sábado, 31 de octubre de 2015

DESARROLLO LOCAL, HISTORIA Y LITERATURA: en torno al "árbol del pan" y sus frutos

Presentación de la X Feria de la Castaña

Cabeza la Vaca, viernes 30 de octubre de 2015

Buenas noches. Agradezco al Ayuntamiento de Cabeza la Vaca, como principal institución organizadora de la Feria de la Castaña, que me haya invitado a estar hoy aquí con ustedes. Mi agradecimiento es, en primer lugar, por permitirme recuperar, con este acto, una parte importante de mi vida, la de los años que viví vinculado a Cabeza la Vaca y al resto de localidades de la comarca de Tentudía.

Desde finales de 1993 mi actividad profesional transcurrió en estas tierras. Primero como director de la Escuela Taller de Monesterio (que años después pasó a ser la Unidad de Desarrollo y Formación para el Empleo “Las Moreras” o “Antonio Morales Recio”, en recuerdo del amigo que fue su subdirector y que murió en el ejercicio de sus funciones). Después como director-gerente del Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, creado en 1996. Y que estuvo muy unido a este municipio debido a la elección como primer presidente de Manuel Vázquez Villanueva, alcalde entonces de Cabeza la Vaca, con quien trabajé codo con codo durante los primeros años de vida del centro.
Desde CEDECO impulsamos la iniciativa comunitaria LEADER y a través de ella se diseñó el proceso de desarrollo territorial de la comarca y se comenzaron a financiar numerosas iniciativas empresariales y sociales que redundaron en beneficio, eso creo, de ese desarrollo. Durante diez años permanecí -yo, que soy de Zafra- muy cerca de este trozo de Extremadura.

Los escritores recordamos la vida por lo que hemos escrito. Y sobre Cabeza la Vaca uno ha escrito algo. Al principio, estudios sociales y económicos en mi función de técnico de desarrollo territorial.
El primero fue hace ya veintitrés años, en 1992, sobre la subcomarca de los Servicios Sociales de Base de Monesterio, Montemolín, Calera de León y Cabeza la Vaca. Lo redacté dentro de un encargo al Taller Zafra de Educación Popular, la empresa en la que trabajé de 1988 a 1993, antes de incorporarme a finales de ese año a mi nuevo puesto de trabajo en Monesterio.
Después de este estudio vinieron otros, incorporados ya al proceso de dinamización de estas tierras, como el “Plan Estratégico de Desarrollo Territorial  sobre la subcomarca de Monesterio”, presentado como trabajo del master de Desarrollo Local que cursé en 1996 en la Universidad Autónoma de Madrid, o “La comarca de Tentudía vista por su gente”, un dictamen social sobre el desarrollo de la comarca de Tentudía elaborado a partir de las opiniones de los participantes en un curso relacionado con el LEADER. Por cierto, que en ese curso de hace veinte años (tan importante para lo que después vino) participaron varios vecinos y vecinas de Cabeza la Vaca, que no quiero dejar de citar: Juan Barroso, Manuel Belmonte, Ana Caballero, Pilar Colorado, Tobías Fabián, Elena Lavado, Blasa Lemos, Carmen Macías, José Martínez, Antonio Mateos, Rosario Pérez, Rosa Pérez, Rufina Ramos, Isabel Romero y Pepa Vázquez. Sobre nombres como estos se ha construido el progreso de esta comarca.
El siguiente escrito relacionado con esta localidad que recuerdo haber hecho tuvo un carácter histórico-literario: “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” se titulaba. Fue un texto largo que apareció en 2001, en uno de los volúmenes, Tentudía, la montaña mágica, espléndidamente editados por la Diputación de Badajoz y dedicados a las diversas comarcas de la provincia. En ese texto escribía sobre cómo “la profundidad de las cuevas de Fuentes de León tiene su envés en la altura del caserío de Cabeza la Vaca, el más alto de toda la provincia de Badajoz”. Escribía también que por ello no es casualidad que la patrona sea Nuestra Señora de los Ángeles (con permiso de San Benito Abad). Y escribía sobre el origen del nombre y del poblamiento.
“No hay constancia en Cabeza la Vaca de poblamiento anterior al Medievo al contrario que la mayoría de los núcleos comarcanos -decía- reduciéndose su antigüedad al siglo XIV. Quizás por esta bisoñez del caserío los naturales destacan orgullosos cómo Felipe II concedió al lugar el título de Villa en 1594 y le otorgó el privilegio de impartir justicia. De esa época data la Cruz del Royo…”

Mencionaba la plaza de toros, la principal de la comarca, sin callejón y adosada a otros edificios; la Torre del Reloj, del siglo XVIII, y algún sucedido célebre como el relatado por el tantas veces fantasioso Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar, que en sus Partidos Triunfantes de la Beturia Túrdula, dice que el año 1755 cerca de Cabeza la Vaca,
se hundió un poco de sierra y tal fue el montón de aguas que salieron de sus entrañas que parecía un diluvio, quedando los naturales atemorizados. Después a los pocos días se recogieron y no han vuelto a salir.

Terminaba esas menciones a Cabeza la Vaca en la “Crónica de la maravillosa invención de Tentudía” con un suceso que desarrollé en un artículo unos años después. “Nazis en Cabeza la Vaca” se llamaba, y en él historiaba la muerte en accidente de seis aviadores de la Legión Condor en la sierra de la Buitrera, aquí al lado, el 16 de abril de 1938. Lo publiqué, en colaboración con el historiador Francisco Espinosa, en el número de octubre de 2002 de la revista local “El Rollo”. En él sacamos a la luz también las magníficas fotos de la agencia EFE sobre la erección de un monolito por parte de la Legión Cóndor en la cima de la Buitrera en mayo de 1939. Y lo acompañamos de otra fotografía realizada por Jordi Macías con la apariencia actual -bueno, de hace ya trece años- del monolito.
Y lo último que he escrito sobre esta localidad es este texto que ahora les leo presentándoles la Feria de la Castaña en su décima edición. Si hasta aquí hay, en mis textos sobre Cabeza la Vaca, tanto muestras de temas socioeconómicos, como literarios e históricos, en este último texto que aquí les ofrezco se me antoja que se mezclan todos ellos. Ejerzo, pues, en él –con la excusa de la castaña- mis tres dedicaciones y obsesiones: la de técnico de desarrollo territorial, la de escritor y la de historiador.

Porque la Feria de la Castaña entiendo que es, en primer lugar, una iniciativa vinculada con el desarrollo de esta tierra. La excepcionalidad de las manchas de castaño de este término, tan meridionales, que existen quizás gracias a la altura del caserío más elevado de toda la provincia y a la humedad consiguiente, han situado la castaña de Cabeza la Vaca como una pieza básica del desarrollo del municipio.
Durante mucho tiempo la castaña ha estado en regresión. No sólo aquí, en todos lados. De ser un producto agrícola, por su uso alimentario para la población y para el ganado, cuando fallaba el cereal, ha pasado a ser un producto prácticamente forestal. Y eso a pesar de que siguen siendo notables las potencialidades económicas de los castaños y sus posibles aprovechamientos, sean de la madera o del fruto, y de éste fresco o elaborado (almíbar, bombones, harina, mermelada…). En Cabeza la Vaca, la producción de castaña, a diferencia del otro foco castañero del norte de Extremadura, ha estado más vinculada al aprovechamiento del fruto que al de la madera, y la recolección (destinada la mayoría a harina) ronda anualmente –según tengo entendido- los 200.000 kilos.
De todas formas, la importancia del castaño viene dada también por la compatibilidad de su cultivo con otras actividades que permiten el desarrollo rural, como la caza, la pesca, el turismo, la micología, etc. Y es que el castaño no es un cultivo excluyente.
Pero más allá de la incidencia real que los castaños tengan en la economía de la zona, su valor es también identitario, tiene que ver con la identidad, con vuestra identidad. Y no hay desarrollo de un territorio sin identidad. Esa siempre ha sido una preocupación al emprender procesos de desarrollo de una zona, de un municipio o de una comarca. El desarrollo no es sólo una cuestión cuantitativa, tiene que ver sobre todo con la capacidad que tiene un pueblo de reconocerse a sí mismo y de diseñar su futuro. Y eso atañe más a la cualidad que a la cantidad.
El trabajo que venís haciendo, desde hace ya diez años, en torno a la castaña, a su promoción y valoración tiene que ver con el desarrollo no sólo porque se trate de un producto que incide en la economía. Tiene que ver con el desarrollo sobre todo porque se trata de un producto que incide en la cultura y en la identidad, en vuestra tradición y personalidad.
Durante unos días, y alrededor de la castaña, instalaréis un mercado verde y artesano, con productos de temporada; organizaréis rutas de la tapa, quedadas cicloturistas, rutas senderistas, talleres de cocina, exposiciones de caballos y enganches, demostraciones de herrajes, concursos de postres y dulces de castaña, cursos de transformación y elaboración de este fruto, cursos sobre el manejo del castañar. Bajo la tutela del ayuntamiento y con la colaboración de la Diputación de Badajoz y numerosas empresas y asociaciones, entre ellas el Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, durante unos días vais a insistir en vuestra identidad, vais a hablar de una de vuestras señas de identidad. Y eso es lo primordial.
Así lo han entendido también otros muchos pueblos peninsulares, que por estas fechas celebran festividades similares alrededor de la castaña. Como Marvao, en Portugal, que algún año ha tenido representación en vuestra feria y que anualmente celebra la Festa do Castanheiro. Como Alcaucín, en Málaga, y su Día de la Castaña. O los también malagueños Pujerra y Genalguacil. Como la Festa da Castaña en Breixa, Silleda, Galicia. El magosto de los pueblos del norte. O, en Extremadura, y con un carácter más genérico, el Otoño Mágico, una programación de actividades en el cacereño Valle del Ambroz que se acerca ya a las veinte ediciones.

Y es que la castaña no es un fruto cualquiera; es un fruto con personalidad, propicio para forjar identidades. Haré de historiador. Aunque se dice que lo introdujeron los romanos en la Península Ibérica, ya los celtas lo tenían por un fruto totémico, y el castaño era uno de sus árboles sagrados.
Los celtas. Resulta significativo si tenemos en cuenta que Cabeza la Vaca, como el resto de estas tierras del sur de Extremadura, desde Zafra hasta aquí, y desde aquí a la desembocadura del río Sado en Portugal, atesora una peculiaridad histórica: la de ser –en el siglo II antes de Cristo- tierra celta, a diferencia del origen étnico distinto del resto de la provincia: los túrdulos de Azuaga o los lusitanos de Mérida. Esto era la Beturia Céltica, ese círculo cultural prerromano ubicado en la cuenca del río Ardila y que tiene manifestaciones en Capote, en la Sierra de la Martela, en los Castillejos de Fuente de Cantos, en Belén de Zafra… Prácticamente toda la comarca actual de Tentudía fue Beturia Céltica. Y en lo más alto de este territorio céltico es significativo que aún perviva el árbol sagrado de los celtas, el castaño.
Es, por tanto, un vestigio histórico. Pero también simbólico. La castaña introduce el otoño. Es el otoño. Si el verano es el sol, la primavera las flores y el invierno la nieve, el otoño es la castaña. El otoño siempre ha estado vinculado a la noción de muerte, a la caída de la hoja, a ese acabarse cíclico de la naturaleza. Y en ese escenario de expiración, de fallecimiento, la castaña ejerce como representación de la vitalidad. No es casual la vinculación de la castaña a la festividad de los muertos, de los difuntos (que tampoco es casual que se celebre al comienzo del otoño). La chaquetía, que decimos en mi pueblo. Es una unión por contraste. Esos once días que van de Tosantos a San Martín, del 1 al 11 de noviembre, son los de la celebración del magosto, la gran hoguera, el gran fuego alrededor del cual se asaban las castañas y se adoraba la fecundidad de la tierra. Por cada castaña que estallaba en el fuego un alma del purgatorio que se libraba, decía la tradición.

Sí, es evidente que la castaña no es un fruto cualquiera. Alrededor de la castaña hay refranes, tradiciones, costumbres y hasta personajes. Como la famosa María Castaña, una castañeira gallega que vivió a finales del siglo XIV, se rebeló contra el obispo de Lugo y ha pasado al lenguaje popular como representación de tiempos lejanísimos: los tiempos de Maricastaña.
Tras la castaña hay tradición, historia, simbología y literatura. Son muy numerosos los dichos y refranes relacionados, lo cual indica la importancia que siempre ha tenido en nuestras vidas.
Sacar las castañas del fuego.
Se parecen como un huevo a una castaña.
Valer menos que una castaña.
Cada cosa a su tiempo y la castaña en Adviento.
Castañas en Navidad, saben bien y pártense mal
Por San Eugenio, castañas al fuego
Por San Martín se hace el magosto, con castañas asadas y vino o mosto

El árbol del pan, llamó Jenofonte al castaño. Y en esa definición está la explicación de su importancia. Aunque hoy la castaña esté más en el ámbito de la gourmetería, antiguamente fue un alimento esencial. De ahí su importancia y su omnipresencia en nuestras tradiciones. Las que recuerda Pablo Neruda en uno de sus poemas, la “Oda a una castaña en el suelo”:
Del follaje erizado
caíste
completa,
de manera pulida,
de lúcida caoba,
lista
como un violín que acaba
de nacer en la altura
y cae
ofreciendo sus dones encerrados,
su escondida dulzura,
terminada en secreto
entre pájaros y hojas,
escuela de la forma,
linaje de la leña y de la harina,
instrumento ovalado
que guarda en su estructura
delicia intacta y rosa comestible.

(…)

Celebráis la décima edición de la Feria de la Castaña de Cabeza la Vaca. Que sepáis que con ella impulsáis, año a año, una iniciativa de desarrollo del territorio, económica y turística, pero también lleváis a cabo un ejercicio de singularidad, histórico y simbólico, de reencuentro con vosotros mismos, con vosotras mismas, al acercaros –como los antiguos celtas− al tronco del castaño a  recoger el fruto que durante tanto tiempo fue el único pan. Que lo disfrutéis.
Muchas gracias.


jueves, 25 de junio de 2015

Las memorias de Vicente Herrera, singular autodidacto

Decía José Ortega y Gasset que los españoles no escribimos autobiografías porque concebimos la vida como un permanente dolor de muelas, frente a otros europeos que sí sienten placer por lo pasado.  El filósofo fue uno más de los que constató la escasez de este género literario en España, aunque las razones aducidas para esta supuesta aversión del español hacia lo autobiográfico no siempre fueran las mismas. Además del rechazo al pasado o a la propia escritura (el padre Feijoo decía que el español tomaba antes la espada que la pluma), hay quien afirma que somos flacos de memoria o pudorosos para sincerarnos. Razones demasiado raciales para tener fundamento.
El caso es que, si alguna vez ha sido cierta esa sospecha, hoy no es más que un tópico. A partir de la muerte de Franco, fue notable el incremento bibliográfico de la llamada “literatura del yo”: autobiografías, memorias, diarios, epistolarios... Junto al innegable crecimiento cultural experimentado por el país, el motivo de este renacimiento es que el género confesional exige libertad y no es cuestión de airear a los cuatro vientos nuestros pensamientos si hay riesgo de ir a la cárcel por ellos.
Además, el pasado español del siglo XX tiene en su mitad uno de esos “hachazos históricos” que condiciona la existencia de todo un país. La Guerra Civil convirtió de golpe en dramáticamente singulares las vidas de muchas personas anónimas. Y no fue hasta después de la muerte del dictador cuando pudieron publicarse los relatos de vida generados por ese acontecimiento. Si a esto unimos que el devenir español de estos últimos cuarenta años también ha generado otras excepcionalidades históricas alrededor de la propia transición política y de la recuperación de las libertades y de las nuevas instituciones democráticas, ya tenemos sobre el escenario algunas de las circunstancias que explican el buen momento que atraviesa en España el género memorístico.
Los escritores y los políticos han sido los principales autores de estos textos, pero el auge de lo autobiográfico no es atribuible sólo a las celebridades. Hay mucha memoria ciudadana, mucho modesto relato de individuos sin notoriedad pública en la última bibliografía memorística española.
En Extremadura, salvando las distancias económicas y sociales, todo debería de ser más o menos parecido al resto de España. O, al menos, eso defiendo siempre. Aunque en esta ocasión me faltan argumentos para sostenerlo. Porque es verdad que en los últimos cuarenta años se ha practicado poco en la región a diferencia de en Españael género autobiográfico. No hay que buscar las razones en la idiosincrasia extremeña y sí en las ya citadas condiciones socioeconómicas. Porque, en literatura, escribir sobre el yo puede entenderse como una cualificación del escribir sobre los otros, y aquel tipo de textos sólo surgen si de éstos hay suficientes muestras.
En definitiva, hay pocos libros autobiográficos escritos en los últimos años por extremeños. Sin pretender ser exhaustivo, entre los escritores están José Antonio Gabriel y Galán, que escribió  Diario 1980-1993; el poeta Santos Domínguez Ramos, que tituló Memorial de un testigo sus notas autobiográficas editadas en 2002; el cacereño asturiano José Luis García Martín, que nos ofrece desde hace años sus diarios bajo distintos títulos, los últimos de los cuales han sido Para entregar en mano y Línea roja, y Luis Landero, que acaba de publicar su novela autobiográfica El balcón en invierno.
Entre los políticos han hecho incursiones en la escritura autobiográfica, aunque con modalidades distintas, Manuel Veiga López (Confidencias y semblanzas, 1994), Alberto Oliart (Contra el olvido, 1998), Alfonso González Bermejo (Los primeros momentos, 2004), Enrique Sánchez de León (Extremadura, de todos, 2004) o Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Rompiendo cristales, 2008).
Pero ya decía que las memorias no son sólo de celebridades. También hay personas anónimas o de menor relevancia pública que nos han ofrecidos sus recuerdos, la mayoría de ellos sobre la guerra y la posguerra. Algunos de los textos de este tipo son: Recordando mi memoria, del barcarroteño Manuel Lobato Benavides; Hacia otros horizontes, de Luis Vasco Durán, de Monesterio; Memorias de un comunista, de Elías Zafra Viola, o Así fue pasando el tiempo, de la miliciana extremeña María de la Luz Mejías Correa.
El libro que el lector tiene entre sus manos, Memorias. Semblanza de una época, de Vicente Herrera Silva, se inserta, pues, en esa edad de oro de la autobiografía que vivimos en España desde hace cuatro décadas. Y lo hace compartiendo rasgos de los tres tipos de autores de textos autobiográficos mencionados. Porque Vicente Herrera es un hombre político, y por tanto su libro debería incluirse en el grupo de las memorias de políticos. Pero él nació en 1936, en pleno “hachazo” de la guerra, en una familia socialista en la que el padre estuvo ocho años en la cárcel y la madre, tres. La importancia que cobra en su libro el contexto hace que se convierta también en una de esas memorias ciudadanas de testigos de la guerra y la posguerra. Y, finalmente, aunque Vicente no se dedica a la literatura ni es un escritor profesional, éste no es el primer libro que firma y como podrá comprobar el lectorescribe magníficamente. Por eso esta obra no está muy lejos de ser considerada una de esas autobiografías de ilustrados que también mencioné anteriormente.
Memorias de un político, recuerdos de un niño de la guerra y la posguerra, y autobiografía de un autodidacto. Esa es la triple identidad de este libro, acorde a las tres facetas de la personalidad de su autor.
Natural de Alconchel, donde nació el 3 de diciembre de 1936, Vicente Herrera ha sido alcalde de su pueblo natal, democráticamente elegido, durante veinte años, desde 1979 hasta 1999. A partir de 1983 compaginó la alcaldía, durante un cuatrienio, con el puesto de diputado provincial. En 1987 dejó la Diputación de Badajoz y pasó como diputado regional a la Asamblea de Extremadura, donde se mantuvo durante tres legislaturas, en todas ellas como miembro de la Diputación Permanente y portavoz del grupo parlamentario socialista.  Tras dejar la Asamblea y la alcaldía en 1999, siguió siendo concejal de Alconchel y fue elegido de nuevo diputado provincial, ejerciendo la vicepresidencia segunda de la Diputación y la portavocía del grupo socialista hasta el año 2003. En septiembre de 2001 había sido nombrado miembro del Consejo de Dirección de El Socialista, el órgano de prensa del PSOE, tras asumir la secretaría general del partido Jose Luis Rodríguez Zapatero y la dirección de la revista Ludolfo Paramio. Estuvo vinculado a esta publicación durante seis años, hasta 2007. Su último cargo político fue la presidencia del Consejo Asesor de Radio y Televisión Española en Extremadura, que ejerció de 2004 hasta 2011.
Pero además de su vertiente política, Vicente Herrera tiene una faceta profesional (es técnico en electrónica y mantuvo abierto durante muchos años su taller en Alconchel) y otra vital o personal. Esta última es la determinante y de la que nos ofrece en sus memorias unos pasajes más relevantes, tanto sobre su infancia y juventud como sobre su personalidad adulta. Vicente Herrera pasó sus primeros tres años en la cárcel, donde habían detenido a su madre. Primero estuvo ocho meses en la cárcel de Olivenza y después más de dos años en la de Badajoz.
A la sombra del palacio de Godoy,
en la cárcel provincial de Badajoz,
prisionera de la guerra me encontraba
sin justicia, sin consuelo y sin amor.
Esa es la letra adaptada de un pasodoble famoso que su madre recordaba. Hay mucha emoción en las primeras páginas de este libro, donde el autor nos relata la vida en la cárcel de su madre, Carlota Silva Galán, y sus sacrificios por sacar adelante una familia en la que faltaba el padre, Vicente Herrera Díaz, encarcelado por sus ideas políticas. Para todo ser humano son importantes sus padres, pero cobran un sentido especial en la peculiar peripecia vital de Vicente: un niño cuyos primeros años los vive en la cárcel junto a su madre, y cuya infancia, ya en libertad, transcurre con la ausencia del padre, también encarcelado. No es extraño que dos de los capítulos principales de este libro se titulen así: “Mi madre” y “Mi padre”.
La vida en Alconchel de una familia de represaliados políticos no fue fácil. Gracias a la memoria y a la pluma de Vicente Herrera conocemos cómo, a pesar de las sombras, fueron saliendo para adelante y cómo vivió también los gozos de la infancia: los juegos de la edad, las travesuras, los primeros hallazgos y el descubrimiento de un entorno rural con sus personajes y sus lugares, sus ritos y sus aventuras.
El autor extrae de la experiencia de la infancia su paso por la escuela y configura un capítulo aparte con los recuerdos escolares. Lo hace en consonancia con el papel que la escuela tuvo en la forja de su carácter. La figura de don Guillermo, el maestro, le marcó de por vida:
…la extraordinaria influencia que supuso su paso por mi vida, porque aparte de lo que me enseñara que fue mucho para la obligación que tenía lo verdaderamente importante es que me enseñó a aprender. Despertó en mí la curiosidad por averiguar el porqué de las cosas, a darle la vuelta y a buscar contradicciones, algo que después me he dado cuenta de que es muy útil para el desarrollo cognitivo y que, dicho sea de paso, algún desasosiego ha causado a quienes han tenido que bregar conmigo.
Si don Guillermo le hizo interesarse por la cultura y el conocimiento, la afición a los útiles y a las herramientas le surgió gracias a las visitas a la fragua-carpintería de Feliciano, otro maestro, pero carpintero. Esos dos maestros le proporcionaron el gusto por el trabajo intelectual y por el trabajo manual que, si para muchos son contrarios, para Vicente Herrera son complementarios y siempre han ido parejos a lo largo de su vida. 
Uno de los pasajes más intensos de este libro está a caballo entre el capítulo dedicado a la escuela y el que trata sobre la adolescencia y juventud del protagonista. En él nos narra el drama personal que a un joven de once años le supuso no poder continuar los estudios debido a la situación económica de su familia. Cursar el bachillerato se había convertido en una obsesión, pero finalmente no pudo hacerlo. Sobre esa frustración, superándola, edificó Vicente Herrera su proyecto de vida. La falta de formación académica la suplió sobradamente con una formación autodidacta basada en la lectura, en la escritura, y en la conciencia y la reflexión sobre su entorno. Y este autodidactismo ha pasado a ser, por encima de cualquier otro, el rasgo principal de su carácter. Así lo entendió su compañero de escaño Desiderio Guerra Corrales cuando en 1997 hubo de elegir un detalle de la personalidad de Vicente como motivo del retrato parlamentario rimado que le dedicó en Pido la palabra:
Portavoz Vicente Herrera,
singular autodidacto,
a la oposición altera
cuando les menciona “el pacto”.

A pesar del notable currículum político de Vicente Herrera, es significativo que el papel que ocupa en este libro la experiencia vivida en ese campo sea menor que la de su otra vida. Apenas tres capítulos se dedican a esos treinta y dos años que transcurren desde 1979 hasta 2011, ni siquiera un quinto de las páginas de este volumen, mientras que al relato de su vida hasta 1979 sus cuarenta y tres años primeros dedica cuatro quintas partes.
Vicente Herrera es un hombre culto y eso se nota en cada una de las páginas de este libro. Y un hombre inquieto, apasionado. La mezcla de esos dos rasgos se muestra en algunas de las ocurrencias de su vida, como cuando leyó un diccionario de la A a la Z, el Aristos, de la editorial Sopena, o cuando su afición al cine le convirtió en socio empresarial del cine local. Ni todos los aficionados al cine acaban de empresarios del sector, ni todos los amantes de la lectura se leen un diccionario entero. Ambas son evidencias de que la cultura de Vicente Herrera es la de un hombre de acción. Cultura en movimiento, apasionada, comprometida… que configuran una personalidad casi proteica que le hacen participar en una tuna (la Tuna Miraflores de Alconchel), “fabricar” un modelo propio de televisor (el VIHESI), ejercer la alcaldía de su pueblo durante veinte años, ser uno de los pioneros en Extremadura de la exhumación de restos de represaliados de la guerra civil (el 24 de septiembre de 1981 aprobó el Ayuntamiento de Alconchel una propuesta suya en ese sentido) o coordinar en 2010 una publicación sobre su paisano Francisco Vera, huellas de su vida y su obra. Todo en uno.
Por eso, quizás, Vicente Herrera también ha escrito en este libro muchos libros en uno, y todos ellos escritos con solvencia, con emoción y rigor, y con rasgos de humor que añaden atractivo a su lectura. Memorias. Semblanza de una época es, en parte, un libro de historia, porque en algunos de sus capítulos relata los hechos de un tiempo, la posguerra, desde la perspectiva de una familia de represaliados políticos. También es un relato antropológico porque habla de un espacio, el medio rural, y de la vida de sus gentes. Es, por otro lado, una autobiografía en sentido estricto cuando nos cuenta los avatares de un joven empeñado en superar su situación socioeconómica mediante la liberación de la cultura y la educación. Y, finalmente, son las memorias de un político que nos permiten disponer de una fuente primaria sobre el papel de los primeros ayuntamientos democráticos y la creación de la autonomía extremeña.
En definitiva, Memorias. Semblanza de una época es una crónica de la posguerra, una semblanza de lo rural, una historia de vida y las memorias políticas de un singular autodidacto.
[Prólogo de Memorias. Semblanza de una época, de Vicente Herrera Silva]


sábado, 7 de febrero de 2015

Los supervivientes de la lengua... de Morán

Se lo acabo de decir a mi hermano Miguel Ángel: leo con fruición El cura y los mandarines de Gregorio Morán. El polémico ensayo de este periodista cercano a historiador me atrapa. Debo reconocer que las barbaridades que dice de unos y de otros escritores (de 1962 para acá) son, por excesivas y generalizadas, sospechosas, pero me cautiva la cultura de este hombre, al que conozco de algunos de sus libros anteriores, como el soberbio Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, y por sus artículos, las "Sabatinas intempestivas" en La Vanguardia.

El cura y los mandarines tiene errores importantes. Como confundir a dos hombres de Ínsula, esa revista verde entre el erial: José Luis Cano y Enrique Canito, este último catedrático de francés del instituto republicano de Zafra (en la página 211 atribuye a Cano el sobrenombre de "Canito", mezclando en una única persona dos personalidades). Pero, a pesar de este y otros fallos, la lectura del libro merece la pena.

Es tal el número de sus damnificados que, en ese campo de batalla lleno de muertos y heridos por sus invectivas, me sorprendió mucho, como indemne elogiadísimo, Ángel Álvarez de Miranda. El casi desconocido historiador y escritor español de la mitad de siglo, padre de un reputado académico de la Lengua actual, es de los pocos que no es criticado en un libro del que debo escribir una nota de la que ya tengo el título: "Los supervivientes de la lengua... de Morán", o algo así. Y la encabezaré (por aquello de la A y del orden de aparición en la obra) con AAM.

miércoles, 7 de enero de 2015

ÁLBUM DE IMÁGENES DE LA ESPAÑA DECIMONÓNICA

Uno de los libros de viajes fundamentales sobre la España del siglo XIX es el Manual para viajeros por España y lectores en casa de Richard Ford, escrito a partir del viaje que este adinerado inglés hizo con su familia en 1830-1833. Se sabía que Ford había hecho algunos dibujos a su paso por las ciudades, pero sólo se habían publicado los de Granada y Sevilla en ediciones de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. También ha habido alguna exposición parcial, desde la de Londres de 1974, pero nunca hasta ahora se había dado a conocer en España una selección significativa de los quinientos dibujos y acuarelas que hizo sobre ciudades y pueblos españoles y que son propiedad de la familia Ford. 

De ahí la importancia de la exposición RICHARD FORD. VIAJES POR ESPAÑA (1830-1833) que, con más de doscientos dibujos y acuarelas, ofrece la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en colaboración con la Fundación MAPFRE, y que está abierta en la sede madrileña de la calle de Alcalá de la academia desde el 25 de noviembre pasado hasta el próximo 1 de febrero. La exposición está acompañada de un magnífico catálogo con la reproducción de las imágenes expuestas.

Los dibujos de Richard Ford son, como dice el comisario de la exposición, Francisco Javier Rodríguez Barberán, el registro de un mundo desaparecido. Unos años antes de la invención de la fotografía, Ford nos ofrece un catálogo de la apariencia urbana de la España decimonónica, un interesantísimo álbum prefotográfico de España. 

Como ejemplo del interés de esta exposición he elegido un dibujo, hasta ahora inédito, de Zafra, hecho por Richard Ford el 17 de mayo de 1832. 




miércoles, 24 de diciembre de 2014

El río José Luis y el río Olga

Leo Sala de espera, el libro último y póstumo de José Luis Sampedro. Me lo regala mi amigo Benito Morales. Son dos series de textos editados por su mujer, Olga Lucas, y publicados por Plaza y Janés en abril de este año, coincidiendo con el primer aniversario de la muerte del economista y escritor.

La primera serie es autobiográfica. Los textos reiteran e ilustran una metáfora muy querida por Sampedro, la manriqueña de la vida como río. Nos relatan la infancia del río José Luis en Tánger y en Cihuela (Soria), hasta los 13 años. La  segunda serie es más ideológica y reflexiva, con su visión de la vida, de la especie humana y de la sociedad. Cierra el libro una reproducción facsimilar de los manuscritos en los que trabajó el humanista durante los meses finales.

Sampedro escribía muy bien, aunque estos textos adolecen de una revisión que la editora ha preferido no hacer y que hubiera evitado alguna falta de concordancia y otros solecismos. Pero sentía y pensaba mejor aún que escribía. Y esas virtudes se aprecian en estos textos, los últimos que escribió antes de su muerte, que, según él mismo, se portó muy bien porque le dejó pensar.

De todas formas, sin desmerecer a José Luis Sampedro, lo más sorprendente de este breve volumen es la parte que escribe Olga Lucas, el río Olga, en la que cuenta también sus primeros trece años. Los de la hija de un español exiliado y una francesa, que nace y vive en Toulouse al final de la II Guerra Mundial hasta que su padre es deportado. Es conmovedor el relato del viaje de la madre y los hijos al final del otoño de 1955 hasta la ciudad checa de Ustí nad Labem para reencontrarse con el padre. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Congreso de Escritores


domingo, 17 de agosto de 2014

LA CASA DE MI MADRE




LA CASA DE MI MADRE

A mi hermano Miguel Ángel

recorro las estancias de esta casa,
donde mi gente dejó parte de su historia:

en esta habitación murió mi abuelo
una Nochebuena de mil novecientos cincuenta y ocho;
la tía María, prostituta en Sevilla, acabó en esa otra
con un monedero de plata entre las manos.

Aquí, en el suelo, frente a la primera estantería de nuestros libros,
mi padre halló la muerte, al erguirse de la cama, presintiéndola.

Y allí, tras una puerta, una escalera renqueante
sube al cielo de todas las azoteas,
donde se agitan las sábanas o sudarios de tantas generaciones.

Nadie ha nacido en esta casa sólo hecha de óbitos:
es una estación término, una biografía de viejos

donde mi madre musita el capítulo final
como una diosa rota desde su pedestal con ruedas.

La casa de mi madre es como la línea de la muerte de mi mano,
que un día en Madrid me leyera Paco el brujo.

Es el rastro de mi vida, mi camino de vuelta


josemarialama
1/2 de agosto de 2014

sábado, 16 de agosto de 2014

El árbol de la vida

Mira que te mira Dios
Mira que te está mirando

Mira que te has de morir
Mira que no sabes cuando





Alegoría El Árbol de la Vida
1653

Ignacio de Ríes
(Flandes, 1612-Sevilla, 1661)

Capilla de la Concepción
Catedral de Segovia






jueves, 14 de agosto de 2014

Impresiones de un viaje castellano


Del 4 al 14 de agosto de 2014 recorrimos una de las muchas rutas que se pueden hacer por Castilla para ver arte. Tras el viaje, hay impresiones: los lugares visitados, los principales monumentos, las más notables piezas artísticas, las comidas y bebidas reseñables, las palabras sorprendentes, el trato con los amigos y las amigas… 

Ahí va parte de la relación, sin literatura, con la que nos entretuvimos Mercedes, Eva y yo durante el camino de vuelta.

LOS LUGARES:
Salamanca, Tordesillas (Real Monasterio de Santa Clara), Urueña (Iglesia de la Anunciada, Centro de Interpretación e-LEA Miguel Delibes), San Cebrián de Mazote (Iglesia de San Cebrián), Torrelobatón (Castillo), Wamba (Iglesia de Santa María; estatua de Wamba), Villalba de los Alcores (ruinas del Monasterio de Santa María de Matallana), Ampudia (Castillo), Herrera de Pisuerga (Canal de Castilla), Frómista (Iglesia de San Martín y esclusas del Canal de Castilla), Carrión de los Condes (Iglesia-museo de Santiago con Pantocrátor, Iglesia de Santa María del Camino, río Carrión), Villalcázar de Sirga (Iglesia de Santa María La Blanca), Paredes de Nava (Iglesia de Santa Eulalia, estatua de Jorge Manrique), Palencia (Iglesia de San Miguel, Iglesia de San Francisco, Catedral, biblioteca de la Diputación Provincial), Burgos (Cartuja de Miraflores, Arco de Santa María, Museo de Burgos, Catedral, Iglesia de San Nicolás de Bari, Iglesia de San Esteban-Museo de los retablos, Casa del Cordón), Hontoria de la Cantera (cantera), Quintanilla de las Viñas (huellas de dinosaurios, Ermita), San Pedro de Arlanza (ruinas del Monasterio), Covarrubias (Ermita de San Olaf, Colegiata), Lerma (Palacio de los Duques de Lerma), Santo Domingo de Silos (Monasterio), Aranda de Duero (Exposición “Las Edades del Hombre” en la Iglesia de Santa María La Real y en la Iglesia de San Juan, Casa de las Bolas), Calatañazor, Soria (Monasterio de San Juan de Duero, Ermita de San Saturio, Iglesia de Santo Domingo, estatua de Machado de Pablo Serrano, Iglesia de San Juan de Rabanera, ruinas de la Iglesia de San Nicolás, aula de Antonio Machado en el Instituto de Bachillerato, Alameda de Cervantes), Aza (puesta de sol), Castillejo de Robledo (Iglesia), Maderuelo (Ermita de la Vera Cruz), Ayllón (Iglesia de San Miguel), Las Hoces del Duratón (Iglesia de San Frutos), Turégano (Iglesia), Segovia (Iglesia de la Vera Cruz, Iglesia de Santa María La Real, Acueducto, Iglesia de San Justo, Iglesia de San Clemente, Iglesia de San Millán, Iglesia de San Martín, Alcázar, Iglesia de San Esteban, Casa museo de Antonio Machado, Catedral, Sinagoga).

LOS MONUMENTOS (top 10 ):
1.     El claustro y La duda, del monasterio de Santo Domingo de Silos, románico (BU).
2.     Ermita de Quintanilla de las Viñas, visigodo, siglo VII (Quintanilla de las Viñas, BU).
3.     Retablo mayor y sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, de Gil de Siloé de la Cartuja de Miraflores, gótico florido, siglo XV (Burgos).
4.     Iglesia de San Martín, románico, siglo XI (Frómista, PA).
5.     Cripta de San Antolín de la catedral de Palencia, siglos VII y XI, mozárabe y románico (Palencia).
6.     Los cuatro príncipes y Fernando III ofreciendo el anillo a su esposa Beatriz de Suabia en el claustro de la catedral de Burgos, románico, siglo XIII (BU).
7.     Portada de la iglesia de Santo Domingo, románico, siglo XII (Soria).
8.     Pinturas murales de la iglesia de San Justo, románico, (Segovia).
9.     Impronta y reproducciones de las pinturas románicas de la ermita de la Vera Cruz (Maderuelo, SG).
10.   Esclusas del Canal de Castilla, siglo XVIII y XIX (Frómista, PA).


OTROS MONUMENTOS Y PIEZAS ARTÍSTICAS:
Casa Museo de Antonio Machado (Segovia); Capilla del Condestable de la catedral de Burgos, estilo gótico-florido, siglo XVI (BU); Fachada mudéjar del palacio del monasterio de Santa Clara, siglo XIV (Tordesillas, VA); Iglesia de la Anunciada, única muestra de románico lombardo fuera del antiguo reino de Aragón, siglo XII (Urueña, VA); Iglesia de San Cebrián, estilo mozárabe, siglo X (San Cebrián de Mazote, VA); Pantocrátor de la iglesia de Santiago, estilo románico, siglo XII (Carrión de los Condes, PA); Sepulcros góticos policromados del infante don Felipe, hijo de Fernando III el Santo, y de Leonor Ruiz de Castro, en la iglesia de Santa María la Blanca, siglo XIII (Villalcázar de Sirga, PA); Tablas de Berruguete del retrato mayor de la iglesia de Santa Eulalia, siglo XV (Paredes de Nava, PA); Escalera dorada de la catedral de Burgos, siglo XVI (BU); Portada de la iglesia de Santa María La Real, estilo Reyes Católicos, siglo XV (Aranda de Duero, BU); Claustro y ábside del monasterio de San Juan de Duero, estilo románico, siglo XII (Soria); Estatua de Antonio Machado de Pablo Serrano, siglo XX (Soria); Dragón de la iglesia de Castillejo de Robledo (Soria); Las hoces del Duratón; Santiago el Menor en el ábside la iglesia parroquial, estilo románico (Turégano, SG); Iglesia templaria de la Vera Cruz, estilo románico, siglo XIII (Segovia); Acueducto, estilo romano (Segovia); Torre de la Iglesia de San Esteban (Segovia).

Y LAS PERSONAS:
Enrique Santos Unamuno y Yole Ogando (Salamanca); Esther Zayas Arenales y Javier García Rojas (Burgos); Pilar Herranz y Andrés Martín (Soria); Manolo M. Belmonte y Mercedes Gómez del Barco, Vicente Tormo, Carmen García Rubio y Marta Cilleruelo, Libertad de la Cruz y José Luis de la Cruz, Nuria Arenales, Marco Zayas y José Manuel Zayas, Raquel de la Cruz y Edu Abajo, Yolanda de la Cruz y Antonio Anubla, Blanca Mesonero y Ana Abajo (Aranda de Duero). Y Mercedes Santos Unamuno, Eva Arenales y José María Lama.


La imagen es del relieve conocido como “La duda de Santo Tomás” en el claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos

viernes, 16 de mayo de 2014

Guerra y solidaridad en la frontera



Ayer fue presentado en Badajoz el libro Frontera y Guerra Civil Española. Dominación, resistencia y usos de la memoria, de la antropóloga portuguesa Dulce Simões. Aunque inicialmente estaba previsto que fuera Francisco Espinosa el presentador, al final me correspondió a mí esa función. He aquí el texto de la presentación que le hice: 

“Frontera” y “guerra” son, desgraciadamente, dos conceptos históricos básicos. Buena parte de la historia humana gira alrededor de las fronteras y las guerras. Porque buena parte de la historia trata de las naciones. Y estos son dos vocablos relacionados con las naciones. La frontera delimita el que, dicen, es principal valor de una nación: el territorio. Subraya y separa geográficamente la identidad propia de la ajena. Y la guerra es la reacción del poder cuando alguien amenaza ―sea desde el exterior o desde el interior― ese límite de cordilleras o ríos, de bosques o llanuras; esa verja imaginaria que guarda las riquezas, los campos sometidos, la mano de obra que atiende las haciendas.
La insistencia en las señas de identidad propias siempre acentúa las ajenas. La nación, esa que genera las fronteras y las guerras, es, así, un fenómeno político contradictorio. El nacionalista, que suele ser un luchador por la diferencia frente a los otros, es también un opresor que no permite más realidad interna dentro de su territorio que la extrema identidad.
Las luchas nacionalistas son siempre luchas entre nacionalistas; entre nacionalistas aparentemente simpáticos y nacionalistas aparentemente odiosos. El resto de los mortales asistimos a ellas sorprendidos de que se peguen los iguales. El romanticismo que nuestro mundo atribuye a los fenómenos nacionalistas obedece a la impresión que en la conciencia colectiva han dejado los acontecimientos protagonizados por la burguesía en los últimos siglos: pueblos en lucha frente a poderes ajenos; rebeliones de identidad frente a infames imperios; política de sangre y suelo; heroicidades por una bandera, por una lengua, por una patria…
“Frontera” y “guerra”, esos términos tan propios de cualquier nación, son también las dos primeras palabras del título del libro que hoy presentamos: Frontera y Guerra civil Española. Dominación, resistencia y usos de la memoria, editado por la Diputación de Badajoz. Pero, paradójicamente, este libro, que comienza con esas dos palabras y que habla de una frontera y de una guerra no trata, luego lo veremos, de naciones.
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Su autora es María Dulce Antunes Simões, nacida en la freguesía de Feijó, concelho de Almada. Doctora en Antropología, es autora del libro Barrancos na encruzilhada da Guerra Civil de Espanha. Memórias e Testemunhos, publicado en portugués por la Cámara Municipal de Barrancos en 2007 y en castellano por la Editora Regional de Extremadura en 2009. Acompañaban a Dulce en esa obra Francisco Espinosa, con un texto sobre Barrancos y el teniente Seixas, y las memorias de Gentil de Valadares, hijo del teniente.
Y es que Dulce, a pesar de haber nacido frente a Lisboa, al otro lado del Estuario del Tajo, ha centrado su interés como investigadora en la frontera, y más concretamente en la frontera alentejana. Su formación es de antropóloga de los movimientos sociales. Cursó su licenciatura en 2002 en el Instituto Universitario de Lisboa, ha sido becaria de la Fundación para la Ciencia y la Tecnología, ha realizado una estancia de formación e investigación en la Universidad “Pablo Olavide” de Sevilla, ha tenido relaciones profesionales con la Universidad Complutense de Madrid y, también en España, ha participado en encuentros académicos muy relevantes para su trabajo, como su asistencia, en 2004, a las jornadas sobre “Guerra civil: Documentos y memorias” de la Universidad de Salamanca. Además del libro citado, ha escrito varios artículos sobre la identidad y las relaciones sociales en la frontera.  
Además, ha participado como asesora en el documental “Los refugiados de Barrancos” de Producciones Morrimer, que a finales del año 2008 contribuyó a divulgar entre la población extremeña los sucesos de Barrancos durante la Guerra Civil Española y, a la larga, fue determinante para la concesión de la Medalla de Extremadura en 2009 a esa población fronteriza.
Conozco a Dulce desde la presentación de la edición portuguesa de su primer libro en Barrancos, el 13 de octubre de 2007. Desde entonces hemos coincidido en varias ocasiones. Tanto en Zafra, en 2009 (cuando se presentó la edición española de su obra o cuando celebramos con los miembros de Morrimer la edición del documental, en el que ambos habíamos colaborado) como de nuevo en Barrancos, en 2010, con motivo de la invitación que recibí para dar una charla en unas jornadas sobre la guerra de España. Menciono estos detalles de nuestra relación porque quien la propició, gracias a su “extensa red de contactos”, como la misma Dulce subraya en la “Introducción” de este libro, fue el historiador extremeño Francisco Espinosa, nuestro común amigo Paco,  que es quien debería estar aquí hoy presentando este libro, y a quien ―debido a una indisposición temporal― sustituyo por petición expresa tanto de él como de José Manuel Corbacho, coorganizador del acto, y de Dulce.
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La trayectoria intelectual y humana de Dulce Simões la han convertido en la que, por antonomasia, podríamos llamar la antropóloga de la frontera, una científica social centrada en el análisis, desde una acusada perspectiva sociocomunitaria, de los fenómenos de identidad, resistencia e hibridación cultural que se dan en la raya luso-española y específicamente en la que comparte Portugal con el sur de Extremadura y el norte de Andalucía.
Y la antropóloga de la frontera nos presenta hoy el que quizás sea su libro clave, en el que desembocan todos sus estudios anteriores, el resultado de su tesis doctoral en antropología, leída en diciembre de 2011 en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Nova de Lisboa.
Dulce organiza el libro en seis capítulos, aunque internamente haya una cierta lógica dicotómica, dual, en la estructura de la obra. Los cuatro primeros son contextuales (dedicados al escenario y a los personajes) y los dos últimos conclusivos (centrados en la trama). Los cuatro epígrafes en los que la autora expone el escenario y los personajes que intervienen en la trama se dedican, en este orden, a la guerra (como escenario temporal), a la frontera (como escenario espacial), a los barranqueños (como personajes locales) y a los funcionarios del Estado Novo (como personajes estatales). Aunque ahora veremos cómo esta primera atribución, que atiende más al título dado a los epígrafes, cambia sustancialmente en algunos casos en el momento en que nos introducimos en cada uno de los textos.
Así, el capítulo primero, cuyo título remite a la guerra, no pretende relatar ni siquiera resumir un acontecimiento archiconocido y que en sus pormenores relacionados con la zona objeto de estudio será abordado más adelante, sino hacer una especie de introducción disciplinar, a veces metodológica, en ocasiones bibliográfica, y casi siempre ensayística, sobre el diálogo entre historia y antropología, la memoria colectiva, los movimientos sociales por la memoria, y los procedimientos de investigación aplicados en el texto. Son páginas escritas por una antropóloga que trabaja en parte con material histórico y que comparte con el lector las reflexiones que le suscita esa tarea.
Si el primer capítulo se anuncia diacrónico y deviene en sincrónico, en conceptual, el segundo capítulo, cuyo título ―al aludir a la frontera como escenario territorial del trabajo― aventura una descripción, acaba convirtiéndose en un relato. Se describe la frontera a partir, sobre todo, de su historia. Es aquí donde se nos presenta el municipio de Barrancos en la encrucijada de tres fronteras espaciales (nacional, provincial y regional), pero sobre todo en la encrucijada temporal de una frontera con múltiples pertenencias en el pasado. La singularidad de Barrancos, se nos dice, se construye a partir del habla, del dialecto barranqueño, de las peculiaridades rituales de su forma de entender la fiesta de los toros y de la cercanía del castillo de Noudar, pero también a partir de una historia original, distinta.
De los escenarios pasa Dulce Simões a los personajes. En el capítulo tercero se escribe acerca de la sociedad, del personaje local o cercano, y en el cuarto, del poder, de los representantes de ese lejano personaje estatal o supralocal. El apartado dedicado a la sociedad barranqueña es un notable análisis social en el que conocemos los lugares de socialización de los habitantes de Barrancos y reconocemos no sólo a ricos y pobres, propietarios y desposeídos, sino entre estos últimos a los trabajadores del campo y a los çivinas o trabajadores de la villa.  La autora describe pormenorizadamente los rasgos y las relaciones entre clases y estamentos sociales de la sociedad barranqueña. Como final de estos capítulos contextuales, el epígrafe cuarto, está dedicado a las evidencias del estado en el territorio durante el período objeto de estudio. Tras la descripción de la sociedad local, el apunte sobre los funcionarios del poder. Representantes u operarios con una función económica (como la guardia fiscal, atenta a evitar el contrabando) o con una función política (como la policía política, encargada del control de la disidencia). En ambos casos, funcionarios responsables de la represión, por parte del poder, de las resistencias sociales.
En el capítulo quinto llega Dulce Simões al centro de su relato. Nos describe aquí los detalles de la guerra en la frontera, en este trozo de frontera del Bajo Alentejo, que recibe –como otros puntos de Portugal- centenares de refugiados republicanos españoles que huyen de la represión del ejército sublevado en esas semanas y meses de mediados y finales de 1936. La historia es conocida, gracias en buena parte a la propia Dulce.
Unos mil extremeños del suroeste salieron de España en septiembre de 1936 buscando refugio en Portugal. En Barrancos ―que ya había recibido, aunque en menor número y con huéspedes distintos, algunos refugiados españoles de signo contrario en los meses de predominio del Frente Popular― fueron protegidos por el teniente de carabineros Antonio Augusto de Seixas (comandante de la Guardia Fiscal de Safara) que, tras mantenerlos varias semanas en dos campos de concentración improvisados, logró embarcarlos en Lisboa en el buque Niassa rumbo a Tarragona. Este éxodo de los extremeños hacia Barrancos fue el complemento de otro, el de los ocho mil que por las mismas fechas y escapando de los mismos pueblos del suroeste de la región huyeron en dirección contraria y acabaron diezmados cerca de Fuente del Arco.
La historia es conocida pero nunca hasta ahora se nos había contado con tal grado de detalle y precisión. La autora describe y analiza la sociedad e historia reciente de los pueblos españoles de donde salen, principalmente, los refugiados: uno andaluz, Encinasola, y otro extremeño, Oliva de la Frontera. Además, nos narra la peripecia humana de estos refugiados en los campos donde fueron internados. Y cómo se produce su salida hacia Lisboa y su embarque hacia Tarragona, tras sortear el teniente Seixas las dificultades impuestas por sus propios jefes. Este capítulo quinto es quizás, el más histórico del libro. Aunque sigue siendo la antropóloga quien escribe, la necesidad de relatar los hechos nucleares, la trama, hace que adopte el papel de historiadora aunque con continuas reflexiones y con el apoyo de testimonios orales con que complementar lo que cuentan los documentos oficiales o escritos. La preocupación de Dulce sigue siendo, a pesar del notable carácter histórico de estas páginas, la pervivencia de estos hechos en la memoria de sus protagonistas, la manera en que la sociedad de acogida vive la experiencia de los refugiados y las relaciones entre los vecinos.
El relato de la trama continúa, cronológicamente, en el capítulo siguiente y último, donde se rastrea la vida de los antiguos refugiados en el exilio o en la cárcel, la vuelta a sus poblaciones de origen tras la guerra y los instrumentos de dominación y resistencia que se perciben, analizando tanto la resistencia política de la subversión como la resistencia económica del contrabando.
El texto del libro –que ha traducido Susana Gil Llinás- se cierra con un nutrido apartado de fuentes y referencias bibliográficas, donde destacan las de carácter oral, entrevistas y testimonios de supervivientes y testigos de la historia, cuidadosamente registradas y referenciadas.
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Hay varios libros en este libro clave de Dulce Simões.
Es un libro sobre la guerra, sí, y un libro sobre la frontera. Es un libro sobre la guerra en la frontera, y en ese sentido es un libro de historia, ya que cuenta con esos dos parámetros convencionales, espacio y tiempo, de todo relato histórico, pero aunque utilice los acontecimientos alrededor de Barrancos como armazón de su relato, Dulce Simões está más interesada en la pervivencia de los hechos en el presente, en los hombres y mujeres del presente, que en la investigación de los hechos del pasado, aunque inevitablemente deba partir de ésta para averiguar aquella. Por eso es también, y fundamentalmente, un libro de antropología.
Y por eso, a pesar de ser un libro sobre un acontecimiento es, sobre todo, un libro sobre la memoria, sobre la memoria de ese acontecimiento en quienes lo vivieron y en quienes hoy viven en las localidades involucradas. Es un libro sobre los mecanismos de conservación de la memoria y su muestra en el rastro oral. Sobre esa memoria colectiva y cómo en ella también se dirime la pugna entre el poder y las gentes, sobre esa memoria colectiva y cómo en ella se aprecian los procesos de dominación del poder y las estrategias de resistencia de las gentes.
Según las propias palabras de Dulce:
En el pueblo de Barrancos, como en cualquier otro lugar, memoria y futuro, pasado y futuro son inseparables. En los lugares, como en la vida, el tiempo se abre bajo nuestros pasos y se proyecta en un presente detrás y delante de nosotros, sobre el antes y sobre el devenir. En contextos de aceleración histórica de cambio de experiencias traumáticas o de conflictos, los individuos inician una lucha por la comprensión de los acontecimientos que los empuja a recordar en función de las necesidades presentes, construyendo un sentido sobre un pasado que sea significativo para el futuro.
Este es un libro sobre el poder, sobre los mecanismos de dominación del poder, pero también un libro sobre la periferia, sobre los márgenes geográficos y sociales de una frontera apartada y de sus pobladores. Y, en este sentido, es un libro sobre lo local, sobre las comunidades locales, sobre lo rural y la ruralidad.
Decía al comienzo de mi intervención que el libro de Dulce, que comienza con esas dos palabras tan nacionalistas como “frontera” y “guerra”, no trata, paradójicamente, de naciones. Y es que este es un libro sobre pueblos, en el triple sentido que los diccionarios atribuyen a este vocablo. Un libro sobre el pueblo de la frontera, esto es, sobre el conjunto de los habitantes que habitan en la raya, más allá del país al que pertenezcan. Pero también es un libro sobre el pueblo, es decir, la gente común y humilde de esa zona. Y, finalmente, un libro sobre pueblos, y más concretamente sobre los de Barrancos, Encinasola y Oliva de la Frontera.
Pero aunque no sea un libro de naciones, es un libro sobre identidades. Un libro sobre la identidad más interesante que existe, que es la heterogénea, la identidad de la mixtura, de la mezcla, de la diversidad, de la frontera, de la impureza de las gentes que se mezclan con otras sobre el terreno frente al afán uniformizador de las naciones ideadas por los poderosos.
Y, finalmente, es también un libro sobre la solidaridad como valor de identidad de las comunidades locales. Aunque esa solidaridad sea analizada críticamente por la autora, que no oculta también los conflictos y los aspectos menos amables de ese roce convivencial entre barranqueños y españoles.
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Ese carácter dual de la obra de Dulce, del que hablaba antes y que se aprecia en esta enumeración de los posibles libros que contiene, sólo se trunca en el hecho incontrovertible de que es un libro sin dobleces, único en su calidad. Está hecho con un mimo exquisito, que aúna el detalle en la exposición de los hechos, el cuestionamiento crítico y la profundidad en el análisis, el adecuado auxilio de fuentes escritas y orales y el sustento de una bibliografía exhaustiva. Sorprende que en un libro tan sólido, tan científico, la autora ―y eso redunda en la excelencia de la obra― haya logrado no desaparecer. Porque no es necesario que en una obra científica desaparezca el autor, aunque hubo un tiempo en que se pensó que las ciencias humanas debían trasladar la asepsia de las ciencias físicas para lograr la solvencia. La introducción de frecuentes referencias personales, la mención a experiencias relacionadas con la memoria de los hechos, sentidos de cerca,  dota de carnalidad al análisis y da pistas sobre hasta qué punto para Dulce Simões ―como ocurre con los empeños intelectuales bien vividos―  este libro y la investigación que lo soporta no ha sido, no es, un mero episodio bibliográfico sino una experiencia biográfica gozosa.