le servimos de activos colaboradores. Todos aprendimos mucho de una experiencia que modeló nuestros gustos culturales. El montaje y redacción de cada número era una intensa clase práctica de la mejor cultura. Nunca supe tanto del tan cacareado espíritu universitario como en el afán de ese grupo de Residencia. Otros seis números editamos de esa nueva Residencia hasta que en 1983 el Departamento de Literatura asumió como propia la publicación y comenzó a componerse en una imprenta. Mi hermano fue nombrado Secretario y los que abandonamos Cáceres, Miembros de Honor.

Durante ese tiempo en la revista firmaron nombres de fuste (Manuel Tuñón de Lara, José Luis López Aranguren, Carlos Rojas, Antonio Holgado, Luis Rosales, Dámaso Alonso, Juan Manuel Rozas, Kenneth Scholberg, Luis López Guerra, Joaquín Benito de Lucas, Antonio Rodríguez de las Heras, Romano García...) y publicaron sus primeros poemas y textos buena parte de la actual nómina de escritores extremeños (Ángel Campos, Luciano Feria, Ada Salas, Álvaro Valverde, José Manuel Fuentes, José Luis Bernal, Javier Pérez Walias...).
El gusto clásico de Jesús, evidente en las citas con las que encabezaba cada editorial, resume parte del espíritu de esos años inolvidables vividos en la San José y alrededor de Residencia.
A mucho obligan las leyes de la obediencia forzosa; pero a mucho más las fuerzas del gusto (Miguel de Cervantes).

Pares cum paribus facillime congregantur (Ciceron).

domingo, 2 de julio de 2006

La biblioteca de mi hermano mayor


Para un adulto la infancia es, a veces, sólo un pozo donde hay recuerdos que rescatamos con esfuerzo: el "Salón Romero" en llamas una mañana de domingo, y un crío de cuatro años apartando los visillos al otro lado de la plaza para ver el espectáculo del fuego; la academia de don Roberto, y la maestra doña Manuela Venera, con unas zanjas abiertas en medio del patio donde uno acabaría empujado por Fernando Sabido; un parque inmenso y bellísimo como jardín de nuestras andanzas de muchachos; la visita a la abuela Laura, la peseta de propina, y la pescadilla y el vasito de casera para que pase, hijo; los maletillas de la Plaza de Toros haciéndonos toreo de calle a cambio de unas latas de sardinas.

Quizás, más que un pozo, la infancia sea una calle donde hay recuerdos. Los niños nos bregábamos en la tierra, jugando al balón, haciendo recados, guerreando con pandillas rivales, a la salida del colegio o en la merienda, con una jícara de chocolate y un trozo de pan en la mano. Allí éramos niños. Frente a los de la Huerta Pablito, tirando piedras, o contra los de la Avenida jugando al fútbol en los portalones de Pina; lanzando el pinche en el parque o bajando con las bicis por la calle Canal; rondando a las niñas del edificio Alcázar o llamando a las puertas de todos los vecinos. La calle era un espacio abierto al mundo y a la vida.

Dice Ortega y Gasset que, frente al campo abierto, la plaza es la negación del campo, un espacio nuevo y cerrado. Pues bien, también mi infancia, además de ese espacio inicial y exterior, de ese campo abierto de la calle y del parque, tuvo un espacio interior, acotado, tan vital para mi crecimiento como la calle: la biblioteca de mi hermano mayor.

Desde que nací, desde que nacimos —porque esa suerte también le atañe a Miguel Ángel, el pequeño— el libro fue un objeto cotidiano en mi casa gracias a los centenares que poblaban las estanterías de “multimueble” del despacho de mi hermano Luis Ricardo, “el mayor”. Antes de los diez años ya pasaba allí yo buenos ratos, sentado en un sofá de skay, ojeando revistas, coleccionables, recortes de periódico o empezando a leer algunos libros. Buena parte de mi pasión por la literatura, por la lectura y por los libros se debe al conocimiento de ese espacio interior de mi infancia que fue la biblioteca de Luis Ricardo. Allí también descubrí que, aunque interior, ese sitio no era cerrado, sino que te proyectaba más allá del camino de Belén o de la fábrica de los Pons, más lejos incluso de la Rivera o del Puente Aragón. Buscar entre sus títulos algo sorprendente podía ser incluso más divertido que jugar al escondite. Contemplar las portadas y las láminas en color de algunos de ellos no tenía parangón con los programas en blanco y negro que entonces ofrecía la tele. Al abrir un libro podías llegar a correr más que cualquiera, a volar más alto que nadie, a navegar por mares que nunca habían sido surcados y a visitar territorios escasamente poblados. Y más aún: al abrir un libro podías apreciar la importancia de ejercitar ese músculo extraordinario de la imaginación y llenar el depósito de la cultura, donde nada pesa. No sé qué hubiera sido de mí sin esos libros pero sí sé lo que hicieron de mí.

(...)

Fragmento del texto introductorio a Años de ignorancia, inquietudes y esperanza (1946-1970) de Luis Ricardo Lama (edición de amigos, 2006). La imagen es Written Worlds, de Rob Gonsalves.

viernes, 26 de mayo de 2006

La sorpresa del limón

Durante años me dediqué a la formación. Coordiné cursos y talleres por media España dirigidos a profesionales de la educación o de la intervención sociocomunitaria y sobre metodología de la participación social o programación de actividades culturales... De 1985 a 1993 conocí el país como una especie de predicador laico y sin carreta, pregonando participación social y dinámicas de grupo.

Ayer, en Pamplona, volví a la docencia por una hora.

Di una charla con ocasión del Día del Emprendedor que organizaba el Centro Europeo de Empresas e Innovación de Navarra (CEIN), en el Baluarte, el Palacio de Congresos y Auditorio de Navarra. El tema acomodaba al mundo de la empresa los afanes participativos y creativos de siempre. “Cinco minutos para convencer a un financiador o el papel de la sorpresa”, era el título. Nacho Escobar me había cedido el caso de cómo un limón había servido para convencer a un empresario. No voy a contarlo ahora, pero el ejemplo me venía al pelo para hablar a un público de jóvenes emprendedores acerca del uso de la sorpresa como procedimiento de persuasión de sus financiadores o clientes. Para crear ambiente, Manolo Romero y yo -con la complicidad de Nacho desde Mérida- habíamos colocado en cada mesa un limón —ochenta compramos en El Corte Inglés ante la mirada atónita de la cajera. Cuando los asistentes entraron, vieron toda la sala llena de sorpresas amarillas.
Me sentí a gusto y disfruté de lo lindo en la charla. Después, las amigas de Pamplona nos invitaron a cenar en uno de los asadores de moda de la capital, Anttonenea: ensalada de mollejas de pato con habitas, espárragos asados, rapito al horno -todo regado con crianza navarra de Marco Real- y de postre, cómo no, sorbete de limón al cava.

viernes, 19 de mayo de 2006

Apple y Macintosh



Hay un chiste de orgullo "mackero" que siempre cuento: Si tiras un Macintosh y un PC desde un precipicio, ¿cuál se destroza antes contra el suelo? El Macintosh, por supuesto, porque el PC se queda colgado.

Mi primer contacto con el mundo de Apple fue durante la carrera, a finales de los 70 y comienzos de los 80. En Cáceres, el Seminario de Investigación del Conflicto del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, dirigido por el profesor Antonio Rodríguez de las Heras —siempre visionario—, consiguió varias computadoras Apple II, la segunda máquina en la trayectoria de Steve Wozniak y Steve Jobs. Fueron los primeros ordenadores personales de la Universidad y —supongo— de Extremadura, en unos años en que aún eran muy raros en España. Los estudiantes de Historia Contemporánea de Cáceres nos formamos sabiendo que aquello existía.

En 1984 Apple crea Macintosh, pero no manejo el primero hasta 1987: era un Macintosh Plus, del Centro de Educación de Adultos de Zafra. Trabajar con un Mac era hacerlo con una máquina creativa, intuitiva, sugeridora.

En 1989 montamos una empresa y compramos dos Macintosh, creo que un Plus y un SE, que nos costaron un pastón (entre ambos, unas 600.000 ptas. de entonces). Cuando cerramos, en 1992, nos tocó a Eva y a mí uno de ellos. Fue mi primer ordenador en propiedad. Desde entonces he utilizado, en el trabajo y en casa, siempre un Macintosh (Performa 630, G-3, iBook) hasta hace un par de años. Una conjura "doméstica" y un cambio laboral me obligaron a acostumbrarme a esa mala imitación del Mac que es el PC. La cantinela para convencerme fue la de siempre: "tiene menos capacidad de memoria" (no le hace falta), "no pueden intercambiarse archivos con un PC" (no es cierto, pero si lo fuera ¿qué falta hace?), "es más caro" (no hay que confundir valor y precio), etc. El caso es que soy un traidor y no me basta saber, como dice alguno, que la mayoría de los ordenadores personales actuales son básicamente clones del Mac aunque usen Windows, por lo que en cierto modo todos somos usuarios de Mac. No me basta. Me puede la mala conciencia. Y, como sigo prefiriendo el original, va a ser cuestión de volver a los orígenes.

Primer modelo de ordenador Macintosh, 1984

jueves, 13 de abril de 2006

Escribir arbitrios


El otro día tuve la alegría de presentar en un acto del Seminario Humanístico de Zafra a Álvaro Valverde. Al finalizar, no sé a cuento de qué les dije —a él y a Luciano Feria— que yo en literatura no era más que un arbitrista del XVI o del XVII:
Yo señores soy arbitrista y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino... (Miguel de Cervantes, Coloquio de los Perros)

Desde 1988 —cuando escribí un escuálido poemario, como la isla— me he alejado públicamente de la imaginación literaria y he estado sumergido en realidades diversas. Aunque desde entonces he escrito seis libros, ninguno de ellos es propiamente "literario": varios sobre metodología educativa y de participación social, dos o tres monografías de historia, textos de viajes y algún que otro artículo..

Y que nadie piense que la poesía me la reservo y sólo publico memorias y propuestas. El asunto es que sólo escribo arbitrios. Eso sí: estoy continuamente escribiéndolos. Mi actividad profesional se reduce prácticamente a escribir arbitrios y a decirles a otros cómo, cuándo o por qué.

Durante muchos años me he conformado con la frase de Marcel Schwob (Petronio olvidó por completo el arte de escribir tan pronto como vivió la vida que había imaginado), pero ya va siendo hora de que Petronio, además de los arbitrios, escriba algún poema sin dejar de vivir y se aplique las preguntas a sí mismo: cómo, cuándo y por qué.

sábado, 21 de enero de 2006

Tierno


Días antes había preguntado a algún señor con transistor en la Plaza de la Villa cómo iba el asunto. Yo vivía entonces en la calle del Príncipe, y bajé hasta la puerta del Ayuntamiento, donde se congregaban —inquietos— los más adeptos. Después de conocer el coloquial parte médico no supe qué hacer allí y me fui a beber cerveza a mi barrio, a la cervecería Alemana, en la plaza de Santa Ana. Como siempre salía solo, siempre iba con un libro. Y escribía en ellos al mismo tiempo que los leía; costumbre que aún conservo. De entonces data un dicho: nos morimos todos igual pero no iguales. Once años antes había muerto Franco y yo con 14 —en medio de un examen de Física de 6º— despertaba a mi padre porque me parecía que aquello era grave. La gente lloró mucho pero también descorchó mucho champán —luego lo supe. Con Tierno Galván, sólo lloró. Después dijeron que no nació en Soria, que no vivió en Valdevellano de Tera, que nunca fue perseguido por los vencedores de la guerra... (lo dijo César Alonso de los Ríos, otro pío pío). Pero, más allá de alguna duda, fue un tipo magnífico, un intelectual brillante y un alcalde que logró lo máximo: personificar la ciudad que preside; ser su símbolo.
Dos días después —el 21 de enero de 1986— bajé hacia Cibeles desde Maudes y Cuatro Caminos con mis compañeros de trabajo, mis amigas y amigos. Nunca he ido a un entierro con tanta devoción. Delante del Palacio de Correos pasó la carroza negra y pasaron los caballos, también negros. Y pasó Tierno. Como dijo el maestro Lázaro —por cierto, su compañero en la prehistoria política de la Asociación Funcionalista Europea— no hubo nadie que le excediera en buena crianza y urbanidad.