Zafra, 7 de agosto de 1936
Todos los 7 de
agosto recuerdo la columna, de noche, de los hombres del comandante Castejón caminando
los cinco kilómetros de Los Santos de Maimona a Zafra. Provenían de África. Pasaban
las 3 de la madrugada. Recuerdo que ese viernes nadie, nadie de quienes aún no habían
huido de la ciudad, pudo dormir. Desde la batalla en las sierras de Los Santos,
dos días antes, nadie dormía en ninguno de los pueblos de alrededor.
Quinientos
campesinos mal armados, junto a algunos militares de la guarnición de Badajoz, más
o menos leales a la República, se habían enfrentado a dos mil legionarios y
regulares que subían por la ruta de la Plata con camiones y pertrechos. Habían
sido cinco horas de calor sofocante y lucha desigual. A los primeros disparos
de mortero, les siguieron los gritos de los moros en el ataque, el lelilí de
los extranjeros ¾¡Alá es grande¾ contra los paisanos sin dioses. Trescientos jornaleros, que hasta entonces
solo habían tirado a algunas perdices, cayeron bajo las balas de los máuseres
de los regulares, agarrados con un solo brazo bajo el sobaco. En el cielo, las
hélices de seis aviones de Tablada; ni uno solo del Gobierno. En el suelo, los
cadáveres en aspa.
Tras esa victoria de
los sublevados se sabía que no tardarían en invadir Zafra. El 6 descansaron en
Los Santos. Uno de los aviones rebeldes había tirado ese día desde lo alto bombas
de mano en la explanada de la Plaza Nueva. A la hija de Croche, el de la
gasolinera, le hirió una esquirla. Alguien dijo que había visto también caer
una granada en las aguas de la charca, al lado de la Alameda, que no explotó. Dieciséis
años después lo hará, y esa primera bomba de la guerra en Zafra dejará las
últimas víctimas entre unos niños que jugaban, un día de «novillos», con aquella cosa tan rara que habían descubierto entre el cieno al
desecarse la albuhera. Mató a dos ¾Joseli y Saito¾, dejó ciego a Juanini, tuerto a Catalino,
y le arrancó los ojos y los brazos a Juanito, que aún deambula por las
calles de Zafra como una muestra de las mutilaciones que dejan todas las
guerras.
Al amanecer del día
7 de agosto las sábanas blancas colgaban de los balcones de muchas casas de
Zafra mientras centenares de hombres y mujeres, agarrando a la chiquillería, se
iban Muladar abajo o por el camino de La Lapa al campo, al Castellar, a la
Albuhera o al cerro de Pedro Toro. Recuerdo a mi bisabuela Lola, que puso el
sacudidor de trapos blancos en el balcón de la casa de la calle Santa Catalina «para
que hubiera paz». El alcalde, Pepe González, había reunido al vecindario en la
plaza la noche anterior para recomendar que no se resistiera a las tropas. Algunos
murmuraban, discrepantes. Tras los muchos muertos en la sierra, para González aún
había esperanza de que no hubiera más sangre. Fue la última intervención para
evitarla de quien cinco meses antes había llegado a Zafra de Alicante tras dos
años de cárcel y que, desde entonces, se había empeñado —imponiéndose a los más
extremos— en mantener la legalidad republicana e impedir represalias contra la
gente de derechas. ¡Hasta una comida hubo de organizarles en la plaza a un
centenar de mineros de Huelva a finales de julio para evitar que acabaran con
los de la cárcel! Y ahora los partidarios de los presos eran quienes amenazaban
con arrasarlo todo. Y así lo hicieron.
Recuerdo el cañoneo
a las 5 de la mañana sobre las estaciones ferroviarias, donde un tren partía
con los últimos dirigentes. Otros huían en automóvil por la carretera de La
Puebla hacia Valencia del Ventoso. Los proyectiles del artillero Fernando Barón buscaban también la fábrica
de la Luz, cerca del cuartel de la Guardia Civil, y recuerdo el
estruendo de alguno al impactar en la esquina de la calle Ancha. Desde
entonces, al gitano Maito, que vivía allí, nunca se le quitó el miedo del
cuerpo. Siempre pensó que había sido un castigo divino. Fue uno de los que
había llevado agua el miércoles a los campesinos enfrentados en la sierra con
los militares que venían de África. Los combatientes, cuando necesitaban beber,
se volvían y gritaban ¡Agua, Maito!, y él se acercaba con el búcaro. En
castigo por haber servido de aguador a los resistentes, días más tarde, a
mediados de ese agosto del 36, fue obligado a ayudar al sepulturero Domingo
León a enterrar a tantos fusilados. Todos conocidos, muchos amigos. Ya años
después, recuerdo las chanzas de algunos mozalbetes ¾¡Agua, Maito!¾ cada vez que el hombre se dejaba ver
por las calles en la Zafra de los vencedores.
Luego, a las 6 de la
mañana, se me viene siempre a la cabeza Cirilo. Trabajaba de
peón en Terán. Era un chaval sin familia. Esa noche estuvo bebiendo vino en un
aguaducho que había al final del pueblo, más allá de la Alameda. Le tocaba
guardia, pero acabó borracho. Apareció en medio de la carretera un coche
blindado con los primeros que entraban en Zafra. Encaramado en un cinamomo, Cirilo,
a pesar del máuser tembloroso apoyado en el hombro, es un blanco fácil. Tira
un tiro… tira otro…,
le jalea uno de los legionarios. Tras fallar los disparos y agotar la munición,
el militar le dispara desde lejos en la frente y lo abate. Fue el único que murió ese día en Zafra con el arma
en las manos.
Recuerdo a las
tropas entrando en el Campo de Sevilla a las 7 al toque de la corneta y guiadas
por algunos falangistas locales. Una de las camionetas tiene pintada la cara de
Azaña, al que le han puesto unos cuernos. La batería de tres piezas de
artillería del capitán Mora Figueroa se sitúa en la puerta del taller de los
Terán, junto a la Plaza de Toros, para batir la sierra del Castellar. Y recuerdo
al capitán Fuentes con su furgón blindado en la puerta de Santa Marina. No hizo
falta que liberara a nadie, a ninguno de los presos de derechas arrestados hasta
entonces allí, porque la guardia la habían levantado los socialistas a primera
hora, al tiempo que se marchaban del pueblo las autoridades republicanas, y
todos salieron sanos y salvos: los hermanos García Goitia; Antonio Martín, «el
Dorador»; Fernando, «el Gallego»; mi tío Gori, «Rabito», a quien abuela Laura le
llevó todos los días la tartera con algo de carne; Román Hernández, «el
Chileno»; don Daniel, el cura —que
durante el encierro recibió alguna bofetada—; Burgos, el del Juzgado; su hijo
Diego y otros hasta veintitantos, como Antonio Zoido, «el último de la
conquista».
A las 8 de la mañana
recuerdo a Castejón en el Ayuntamiento; el nombramiento de la Gestora, con los
ricos del pueblo; el bando amenazante y las primeras listas, con el comandante
sentado en la alcaldía, decidiendo entre la vida y la muerte. Y las discusiones
para poner y quitar nombres hasta llegar al «uno por ciento». Y las primeras quinientas
pesetas encima de una mesa para evitar una captura. Mi abuelo Luis tuvo que
pagarlas. Recuerdo al capitán de la Guardia Civil, Luengo, que se presentó en
la alcaldía, apresurado desde su casa, donde convalecía de un cólico nefrítico
y fue degradado a teniente allí mismo —¡quítese una estrella!— por haber
sido ascendido durante el Frente Popular. En el patio del Ayuntamiento
concentran a los primeros detenidos, y en la puerta, bullen los primeros
familiares, que traen papeles para demostrar la inocencia de los que están
siendo apresados. Así salvó la vida el maestro Ramón Gerada, a quien unos meses
antes habían echado de la Casa del Pueblo y pudo demostrarlo con una copia en
papel cebolla del escrito de expulsión.
Recuerdo las puertas
abiertas de las casas para que los moros no las echaran abajo. Y cuando
encontraban cerrada alguna, la rapiña en el interior, los muebles volando por
los balcones y la mercadería en el zaguán. Una máquina de coser, algún reloj: ¡Paisa,
barato, barato! Recuerdo los
primeros parapetos con sacos terreros en las entradas del pueblo para impedir
salir y entrar sin control. Uno de ellos en la calle Sevilla.
A las 11 recuerdo la
misa en La Candelaria. El templo abarrotado y los «detente bala», hechos con
las monedas de El Rosario, en los pechos de los militares. Y a don Daniel, ya
de nuevo en el púlpito. Y al cura Juan Galán concelebrando antes de unirse a
las tropas y de pedir su pistola. Recuerdo al medio centenar de personas
capturadas, en círculo, con los ojos muy abiertos y las manos atadas, en el
centro de la plaza Grande, esperando el fin de la eucaristía. Y a la gente
alrededor, con brazaletes blancos, mirándolas, sin atreverse a hablarles. Y a
los soldados que se mueven con los máuseres entre los brazos, que preguntan, que
buscan los nombres apuntados a lápiz —y no tachados— en pequeños papeles.
Y a Castejón, tras la misa, tomando un refrigerio, ya todo decidido, bajo los
soportales, sentado en un sillón de enea que le había sacado a la calle don
Tomás, el farmacéutico.
Nunca se me olvida
el calor de las 12 de la mañana de ese día 7 de agosto de 1936 en Zafra. Y la
comitiva ya por la calle Sevilla de vuelta a Los Santos. La gente aplaudiendo,
atemorizada o llorando escondida tras los visillos. Y la cuerda de presos,
atados en grupos de siete u ocho, con las caras desencajadas, hasta el medio
centenar de ese día, una cuarta parte de los doscientos asesinados en esas
semanas: el guardia municipal Antonio Amaya; el capataz de CAMPSA Ángel Caño; los
chóferes Luis Mata y Ramón Galea; Paca Infante, madre del «Correcalles»; el
secretario del Instituto Luis Madroñero y los bedeles Antonio Guerrero y
Teodomiro Trujillo; Fernanda «la Reverte», a quien ese falangista criminal, «el
Chileno», le hizo pagar todos sus desplantes; el empleado del Ayuntamiento Julián
Vitorique; el factor ferroviario Laureano Rubio; el director de Telégrafos ¾fontanés¾ Juan Antonio Zambrano; el carpintero
Máximo Torreglosa; el industrial Diego Luna; los hermanos Coronel; los hermanos
Montaño y los braceros Felipe Ortiz, Manuel Garrido, Cesáreo Sánchez… Y don Rafael, el modelista, fuera de la
cuerda, pero sin querer separarse —ya nunca lo haría— de doña Juana, la
maestra, presidenta de la Sociedad Femenina de Oficios Varios de Zafra, también
apresada.
La comitiva cruza la Plaza Nueva y deja a un lado la Plaza de Toros, encaminándose hacia Los Santos por la carretera que viene de Fregenal. Atraviesa el paso a nivel hacia la Madre del Agua, un poco más allá del puente de Usagre. De pronto, los militares se detienen, sacan de la cuerda a siete u ocho de los presos y los fusilan junto al camino entre los gritos y el espanto del resto. Cada cinco o diez minutos repiten la masacre. Cuando le toca al grupo de doña Juana, ya pasado el Puente Aragón, don Rafael ¾que camina como un autómata, recuerdo, al lado de su mujer¾ mira atónito a su alrededor, grita para que la liberen, hasta que la sacan de la fila y él se abraza a ella. Y así los matan.
Recuerdo ese
mediodía de hace noventa años, el peor nunca vivido en Zafra, como si fuera hoy,
aunque no estuve allí. Los camiones, los caballos, las tropas, los cadáveres
abandonados, los perros que ladran y olisquean la sangre, el canto de las
chicharras, las moscas, el miedo, el calor… Oigo el ruido atroz de las balas de
los fusilamientos que, cada diez minutos, apenas estorban la marcha de los «conquistadores»,
y veo alejarse por la carretera de Los Santos la enorme polvareda de esa
serpiente africana, reptando y escupiendo sangre a cada trecho. Y, con ella, la
crónica fatal de ese día, el rastro sofocante de nuestra historia.
[Desde hace trece años, por estas fechas, publico un
texto en el que rememoro qué ocurrió en Zafra el 7 de agosto de 1936. Es un
homenaje a las víctimas y un ejercicio literario exento de ficción. Ningún año
es el mismo texto; cada vez añado algo. Empecé con unos párrafos y llevo ya dos
mil palabras. En ocasiones lo he divulgado desde mi blog, LAS PIEDRAS DEL RÍO,
otros solo en Facebook; un año lo publiqué en la revista digital CONVERSACIÓN
SOBRE LA HISTORIA y hace dos lo reproduje en un fanzine editado por
ANTIFASCISTAS ZAFRA. Esta es la actualización de 2026, cuando se cumplen
noventa años de los hechos que describe]
1. Fotografía: Barricada de adoquines y sacos terreros en la entrada de la calle Sevilla (Zafra). Imagen tomada por el fotógrafo alemán nazi Eduard Foerstch a comienzos de septiembre de 1936 [Biblioteca Nacional de España].
2.

