miércoles, 16 de mayo de 2012

El descrédito de la política


Dicen los expertos en demoscopia que los políticos se han encaramado a lo alto del escalafón de desapegos de la gente. No es difícil creerlo. Y me preocupa. No es difícil creerlo porque hay varias circunstancias que ayudan a eso. En primer lugar, la dinámica de la lucha partidaria, enfangada en un suicida “y tú más”, que somete a un continuo descrédito al contrario y que no ayuda a enaltecer el oficio. Además, porque la labor de miles de políticos honrados ―dedicados con denuedo a conseguir lo mejor para sus pueblos― queda oscurecida por cuatro sinvergüenzas que son los que aparecen en la televisión, gracias también a un periodismo convencido de que venden más las sombras que las luces. Finalmente, porque los telediarios sólo hablan de políticos y no de ferreteros, de fontaneros o de agentes de Bolsa. Y, aunque estoy convencido de que el grado de corrupción de los representantes populares es inferior al de muchos otros profesionales, sólo suele haber cámaras para ellos.

Y me preocupa este descrédito porque casi todas las dictaduras han surgido del desinterés de la gente por la política. Ese es el caldo de cultivo de demagogos y mesías. El escenario idóneo para que uno alce la voz y, despotricando contra los políticos, logre que los incautos piquen el anzuelo, convirtiéndose en seguidores de ese político que dice no serlo. Una vez instalado en el poder, por las urnas o por las armas, hará lo posible para que la gente siga sin interesarse por lo que ocurre a su alrededor. De eso dependerá su propia supervivencia. Lo dijo el historiador de las civilizaciones Arnold Toynbee: “el mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”. Así ha ocurrido en España y en todo el mundo. Y no sólo en nuestra época, sino siempre a lo largo de la historia.

El caso de Franco es paradigmático. Durante cuarenta años fue un dictador, esto es, un político que no dejó que nadie más que él hiciera política. Y a pesar de eso es conocidísimo el consejo que, sin duda con sorna, le dio a un amigo: “Haga como yo, que no me meto en política”. Es la interesada confusión autoritaria de quien pretende hacernos creer en la maldad intrínseca de la política para que nadie, salvo él, se preocupe por ella. El apoliticismo o, mejor, el “antipoliticismo” de tantos años de dictadura caló en la sociedad española hasta los tuétanos. Todavía a mediados de 1987, cuando ―jovenzuelo de veintitantos años― me estrenaba como concejal del Ayuntamiento de Zafra, tuve que escuchar con estupor cómo el alcalde de entonces me reconvenía en un pleno con el increíble argumento de que allí no estábamos “para hacer política” (¡?).

Aún te encuentras a quien te dice  que es apolítico. Uno puede ser apartidista, de izquierdas, de centro o de derechas, pero no apolítico, salvo que decida aislarse ―como Simón del desierto, el anacoreta de Buñuel― de todo lo que ocurre a su alrededor. Habrá a quien le guste más o menos seguir la vida de las instituciones, la información política, la lucha partidaria y los tejemanejes de los acuerdos y pactos, pero nunca debería despreocuparse de lo que se hace con sus intereses desde esas instituciones.

Los griegos tenían un nombre para designar a quien sólo se interesaba por lo privado y se desentendía de lo público. Le llamaban “idiota”. Ni más ni menos. De hecho, ese es el origen etimológico de la palabra: el que no se interesa por lo que ocurre alrededor. Lo recuerda Fernando Savater: “Idiota: del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás”.

Así, pues, el descrédito de la política en las encuestas no sólo es culpa de los políticos y de los señalados casos de corrupción de los que son protagonistas. Se debe también a la opinión de la gente, de cierta gente. Más allá de esos imposibles “apolíticos”, hay una parte de la sociedad española que siempre va a ser contraria a la política porque esa es su ideología. Bien porque sigue añorando los tiempos en que no hacía falta preocuparse por ella porque había un señor en El Pardo que ya se preocupaba en nombre de todos, o bien porque su acracia le lleva a rechazar cualquier poder establecido.

Al enjuiciar el descrédito de la política hay que tener en cuenta, por tanto, que la ideología de algunos ciudadanos es, precisamente, estar en contra de la política. No pretendo hacer un juego de palabras, pero una parte de la crítica a los políticos es critica a la política, y la crítica a la política siempre es política, siempre tiene una ideología detrás.

No es raro que en algunos casos veamos unido también ese ataque a la política con el ataque a lo público. Quien así se expresa ―más allá de otras valoraciones― lo hace con coherencia, porque es evidente que la política sólo tiene sentido en el espacio público, en la gestión de lo colectivo. Así vemos una modalidad, llamémosle neoliberal, de crítica a la política en la que se impugna de ésta lo que tiene de público, de intromisión en lo que se considera libre desempeño privado. Es paradójico que el liberalismo, que arrancó hace ahora dos siglos como máxima expresión de la política frente a los poderes estamentales del Antiguo Régimen, con el  afán de abrir los espacios de comunicación y participación pública, ahora se enarbole precisamente, para pretender recortar el ámbito de la política.

Finalmente, hay una faceta de la actual crítica a la política que tiene que ver con la crisis y con la sobrevaloración del papel de la economía. “Es la economía, estúpido” fue la frase que acuñó el asesor de campaña de Bill Clinton en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992 para intentar contrarrestar la buena imagen de George Buch padre por su política internacional. Muchos han hecho suya esta frase para enfatizar ―y justificar― la actual dependencia de la economía a que, por la crisis, han quedado reducidas todas las decisiones políticas. La economía parece ser ahora la única que manda. Si siglos atrás fue la Iglesia o la milicia quien regía los destinos de los países, y acabaron sometidas ―más o menos― a la política, ahora sería la economía la soberana. Hasta tal punto que empieza a extenderse la opinión de que la política ―o sea, la democracia― se ha detenido y postrado a las puertas de las grandes instituciones financieras internacionales. Hasta tal punto de que no parece haber margen para la política con tanta exigencia económica.

Pues bien, el papel de víctima de la política frente a las decisiones económicas no le exime de responsabilidad a ojos de muchos. A pesar de su aparente indefensión ante la economía, la política sería la responsable de esa situación. Y ese sería un reproche más que unir a los otros que algunos le hacen a la política. Otro reproche ideológico.

Yo también escribo desde una ideología. Estoy convencido de la necesidad de la política. De la imposibilidad de democracia sin ella. De que la corrupción de algunos políticos no puede suponer el cuestionamiento de la política como forma de participación en lo colectivo. Estoy convencido del papel de lo público en nuestra sociedad. De que la preocupación por lo que es de todos es la base de una comunidad. Estoy convencido de la preeminencia de la política sobre la economía. De la necesidad de sostener esta preeminencia a pesar de la opinión de los contables.

En fin, emulando la llamada de atención de Clinton, aunque con un leve cambio, podría decir ahora, para indicar dónde está el foco de interés, a pesar de corrupciones y descrédito: “Es la política, estúpido”.

(Publicado en Papeles del Foro. Boletín de opinión del Foro zafrense, nº 3, mayo de 2012)

domingo, 13 de mayo de 2012

La isla de Jersey y Extremadura


Supongo que, a la mayoría, la isla de Jersey tan sólo le sonará, si acaso,  a paraíso financiero. Es uno de esos sitios del mundo donde se puede montar una empresa sin obligación de residir y sin pagar apenas impuestos. Y eso anima mucho a algunos a situar allí capitales evadidos de otros países de fiscalidad más rigurosa. Pero supongo que, a la mayoría, ubicar esta isla en el mapa ya le será más difícil. Y es que es una rareza geográfica, en el archipiélago del Canal, entre Inglaterra y Francia. Allí, pegada a las costas de Normandía y hablando francés buena parte de sus habitantes, la isla es, a pesar de eso, territorio inglés. Bueno, más o menos, porque ya se sabe lo peculiares que son las posesiones que Su Majestad tiene desperdigadas por el orbe. La isla de Jersey, a pesar de su cercanía, no forma parte de la Unión Europea y fue el único trozo del Reino Unido que durante la II Guerra Mundial cayó en manos de los nazis. Además, Jersey, la Cesarea de los romanos y la cuna de las famosas vacas de su nombre, ha sido siempre lugar de proscripción. Fue la Fuerteventura de Víctor Hugo, su “jardín del mar”, su refugio de exiliado. A partir de 1852, tras el golpe de Estado de Luis Napoleón, el gran escritor francés se aficionó allí a la práctica de “las mesas giratorias”, del espiritismo. Y gracias a la güija creyó entrar en contacto con las principales celebridades muertas de la historia e, incluso, alguna de ellas le dictó sus versos.
Vale, ¿y Extremadura?
Pues, que estoy por solicitar el hermanamiento entre esa isla extraña y esta tierra extrema. Porque allí vivieron hace casi dos siglos algunos de los más clarividentes españoles del siglo XIX, varios de ellos extremeños, huidos de España por la persecución política de Fernando VII. Ahora que se habla tanto de los hombres de la Constitución del 12, Jersey fue la isla de los liberales, el sitio donde muchos de ellos esperaron con sus familias a que muriera el rey para volver a la patria. Hasta cuatrocientos españoles vivieron en la isla, sobre todo a partir de 1826, cuando la colonia española refugiada en el barrio londinense de Somers Town se trasladó masivamente a la mayor de las islas de La Mancha. Frente a la más difícil vida urbana de Londres, en Jersey los refugiados podían vivir de la agricultura y de la ganadería y disfrutar, al menos, de un clima más benigno, aunque ventoso.  Otra oleada de emigrados llegó a la isla, también desde Londres, en 1830, cuando la entronización en París del rey burgués Luis Felipe de Orleans hacía presagiar cambios en España.
En Jersey se convirtió a la educación el médico zamorano de Valencia de Alcántara Pablo Montesino, después responsable como director general de Educación a partir de 1836 de levantar el sistema educativo del Estado liberal, fundador de la primeras escuelas normales de maestros e impulsor de las escuelas de párvulos. Él escribió allí su primera obra pedagógica aún inédita Las Noches de un emigrado mientras su hijo Cipriano Segundo, que llegaría a ser el primer ingeniero español y, por su matrimonio con la sobrina de Espartero, duque consorte de la Victoria, correteaba por los campos. Allí vivió modestamente el magistrado de Serradilla y luego ministro de la Gobernación, Diego González Alonso. Y allí escribió su hija, Ignacia González Alonso, un delicioso tratado sobre Agricultura en Jersey en el que nos cuenta, entre otros detalles de la vida de los isleños, cómo su padre criaba guarros que a los nueve meses pesaban doce arrobas.
Aunque sin confirmación, algunas fuentes sitúan también en Jersey durante algún momento del exilio a otros extremeños: José Landero y Corchado, de Alburquerque, luego ministro de Gracia y Justicia; Antonio González y González, de Villanueva del Fresno, que fue presidente del Gobierno quizá con demasiado dinero para el tipo de emigrado que recaló en Jersey y el gran Bartolomé José Gallardo, de Campanario, bibliófilo, también extraño para una isla con tan pocos libros.
Jersey se merece un viaje, qué digo: una peregrinación. En medio del Canal de la Mancha, en una noche ventosa, con el oleaje pegando contra las rocas del islote, podríamos convocar a los espíritus de un buen grupo de sabios liberales, varios extremeños, que se refugiaron aquí, entre las mejores vacas del mundo, huyendo de la intolerancia de sus compatriotas.

(Publicado en la revista Informe Semanal de Extremadura del 5 de mayo de 2012)

viernes, 20 de abril de 2012

¡Viva la República!


El grito es la síntesis de la ideología. Todas tienen varios. Entre exclamaciones, en dos o tres palabras, se concreta un ideario político (¡Amnistía, libertad!, ¡Franco, Franco, Franco!). Y es que la gente agradece lo breve, el eslogan, la marca (¡A las Barricadas!, ¡Heil Hitler!). Hay gritos abiertos (¡Viva la libertad!) y gritos cerrados (¡Vivan las caenas¡), tan cerrados que en ellos se queda toda la ideología que los provoca. Hay gritos crípticos (¡VERDE!, pintaban los monárquicos en las paredes durante la dictadura para decir Viva el Rey de España) y gritos evidentes (¡Tarancón, al paredón!). El grito, en política, más que una fórmula de comunicación o de expresión, es un signo de identidad: “soy lo que grito”.

Hoy es día de un grito. Y, como todos, habrá a quien le emocione y a quien le repugne. Pero, más allá de pareceres, me interesan será por historiador los orígenes: ¿cuándo se gritó por primera vez en Extremadura ¡Viva la República!? No lo sé, como casi nada, pero podemos aproximarnos a saberlo, como casi todo. Uno se imagina que sólo se puede gritar en público y rodeado de gente. Así que sería en alguna de esas, aunque seguro que mucho antes de lo que pensamos.

Desde luego la primera vez no fue el 14 de abril de 1931, del que hoy se cumple el ochenta y un aniversario. Sería más de un siglo antes. Así que no fue tampoco el 5 de agosto de 1883, cuando se pronunciaron los militares de la guarnición de Badajoz pensando que se habían sublevado por la República todas las de España. Ni el 11 de febrero 1873, cuando se proclamó la I República. Ni el 9 de julio de 1859, al final de la reunión que Sixto Cámara mantuvo con soldados en Olivenza para animarles a la insurrección republicana, un día antes de morir, mitad de insolación mitad por beber en una ciénaga, intentando alcanzar la frontera portuguesa para huir de la policía.

No estaría mal, porque soy churretín, pero no creo que fuera tampoco en Zafra aquella noche del 22 de mayo de 1823, cuando los asistentes a un convite en homenaje a los milicianos liberales en retirada desde Madrid perseguidos por parte de los cien mil hijos de San Luis acuchillaron en la Plaza Chica el retrato del rey felón, Fernando VII, en medio de vítores e imprecaciones.

En todas estas ocasiones se gritó, probablemente, ¡Viva la república!, pero ninguna fue la primera. Quizás más que grito, la primera vez sería susurro. No sé. Musitado, por ejemplo, en 1813 por el protorrepublicano de Aldeanueva del Camino Martin Batuecas que ahora investiga su paisano Miguel Ángel Melón, mientras escribía su Catecismo patriótico o del ilustrado y virtuoso español, donde entre otras osadías que le costaron ser cliente de la Inquisición― afirmaba: Que el pueblo puede escoger la forma de gobierno que quiera… aunque no debe establecer ni el monárquico, ni el oligárquico, ni el aristocrático, sino aquel en que los poderes estén separados. O comentado en cuchicheos entre monjitas en algún convento extremeño que a finales del siglo XVIII recibió libros y está constatado de la Francia revolucionaria.

En fin. Hoy conmemoramos al menos yo un grito de hace ochenta y un años que fue dado en Extremadura mucho antes y que ha ido atravesando nuestra historia reciente en los labios de alguna monjita de Santa Clara, de Martín Batuecas, de muchos milicianos exasperados, del pobre Sixto Cámara, de los insurrectos de la guarnición de Badajoz o de los republicanos del 14 de abril, entre otros. En España, no sólo la monarquía puede exhibir galones históricos.

Y de eso, de nombres y fechas, de indagaciones, de reflexiones apoyadas en la historia, tratará esta “Última Thule” que recuerda la última tierra conocida de los antiguos y que hoy inicia su andadura. Cada cierto tiempo traerá aquí pasajes históricos de Extremadura que sean siempre expresiones del pasado, sí, pero de progreso. Porque ni todo lo actual es moderno ni todo lo antiguo caduco. Y una de las mayores evidencias de la ignorancia es el adanismo, creer que todo es nuevo, recién nacido, especie que viene de confundir el desconocimiento del pasado con su inexistencia.

Ah, y ¡Viva la República!

Este texto fue publicado en la revista Informe Semanal de Extremadura del 14 de abril de 2012

viernes, 30 de marzo de 2012

Los liberales desvalidos


Un amigo de izquierdas me recrimina mi interés por los liberales del XIX: que si sólo querían implantar el librecambismo, que si eran miembros de las clases poderosas, que si eran élites con poco arraigo popular… Otro amigo de derechas me echa en cara lo mismo, pero por razones distintas: que si eran masones, que si dieron lugar al cuestionamiento de la monarquía, que si propagaron en España el relativismo ideológico de la Revolución Francesa…
Me empeño en recordarles a ambos que no hay que trasladar a la historia los convencionalismos ideológicos del presente. Y, además, a mi amigo de derechas le cuento lo que hicieron estos liberales buena parte de ellos religiosos o militares para limpiarle el polvo al poder de todos los siglos, y hasta qué punto son el mejor ejemplo en que puede mirarse cualquier demócrata de derechas. A mi amigo de izquierdas le digo que los liberales casi todos intelectuales, filósofos o literatos fueron los revolucionarios de su época, los que abatieron el absolutismo, los que introdujeron en la tríada de la contemporaneidad (Libertad, Igualdad y Fraternidad), la primera y básica noción de “libertad”. Y tampoco son mal ejemplo para que cualquier demócrata de izquierdas se mire en ellos.
Ninguno de mis dos amigos se queda conforme. Ambos recelan. Aunque acaben reconociendo en los liberales históricos los rasgos que yo les enfatizo, no dejan de ver los otros. ¿Por qué? ¿Fueron los primeros liberales del siglo XIX el origen de la derecha o fueron el origen de la izquierda? Creo que el problema para los liberales es que, en cierto modo, fueron la raíz contemporánea de ambas ideologías. Y si, con esos galardones, puede parecer paradójico que casi nadie salga en su defensa, la verdad es que por eso mismo todos creen ver en ellos rasgos de sus contrincantes políticos actuales.
Todas las corrientes ideológicas de nuestro actual espectro político ―salvo, quizás, las más extremas― deben algo al primer liberalismo decimonónico. En España, gracias a los trabajosos embates de 1812, 1820, 1834, 1854 y 1868, los liberales fueron abriendo los cauces de participación del Antiguo Régimen y sustituyéndolo por un sistema nuevo el Estado liberal que, con la aportación del republicanismo y del movimiento obrero a lo largo del siglo XX, ha acabado sintetizándose en el modelo democrático actual.
La trascendencia del primer liberalismo es indudable. Y eso enaltece aún más a los extremeños que, en buena parte, lo encarnaron: Diego Muñoz Torrero o Francisco Fernández Golfín (a quienes les costó la vida); José María Calatrava, Álvaro Gómez Becerra, Antonio González y González o Juan Bravo Murillo (que presidieron gobiernos tras haber sufrido cárcel o exilio); Juan Justo García, Bartolomé José Gallardo o Diego González Alonso (que escribieron sobre las nuevas ideas o contra las antiguas), y otros que protagonizaron las sesiones de las Cortes o asumieron ministerios. Se viene diciendo últimamente y es verdad: nunca ha habido una época con más protagonismo extremeño en la política nacional.
Pero en Extremadura siempre existe alguna razón para resistirse a la unanimidad. Y, en esta ocasión, ese sempiterno motivo de discordia nos lo ofrece la bifronte personalidad de los primeros liberales. ¿A quiénes homenajeamos en este bicentenario de la Constitución liberal de 1812? ¿A los nuestros o a los otros?
Ante la duda, asistimos a incongruencias tales ―y es sólo un ejemplo― como que, con la intención de incorporar en la nómina de los liberales a alguno de “los suyos”, uno de mis amigos considere liberal a quien no lo fue. Será que piensa que don Diego Muñoz Torrero era demasiado izquierdista (¡Bendito sea Dios!), y que cree conveniente acompañarlo de alguien que él considera más de su cuerda. Y para eso, en vez de buscar a los más tibios o menos significados entre los liberales, busca directamente a alguno entre las filas contrarias, las absolutistas, y lo convierte en constitucionalista. ¡Si don Francisco María Riesco, inquisidor general del Tribunal de Llerena, levantara la cabeza y viera que alguno pretende convertirlo en liberal sólo por el hecho de haber sido diputado en Cádiz! Es que tiene que haber de todos los colores, me dice mi amigo. Sí, pero, para conmemorar la Constitución del 12 no parece muy oportuno homenajear a quienes se opusieron a ella. En fin. El desvalimiento de los liberales llega hasta ese punto de considerar tales a quienes nunca lo fueron.
Las conmemoraciones deben ser oportunidades para recuperar la memoria de acontecimientos o personajes que puedan servirnos para orientarnos en el presente. No puede ser más certero ese dicho que afirma que la vida sólo se vive mirando hacia adelante, pero sólo se entiende mirando hacia atrás. Espero que las celebraciones sobre 1812 que en estos días se prodigan no sirvan para encontrar nuevos motivos de polémica estéril entre las ideologías predominantes, y que todos reconozcamos en los liberales históricos parte de lo que hoy, políticamente, todos somos.
(Publicado en el diario HOY el 26/03/2012)

sábado, 5 de noviembre de 2011

Verdades


El lunes vi La voz dormida. Me ha sorprendido. Pero, no exactamente la película. Al verla, me han sorprendido las críticas que antes había escuchado sobre ella. Sólo esperaba sectarismo, maniqueísmo, manipulación, “ogros y princesas”… En fin, falta de verdad.

Hay dos tipos de veracidad en una película como esta. Una es la de la fidelidad al texto en el que se basa y otra la de la veracidad de la historia en la que ambos texto y película se asientan.

Aunque cuando se trata de arte poca veracidad es exigible, quizá sea comprensible que el público pida que la película que adapta una novela previa no defraude a sus lectores. Benito Zambrano cumple esa petición. Ha tomado de la novela de Dulce Chacón los episodios más relevantes, los que giran alrededor de la muerte de Tensi, prescindiendo de la vida de Pepita sin su hermana, que ocupa la tercera y última parte del texto. Pero, aunque no recorra con la cámara todo el relato, no creo que nadie que haya leído la novela deje de reconocer en la película su rastro. Allí están los mismos personajes y las mismas situaciones.

Admitida la fidelidad al texto, sólo les quedaría a los críticos cuestionar la veracidad de la historia que narra. Y ahí es donde creo que está el quid de la cuestión. Algunos creen ―o quieren hacer creer que la película cuenta una exageración. Pero eso no es verdad. Lo que ocurre en la pantalla es una muestra de lo que ocurrió en la España de Franco en esos años de la guerra y la posguerra: cárcel, fusilamientos, torturas, desvalimiento ante la ley, complicidad de la Iglesia, dictadura, muerte. Y ogros, muchos ogros.

Por eso no me ha sorprendido la película y sí solo las críticas que más allá de sus aspectos artísticos (sublime, por cierto, María León) había escuchado sobre ella.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Recuperado un manuscrito sobre la Guerra de la Independencia en Extremadura


De muy relevante debe calificarse la publicación de Sucesos históricos de la capital y pueblos de Extremadura en la revolución del año de mil 1808, última entrega de la “Serie Rescate” de la Editora Regional de Extremadura. Se trata de un manuscrito, inédito hasta ahora, del fraile dominico Laureano Sánchez Magro, editado y anotado por Isabel María Pérez González y Fernando Pérez Fernández.

Sabía de la existencia del texto sólo por alguna mención a él en estudios anteriores de Isabel María Pérez, ya que los principales bibliófilos extremeños lo desconocían. Su padre, el escritor Fernando Pérez Marqués, lo conservaba entre sus papeles y libros con la intención de que pudiera ser publicado en el bicentenario de los hechos históricos a los que alude. Autora de varios estudios sobre Carolina Coronado y reconocida experta en el siglo XIX pacense, Isabel María Pérez ha cumplido con el deseo paterno y, además, lo ha hecho dándole cierto aire de compromiso de familia, ya que le acompaña como coautor de la edición su sobrino Fernando Pérez Fernández hijo del fallecido Fernando Pérez González a quien amadrina en las lides de la investigación.

El manuscrito de Sánchez Magro es un relato coetáneo de los principales acontecimientos de la guerra contra los franceses en Badajoz y sus pueblos. Aunque el original no es una excelsa muestra literaria, sus insuficiencias se compensan como señalan sus editores “con la pasión de lo vivido, la frescura de lo inmediato (y) la sinceridad de lo espontáneo”. En cualquier caso, es la veracidad y no el goce estético lo que pretendía el fraile dominico. En este sentido, resultan especialmente interesantes el relato de hechos como los que condujeron al linchamiento del conde de la Torre del Fresno, a finales de mayo de 1808; la reivindicación de la conducta del vecindario de Badajoz durante el sitio a que fue sometido por los franceses en febrero y marzo de 1811; la censura del comportamiento del general Ymaz tras la muerte del general Menacho; los atroces desmanes provocados por los ingleses en el saqueo de la ciudad de abril de 1812…

Laureano Sánchez Magro, nacido en Zafra en 1776, era un dominico que dio algún bandazo ideológico durante su vida. A pesar de las opiniones filoabsolutistas en este texto, escrito en 1817-1818, apenas tres años después -durante el Trienio Liberal- se expresó como partidario de las ideas liberales y como tal fue procesado al comienzo de la Ominosa Década. Es una pena que no se hayan conservado documentos que expliquen de manera más clara a qué se debió esta transformación ideológica, que por lo abrupta suscita muchas dudas.

Especial interés tiene el texto para la historia de Zafra de esos años. Quizá por ser el autor natural de esta villa o por el indudable protagonismo que tuvo en algunos de los hechos relatados, Zafra es mencionada en varias ocasiones, ofreciendo datos desconocidos hasta ahora, como los de una incursión francesa “vigilada” por el pueblo:

Algunos de los franceses de la guarnición de Fuente del Maestre se presentaron en Zafra el día dos de abril [de 1809] con el objeto de pedir raciones. Dirigidos a la casa del juez, los siguió un inmenso pueblo inspeccionando sus acciones. Los enemigos llenos de terror, ansiaron el momento de salir de la villa sin esperar los artículos pedidos, ni atreverse a volver a ella.

Desgraciadamente la única hoja que le falta al manuscrito es la siguiente al relato de la captura y fusilamiento en Zafra del capitán José Asensio y su partida, a finales de enero de 1812. Es posible que esa hoja perdida iluminara un poco más unos hechos aún oscuros en Zafra, como el conjunto de esta obra gracias al rescate de Isabel María Pérez González y Fernando Pérez Fernández ilumina un poco más la historia de la guerra contra los franceses en Extremadura.

miércoles, 26 de octubre de 2011

François Villon















BALADA DE LAS COSAS SIN IMPORTANCIA

Reconozco sin dificultad las moscas en la leche;
reconozco al hombre por el vestido;
reconozco el buen tiempo y el malo;
reconozco la manzana en el manzano;
reconozco el árbol al ver la resina;
conozco cuándo es todo igual;
conozco quién trabaja o descansa;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Reconozco el jubón por el cuello;
reconozco al monje por el hábito;
reconozco al señor por el vasallo;
reconozco por el velo a la monja;
reconozco cuándo un tramposo habla en su jerga;
reconozco al loco alimentado de nata;
reconozco el vino por el tonel;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco al caballo y a la mula,
conozco su carga y su fardo;
conozco a Beatriz y a Isabelita;
conozco la ficha que se cuenta y suma;
reconozco la visión y el sueño;
conozco el pecado de los bohemios;
conozco el poder de Roma;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Príncipe, en definitiva, lo conozco todo;
conozco a los de buen color y a los pálidos;
conozco a la Muerte que todo lo consume,
conozco todo, excepto a mí mismo.

François Villon, 1431-1463 (traducción de Carlos Alvar)

domingo, 23 de octubre de 2011

Acto cívico de MEMORIA y HOMENAJE a las víctimas de la represión franquista en Villanueva de la Serena


(...) Me gustaría finalizar estas palabras sobre la guerra y la represión en Extremadura hablando de las víctimas. Porque hablar de represión y de guerra obliga a hablar de víctimas. Hoy ―22 de octubre de 2011― se habla mucho de víctimas en España. Y con razón. La satisfacción ante la noticia del abandono de la violencia por parte de ETA debe ir acompañada en nuestro ánimo de un reconocimiento a las víctimas provocadas por el terrorismo. Más allá de cuál sea nuestra opinión política, el color de nuestras adscripciones, ninguna persona de buena voluntad duda en reconocer el papel de las víctimas, su inocencia, su sufrimiento. Y nadie se cuestiona cuál fue su ideología. Son víctimas. Y con eso basta. Dentro de 75 años los historiadores que analicen lo que ocurrió durante estas décadas de terrorismo en España, en el País Vasco, no podrá olvidar a las víctimas, no deberán hacerlo.

Pues bien. 75 años después del golpe militar de 1936 me gustaría que lográramos que también se reconociera por todos la verdad de las víctimas de la violencia represiva del franquismo. Más allá de cuál sea nuestra opinión política o el color de nuestras adscripciones, ninguna persona de buena voluntad debería dudar en reconocer el papel de las víctimas del franquismo, su inocencia, su sufrimiento. Nadie debería cuestionarse su ideología. Son víctimas. Y con eso debería bastar. Además, así se hizo ya durante años con las víctimas de la violencia izquierdista.

Y ese reconocimiento no es ideológico, sino moral, ético. Ese, el de las víctimas, es el único compromiso del historiador. Ése, el de las víctimas, debe ser nuestro único compromiso como personas.

(Final de mi intervención ayer en el acto cívico de MEMORIA y HOMENAJE a las 753 víctimas de la represión franquista en Villanueva de la Serena organizado por la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura).

viernes, 14 de octubre de 2011

Muere uno de los últimos exiliados españoles


Ha muerto Fernando Ruiz Vergara (Sevilla, 1942), cineasta andaluz autor del documental Rocío (1980), en el que -junto a una visión crítica de la famosa romería- se ponían nombres y apellidos a las víctimas y a los verdugos de la represión fascista en Almonte en 1936. Denunciado en la mañana del 23 de febrero de 1981 (¡!) por algunos de los familiares de los aludidos en el documental, el film fue prohibido y Ruiz Vergara condenado. Volvió a avecindarse desde entonces en Portugal, donde había vivido algunos años antes, y dejó de dirigir. Ayer fui uno de los que recibió un correo de Dulce Simoes comunicando la noticia.

Conheci Fernando Vergara em 2005, quando vivia na aldeia de Barão de São Miguel. Tive o privilégio de gravar uma longa conversa com Fernando, entre risos e sentimentos de revolta... A sua vida foi uma luta pela justiça e pela liberdade, e só a doença o silenciou...O funeral foi hoje às 9.00 no cemitério de Escalos de Baixo, Alcains, Castelo Branco. Perdemos um amigo, mas fica a obra e a memória da sua imensa generosidade.

Dulce acompañaba su correo de un texto del también antropólogo Ángel del Río. He pedido permiso a Ángel para reproducir aquí su texto. Creo que, además de esas palabras, el mejor homenaje posible a Ruiz Vergara es volver a ver su película:


FALLECE EL CINEASTA ANDALUZ FERNANDO RUIZ VERGARA

Hoy miércoles 12 de octubre ha fallecido en su domicilio en la aldea portuguesa de Escalos de Baixo, perteneciente al municipio Castelo Branco, el cineasta andaluz, autor del polémico documental “Rocío”, Fernando Ruiz Vergara. El realizador que también cultivó la pintura, la escultura y la cerámica padecía una grave enfermedad que le mantuvo durante varios meses hospitalizado.

Fernando Ruiz Vergara nació en 1942. Desde muy joven muestra su repulsión por la dictadura franquista y decide abandonar la ciudad de Huelva y viajar por Europa para acabar vinculándose al mundo del cine. Atraído por la Revolución de los Claveles se instala en Portugal —país con el que mantendrá hasta el final una intensa relación— donde llega a fundar la librería Iberlibro en Lisboa y el Centro de Intervenção Cultural desde donde organiza diversos ciclos de cine político, prohibido en España, enfocado a espectadores españoles cerca de la frontera gallega y andaluza.

Tras la muerte del dictador Francisco Franco regresa a una Andalucía en plena efervescencia política por las libertades democráticas y la conquista de la autonomía. Bajo este contexto, idea, junto a Ana Vila, el proyecto documental “Rocío” que tanto marcará su vida. La visión histórica y antropológica de la famosa romería andaluza plasmada en un documental de 88 minutos, fue objeto de una gran polémica una vez estrenado, no sin muchas trabas, en 1980. Bastaba mencionar la estrecha relación de la Iglesia y la hermandad rociera con los trágicos sucesos en los años de la guerra civil y ponerle nombre y rostro a algunas de las víctimas y victimarios locales de la represión, para que se pusieran en marcha los mecanismos de persecución y hostigamiento de ciertos sectores reaccionarios de la sociedad andaluza y del poder judicial contra la obra creativa de un joven realizador.

El filme fue secuestrado —era la primera vez que un juzgado secuestraba una película en España después de que se aprobara la Constitución y desaparecieran los mecanismos de censura previa en materia de cine— y censurado en 1982 por la Audiencia de Sevilla. En 1984 el Tribunal Supremo no admite el recurso de los autores y hace firme la sentencia que condena a Fernando Ruiz, director de la película Rocío, a dos meses y un día de arresto mayor, 50.000 pesetas de multa y una indemnización de 10 millones de pesetas. Al mismo tiempo, se prohibía la proyección y distribución de Rocío en tanto no se suprimieran varias escenas. La vida privada y profesional de Fernando Ruiz Vergara quedó destrozada y Rocío se convirtió en un filme maldito.

Fernando Ruiz abandonó España para autoexiliarse en Portugal, donde ha trabajado de manera intermitente en algunos proyectos para televisión y para diversas productoras. En los últimos años, la película ha vuelto a estar en candelero gracias al movimiento por la recuperación de la memoria histórica que la ha exhibido en numerosas localidades españolas contando con la presencia de su director. Al menos, y durante estos últimos seis años, Fernando Ruiz Vergara ha encontrado en España una acogida entusiasta y un sentido reconocimiento que hace 30 años le fue negado por un cúmulo de circunstancias que ponían de manifiesto los déficits democráticos de la laureada Transición. Fernando Ruiz Vergara murió en su humilde morada de la pequeña aldea Escalos de Baixo, rodeado de sus amigos portugueses a los que tanto amaba. Allí será enterrado.

En la actualidad hay avanzado un proyecto documental sobre Fernando Ruiz Vergara del también cineasta andaluz José Luis Tirado que, contribuirá, sin duda, a saldar la deuda de reconocimiento que la sociedad y el mundo de la cultura andaluza y española tienen con él. Descanse en paz.

Ángel del Río Sánchez

sábado, 8 de octubre de 2011

La progresión de los imperios


Tengo metida en la cabeza desde pequeño una teoría histórica que comentaría algún maestro o profesor en clase. Me pareció, supongo, suficientemente simple para colmar mi afán, y el de cualquier crío, de que le expliquen el mundo. La teoría, bastante conocida, afirma que a lo largo de la historia el imperio del mundo ha ido trasladándose de oriente a occidente buscando la salida del sol.

La lectura del libro de Joseph Pérez sobre La leyenda negra me la ha recordado. El hispanista francés dice que fue el historiador nacionalista galo Ernest Lavisse (1842-1922) quien la formuló relacionándola con la inevitable decadencia de los imperios:

Todas las fuerzas se agotan. La facultad de dirigir la historia no es una facultad perpetua. Europa, que la heredó de Asia hace tres mil años, tal vez no la conserve siempre

El propio Joseph Pérez recuerda que la tesis de Lavisse no es más que una conclusión y continuación “secularizada” del libro de Daniel, donde el profeta presenta el nacimiento y progreso de los primeros imperios: el babilónico, el de los medos―persas, el de los griegos y el de los romanos. A partir de ahí, la sucesión seguiría: el Imperio Carolingio, el Sacro Imperio Germánico, el Imperio Español, el Imperio Británico, EE.UU. de América… China, India...

Una teoría acientífica, de base cuasi profética, guardada en el fondo de mi memoria desde hace lustros por esa eficacia que tiene todo lo simple.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Diderot


Llevo días dándole vueltas a este hombre. Y todo a raíz de la lectura de un libro deslumbrante: Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, del historiador alemán Philipp Blom (Anagrama, Barcelona, 2007), que narra el nacimiento de una de las obras más influyentes de todos los tiempos: Encyclopedie ou Dictionnarie Raisonné des Sciencies, des Arts et des Métiers. Blom detalla minuciosamente las relaciones en esa societé de gens de lettres que formaban los filósofos y científicos que redactaron ese libro que contribuyó a iluminar las tinieblas previas a la Ilustración.

Mucho y bueno se puede decir de Bloom y Encyclopédie. Es un magnífico relato, escrito con tensión literaria y rigor histórico. Una manera de escribir historia que me interesa mucho, porque no comete el error de encorsetarse dentro del género. El historiador no renuncia a su función de escritor y concilia verdad y belleza.

El libro, además, nos ilustra sobre un grupo de jóvenes escritores de desigual fama. Porque, además de Diderot, D´Alambert, Rouseau y Voltaire, la Enciclopedia reunió a otros menos conocidos, entre los que destacan Grimm, Holbalch, Jacourt, Mallet, o el principal dibujante, Goussier.

Un texto fundamental para saber cómo se forjó el principal libro de la Ilustración. Y no sólo. Muy interesante también para conocer las relaciones de los autores y los editores alrededor de una obra, y la revolucionaria importancia de la amistad en los proyectos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

La voz dormida


Quien escribe dispone de varias vías para comunicar lo que conoce pero habitualmente sólo de dos para conocer lo que ignora. Quien escribe sabe que la realidad sólo le es dada, como decían los antiguos, mediante el éxtasis o mediante la ciencia, a través de la imaginación o gracias a la inteligencia.

El dilema es falso, como todo lo simple, pero ayuda a explicar lo que pretendo: un escritor, una escritora, accede a lo que persigue, a lo que busca encerrar en el texto, bien con el instrumento sublime de la fantasía o bien con el bisturí de la razón. Ambos utensilios siempre están cerca, sobre la mesa; de ambos hará uso el escritor, pero dispondrá de uno más que de otro según su carácter. El novelista y el historiador ‑pongamos por ejemplo, porque el poeta es cosa aparte y lo suyo es síntesis pura, ciencia en éxtasis‑, la novelista y la historiadora, decía, descubren lo que ignoran yendo de la invención a la conjetura. Se dividen el terreno de la realidad sin que descarten armonizar sus instrumentos, pero cuidadosos de no acabar haciendo un uso exagerado del ajeno. Suele ser difícil que el historiador fabule sin que le motejen de poco riguroso y no es habitual que un novelista alcance los laureles sin alejarse un tanto de la realidad que relata. Son normas ya acordadas del oficio.

El error consiste en convertir estas opciones del escritor para acceder a la realidad en sendas de tránsito obligado para volver de ella. De ahí los géneros. Según ellos, el historiador estaría obligado a utilizar, en el discurso para exponer lo indagado, la misma frialdad metodológica que usó para la indagación. Y el novelista no podría decirnos lo que le deparó la fantasía y la emoción con más expresión que la emocionada y fantasiosa. Para el primero la imaginación estaría vedada y para el segundo sería obligatoria; la verdad sería la virtud del historiador y el vicio del novelista.

Pues bien, ésta es una de esas estupideces de cierta crítica literaria encorsetada que se ha propuesto desafiar Dulce Chacón con esta novela, La voz dormida, publicada por Alfaguara y que hoy presentamos aquí, en su ciudad, en Zafra. Porque Dulce ha escrito un texto de ficción sobre una verdad como un templo: la verdad de la cárcel y de la muerte de cientos de mujeres sojuzgadas por sus ideas políticas durante la dictadura de Franco. Sobre esa verdad la escritora ha inventado una historia. Los personajes no son reales, quiero decir, no existieron con esos nombres concretos o con esas particularísimas peripecias vitales. No se llamaron ‑como aquí‑ Hortensia, Tomasa, Reme, Elvira... y si así se llamaron no estuvieron en la prisión de Ventas, ni provenían de Córdoba, de Extremadura, de Murcia o de Valencia, como ellas. Pero los hechos sí han existido, sí son reales y desgraciadamente son aún reconocibles para muchos.

Sobre esta tensión entre realidad y ficción ha edificado la novelista su obra; sin esconder la veracidad de la historia básica que relata, ni sus fuentes, pero evitando hacer un libro de historia. ¿Y por qué? Pues porque Dulce ni es ni quiere ser una historiadora: Dulce Chacón es una novelista, y La voz dormida una novela, una novela rotunda.

El argumento se trenza alrededor de la vida de varias mujeres, encarceladas en la peor España de la España de Franco, que van pasándose una a la otra el testigo de la historia. El personaje central de la novela es Hortensia, a quien cede Dulce la imagen de la portada, y convierte en esa miliciana de sonrisa bellísima con fusil al hombro, gorro y pendientes –por cierto, comprados en Azuaga- que agarra en brazos a un niño también sonriente. Condenada a muerte, Hortensia protagoniza una escalofriante y doble espera: la del nacimiento de la hija que lleva en el vientre y la de su fusilamiento una vez dé a luz. Es una carrera lenta e inexorable que Dulce aborda con el tiempo previo que exige una tragedia y resuelve con la misma rapidez letal con que ésta nos acomete.

Dulce llama desde el principio a su personaje la mujer que iba a morir, en un esfuerzo por no aprovecharse de la escenográfica sorpresa que en el lector provocaría, si lo ignorara, la cruel coincidencia de la vida que nace con la muerte que acecha. Y este detalle de escritora de raza, confiada en la fuerza de su historia, delata el tono que preside toda la obra, en la que Dulce Chacón se conduce con comedimiento, sin caer en fáciles atajos argumentales que, aunque efectistas, acabarían traicionando la veracidad del contexto histórico del relato. El eje vertebral de la fábula coincide exactamente con el de la historia y, con la misma fatalidad que ésta, se sucede. No se le ofrecen al lector cabriolas fantásticas porque ni Franco murió en los años 40 ni el afán de libertad de las protagonistas de esta historia se cumplió de inmediato.

La voz dormida habría que catalogarla de novela realista si creyéramos en esa entomología de los estilos. Pero es una novela realista muy rara, porque parece increíble lo que cuenta. Increíble lo que cuenta no sólo de la mujer que iba a morir sino de las otras mujeres que rodean a ésta y que forman ese personaje colectivo que protagoniza el libro: Elvira, la más pequeña de sus compañeras, una joven pelirroja que junto a su madre intentó salir de España en 1939 por el puerto de Alicante y, como tantos miles, allí acabó atrapada, entre una tierra hostil y unos barcos inalcanzables; Reme, la mayor del grupo, condenada a doce años de cárcel por bordar una bandera; Tomasa, una extremeña de piel cetrina y ojos rasgados que perdió a una nieta, muerta de hambre en Los Santos de Maimona y a cuatro hijos y al marido arrojados por el puente de Almaraz...

Los personajes, que primero se exponen al lector por separado en los dos mundos que la novela recrea, la cárcel y la calle, acaban relacionados entre sí. La tela metálica a través de la cual las presas y sus familiares se observan y hablan cuando les toca comunicar es una especie de espejo que por un lado refleja la realidad cóncava, vuelta sobre sí, de la cautividad oficial, y por otro la ilusión convexa de la libertad –falsa libertad en esos años- de la calle y los montes por donde el maquis o sus enlaces actúan.

La novela va saliendo de la cárcel conforme crece. Un poco lo mismo que le pasó a una parte de España durante esos años y exactamente lo mismo que le ocurrirá a Tensi, la hija de Hortensia, que tras el fusilamiento de la madre será cuidada por su tía Pepita, una joven criada protegida por la resistencia antifranquista y que acaba enamorada de un guerrillero. La niña sitúa el protagonismo de la acción durante toda la obra. Cuando está en el vientre de su madre, en la cárcel, será allí donde se suceda la trama. Y una vez muerta ésta, al criarse con su tía en una fonda de Madrid trasladará a sus allegados el interés de la historia. Sin menoscabo de Hortensia, la voz protagonista de la obra es la de su hermana Pepita. Ella y Paulino, encarcelado en Burgos durante años, ocupan la parte final de esta novela emocionante y bella.

No se le ha olvidado a Dulce aludir a Zafra. Seguro que Zafra se le cruza en la cabeza nada más hablar de memoria y escribir sobre ella. Se le ha cruzado el recuerdo de un poeta de aquí que ya no está entre nosotros, Martín Romero Moreno, a quien dedica una mención que es también homenaje y con la que encabeza la segunda parte de la obra:

Quieres llorar. Y es tiempo

de sequía

Quieres llorar. Y son tus ojos

girasoles marchitos

Y se le ha cruzado en la memoria, también, el alcalde socialista y republicano de Zafra José González Barrero. Dulce lo convierte en un fugaz personaje de su novela en una de sus páginas:

Don José. Se llamaba don José. Llevaba a su mujer del brazo, y un sombrero panamá. Atardecía. Don José iba con traje de lino, y con su esposa del brazo. Tenían una hija que se llamaba Libertad.

Libertad y Dulce, ¡qué bien nombran a sus hijas los alcaldes de Zafra!

La voz dormida es una novela que, debido a la potencia de su argumento, podría haber forzado a la autora a desentenderse del esfuerzo técnico de contarla. Y ese es otro de los valores del libro. No sólo hay historia sino pericia expresiva. La cuidada ilación de los personajes; el juego verbal con que se nos conduce a los distintos tiempos de la historia; ese hallazgo expresivo del futuro que en ocasiones es el presente emocionado de la novela; el propio perfil de una narradora comprometida que no sólo asiste a los hechos sino que los valora para nosotros con un lenguaje lacónico y a la vez poético... Todos estos son rasgos del oficio que Dulce empleó para escribir este texto. Un texto difícil, de elaborada técnica pero que –gracias a que ella lo ha trabajado a conciencia‑ se muestra al lector limpio en su comprensión, sencillo.

A conciencia y con conciencia, porque junto a la historia y a la manera en que se nos cuenta, esta novela es también un testimonio ético sobre una época y se inserta en el esfuerzo que otros novelistas e historiadores, junto a mucha gente anónima, está haciendo por recuperar la memoria –tras tantos años de silencio‑ de lo que ocurrió realmente durante la guerra civil española y a raíz de ella. Silencio que al principio fue obligado por la opresión de la dictadura y luego fue sugerido por la conveniencia en una transición política que para algunos aconsejaba a esa transacción de libertad por memoria. Veinticinco años nos separan ya del final de la dictadura y poco a poco se impone en el ánimo de la gente la necesidad de hacer recuento de las pérdidas que aquellos años supusieron. La pérdida de la vida, con las cifras y los nombres de los miles de asesinados que nunca aparecieron en las cruces de los caídos y en las lápidas que los vencedores mandaron instalar en todos los pueblos; la pérdida de la tierra, del origen, el destierro, con la recuperación de la historia de los exiliados, de los transterrados, de los guerrilleros; la pérdida de la dignidad, mantenida por muchos y muchas a pesar de las torturas y los vejámenes; la pérdida de las propiedades, con las incautaciones y los ceses en empleos y puestos públicos. Y la pérdida de la libertad, con el testimonio de los encarcelados, de los encerrados en campos de concentración y de trabajo.

Aquí se incluye La voz dormida, en ese ánimo por recuperar la memoria, por superar el silencio, por despertar la voz. En este sentido esta novela –de argumento, voluntad de estilo y compromiso histórico‑ es también una novela moral, encajada entre el silencio y la palabra, y hasta literalmente: A los que se vieron obligados a guardar silencio, les dedica la autora el libro en sus primeras páginas, y en las últimas agradece a las personas que me regalaron su historia. El silencio y el testimonio. El silencio del que sabe pero no puede hablar, y el testimonio de quien convierte la palabra en el asidero de su dignidad.

El silencio del que sabe pero no puede hablar pero también el silencio que en el resto nos provoca la ignorancia. Todos venimos del silencio y de la ignorancia sobre lo que pasó en la guerra. Dulce también. A ella —como a nosotros— tampoco le contaron esto, pero gracias a esta novela tanto ella como todos nosotros asistimos a un encuentro con la palabra y con la voz, por fin recuperada y despierta.

(La reciente preselección como representante de España en los Óscar de la película La voz dormida de Benito Zambrano me ha traído de golpe muchos recuerdos sobre Dulce Chacón, autora de la novela homónima. El 20 de septiembre de 2002 le presenté la novela en Zafra, tal y como me había pedido. Reproduzco aquí, a modo de homenaje, el texto que leí entonces)

viernes, 9 de septiembre de 2011

Las manos, como dice Tulio


Las manos, como dice Tulio, nos sirven para labrar los campos, para edificar las casas, para tejer y coser las vestiduras, para la fábrica de las cosas que se hacen de madera, de piedra, de hierro o de metal. Con las manos erigimos las ciudades, los muros, los templos.

Por ellas nos proveemos de diversos y abundantes frutos para nuestro mantenimiento. Por ellas los sembrados campos nos dan esos diversos frutos, unos que se comen luego, y otros que se recogen y guardan para adelante. Por ellas nos alimentamos de los animales, así de los que andan por la tierra como de los que nadan en el agua, y como de los que vuelan por el aire, no solo cazándolos y pescándolos, sino también criándolos en nuestras casas.

Con ellas domamos las bestias: las cuales llevando y trayendo cargas, nos sirven, y nos dan fuerza y ligereza para caminar. Nosotros con las manos les ponemos yugos. Asimismo usamos del sentido agudísimo de los elefantes, y de la sagacidad de los perros para nuestro provecho.

Nosotros con ellas sacamos de las entrañas de la tierra el hierro: cosa grandemente necesaria para la labor de los campos. Descubrimos venas escondidas de acero, de plata, de oro, de que nos servimos así para el uso de la vida como para la hermosura y ornamento de ella.

Aprovechámonos de todo género de árboles, así fructuosos como silvestres: parte para calentarnos y guisar los manjares, y parte para edificar: con lo cual defendemos de los demasiados fríos y calores. La misma materia sirva para fabricar naves: por cuyo medio nos viene de todas partes abundante provisión para las necesidades de la vida.

Por el arte de navegar venimos a señorearnos de las dos cosas más violentas que hay en la naturaleza, que son el piélago y los vientos; y por este medio gozamos de muchas cosas que se traen por mar.

Es otro sí nuestro el señorío y uso de todos los frutos y comodidades de la tierra. Nosotros gozamos de los llanos y de los montes: nuestros son los ríos y los lagos: nosotros sembramos los granos para multiplicar las mieses, y plantamos los árboles: nosotros con riegos artificiales hacemos fértiles las tierras: nosotros represamos y enderezamos los ríos, y los encaminamos por las partes que nos pueden aprovechar.

Usando de la industria de las manos en las cosas naturales, hemos casi venido a fabricar otra nueva naturaleza.

(El párrafo LX de De Natura Deorum de Ciceron traducido libremente (“de paso y de memoria”) por fray Luis de Granada en su Introducción al símbolo de la fe. Reproducido por Fernando Casas en su edición de Lelio o la Amistad de Cicerón, Cádiz, 1841).

miércoles, 24 de agosto de 2011

Fuego amigo


Es difícil escribir sobre la guerra civil española. Más difícil aún si lo que se escribe tiene parte de ficción, porque hay muchos con la escopeta tan cargada que la disparan aunque uno hable de realidades. Y escribir sobre 1936 con brillantez es lo que ha hecho Juan Carlos Fernández Calderón en su novela “Fuego amigo”, merecidamente galardonada con el X premio Hontanar de Narrativa Breve que se otorga en Ponferrada por la editorial de ese nombre. Y lo ha hecho con ficción, pero a partir de un hecho real, como casi todos los relatos.

Un terrateniente refugiado en Badajoz huyendo de los izquierdistas acaba muerto por sus liberadores, los magrebíes que acompañaban, como tropa de choque, a los sublevados. El caso es extraño (los de Franco no solían matar terratenientes) pero, en su singularidad, el escritor vio una oportunidad literaria y no sólo la ha aprovechado sino que ha extraído de ella todo el jugo posible. A partir de esa sorpresa final, que se anuncia ya en el título, el escritor imagina los hechos previos con una notable solvencia literaria.

Estamos ante alguien que conoce bien la historia de la guerra, porque salpica el texto de menciones improbables sin lecturas sobre la España de los años treinta. Pero además de saber lo que ocurrió, sabe contarlo. La narración conduce al desenlace con certeza descriptiva, manejando bien el lenguaje. Aunque hay algún momento en que parece que va a desbocarse en adjetivaciones, domeña bien la tentación al exceso y lleva el corcel de la palabra por el camino de la precisión sin adornos.

De fondo, Juan Carlos Fernández Calderón ha sido incapaz ―y eso le honra― de evitar que se advierta lo que piensa: que huye de los clichés ideológicos, que nunca da por supuesta la ideología de nadie, que no cree en las dos Españas. No obstante, estamos ante una de esas novelas de la guerra civil escritas lo suficientemente bien para que nadie cuestione el argumento, aunque este tampoco sea cuestionable.

sábado, 20 de agosto de 2011

Mariana Pineda no sabía bordar


Hay una inevitable deformación entre cualquier hecho histórico y su relato. El paso del tiempo, el recuerdo transmitido de persona a persona, de generación en generación, crea un “ruido” inevitable en la huella que deja en el pueblo lo acontecido. Pero, además, hay una interpretación popular que el común adhiere a toda historia, una lectura de los hechos desde la mentalidad de la época. Y, finalmente, junto a esta literatura popular, a veces es la literatura de autor la que se interpone entre una historia y su recuerdo, dejando una pista “falsa” sobre la memoria de los hechos.

Los casos son numerosos. Me detendré en uno que creo significativo: Mariana Pineda. Acabo de leer la biografía que Antonina Rodrigo dedicara hace varias décadas a este personaje casi mítico del liberalismo español del siglo XIX. En la memoria popular es reconocida como la mujer que fue ajusticiada por Fernando VII por haber bordado una bandera revolucionaria.

La primera confusión está en la bandera. Se ha dicho que era la “bandera de la libertad”, y es cierto, aunque más exacto sería decir que era una de ellas. Porque no por eso puede asimilarse, como muchos hacen, a la bandera tricolor, la republicana, inexistente en 1831, cuando es asesinada Mariana. La enseña era “un tafetán morado del ancho de dos paños y largo algo más de dos varas y tercio con un triángulo verde en medio” en el que se iban a escribir las palabras libertad, igualdad y ley. Era, pues, una bandera con simbología masónica, no republicana. En este primer caso la confusión es popular. En cada época la gente ha querido que la bandera de Mariana Pineda fuera la de su tiempo, aunque eso supusiera incurrir en un anacronismo.

La segunda confusión se refiere al papel de la protagonista. Mariana Pineda nunca bordó la bandera. No sabía bordar. Encargó la tarea a dos bordadoras. La bandera se encontró en su casa porque las mujeres a quienes había encomendado la labor la traicionaron y se la devolvieron a medio hacer para que la policía la encontrara en su domicilio. Pero ella no bordó ninguna bandera. Esta confusión sí es ya literaria. Y la primera responsabilidad es de los romances que circularon por España desde el momento de su muerte:

Marianita se volvió a su casa.

La bandera se puso a bordar,

la bandera de los liberales,

la bandera constitucional.

Y después la confusión se fija definitivamente debido al drama Mariana Pineda, de Federico García Lorca:

Don Pedro vendrá a caballo

como loco cuando sepa

que yo estoy encarcelada

por bordarle su bandera

Será también Federico el principal responsable de la tercera confusión, que atañe al meollo mismo de la historia. Según la obra de teatro, Mariana actuaría por amor a Pedro Sotomayor, uno de los conspiradores. Pero la verdad histórica es que no actuó por amor, como quiso el poeta, sino por motivaciones políticas. Era una activista liberal, una revolucionaria, y para explicar su actuación no le hacía falta otra razón que la ideológica.

La figura de Mariana Pineda fue transformada en el imaginario popular para adecuarla a la mentalidad de la época. Aunque la verdad histórica es que no fue bordadora ni sus actos los hizo por amor, la mentalidad obligaba a que toda mujer que intervenía en una historia como ésta lo hiciera desempeñando alguna de sus tareas tradicionales y por razones no estrictamente ideológicas. Federico, al crear su magnífica obra literaria desentendiéndose de la historia y siguiendo la tradición popular, contribuyó a tergiversar la verdad de los hechos y a crear una pista falsa sobre su memoria. Mariana Pineda no fue una bordadora enamorada de un revolucionario, sino ella misma una revolucionaria. Una heroína a la que no le hacía falta héroe alguno.

domingo, 15 de mayo de 2011

El abuelo olvidado

Leo otra historia sobre uno de esos fascinantes personajes del XIX. Ya sabía algo de él. Se trata de uno de los primeros divulgadores del darwinismo en España. De uno de los descubridores de Doñana. Catedrático de Química Médica de las universidades de Cádiz y Santiago de Compostela, catedrático de Historia Natural de la Universidad de Sevilla, catedrático de Zoografía de zoofitos y moluscos de la Universidad Central de Madrid. Fue, además, uno de los dirigentes andaluces de la revolución La Gloriosa ―en 1868― y, en esos años de gobiernos progresistas, rector de la Universidad de Sevilla y gobernador civil de la provincia.

Médico, naturalista, escritor, librepensador, masón (“Toby”), profundo liberal… es uno de los más relevantes científicos e intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX en España. Pero sus muchas virtudes han sido insuficientes para que se le recuerde por sí mismo. Sus nietos le han dado fama. Sobre todo, su nieto Antonio.

Y es que Antonio Machado Núñez (Cádiz, 1815-Madrid, 1896) es, sí, abuelo de su homónimo, el poeta Antonio Machado Ruiz. Y ha sido éste quien, injustamente, le ha dado nombre. Injustamente porque eran suficientes sus muchas prendas para que aún resonara en la memoria cultural de España sin necesidad de recurrir a la coletilla “abuelo de”. Bien es cierto que la trascendencia de su descendiente en nuestra historia contemporánea es tal que cualquiera que estuviera cerca de él acaba oscurecido por su figura.

La obra de Daniel Pineda Novo, Antonio Machado Núñez, naturalista y político, es su primera biografía. Han tenido que pasar más de ciento diez años de su muerte. Se presentó hace unos meses en Sevilla y en Madrid. El otro día me la envío Manuel Álvarez Machado, su tataranieto, que administra y redacta una magnífica web en memoria de la saga de los Machado: http://www.antonio-machado.org/tag/hermanos-machado/

domingo, 8 de mayo de 2011

Cambios de tendencia en el turismo cultural


(Notas de la intervención en FETUREX, I Feria del Turismo de Extremadura. Mesa redonda sobre Turismo, Cultura y Patrimonio. Mérida, 8 de mayo de 2011)

Estoy convencido de que la crisis económica global que estamos sufriendo supone un antes y un después en el modelo de sociedad occidental. La trascendencia y profundidad de la crisis afectará a todas las facetas de nuestra vida. Esto, lejos de ser una previsión catastrofista, no es sino la constatación de una realidad de la que ya hay evidencias y que conviene que asumamos con normalidad. Que todo cambie no tiene gravedad alguna. Es lo más natural. Y el cambio va a llegar también ―está llegando― al concepto de turismo, y a sus relaciones con la cultura y el patrimonio, los tres términos que encabezan esta mesa redonda.

Quiero destacar algunos cambios de tendencia acerca de estos tres ámbitos que quizá debamos tener en cuenta para perfilar lo que será el futuro del sector. Y aclaro que la mayoría de estos cambios viene dada por la transformación de las condiciones materiales, económicas y sociales, provocada por la crisis. Se trataría de hacer de la necesidad virtud y aprovechar los cambios provocados por la crisis convirtiéndolos en cambios beneficiosos para el sector. No pretendo ser exhaustivo y sí sólo incorporar elementos de debate a esta mesa.

1.º El primero de los cambios de tendencia a los que quiero referirme atañe a la política turística. Consiste en un cambio, obligado pero necesario, desde el equipamiento a la actividad. Al igual que las políticas culturales deben transitar desde el interés por la creación de continentes ―que ha predominado en estos últimos años― al diseño de contenidos, las políticas turísticas deben comenzar a insistir más que en el equipamiento (plazas hoteleras, palacios de congresos, vías de comunicación, señalizaciones…) en la actividad, en la creación de contenidos. Durante muchos años la política turística en regiones como Extremadura se ha centrado, y con razón, en la dotación de equipamientos e infraestructuras. Partíamos de una situación con déficits básicos y era necesario paliarla. Las necesidades de equipamiento turístico hoy son muy inferiores a las de hace veinte o, incluso, diez años. Es el momento de poner todo nuestro interés en el “qué” y el “cómo” frente al “dónde”. Tenemos que llenar los equipamientos con usuarios y para eso son necesarias propuestas, actividades.

2.º El segundo cambio de tendencia lo sitúo en el objeto/sujeto turístico. Y ahí creo que vamos a tener que transitar del patrimonio al turista. En el turismo cultural el foco de la atención ha estado puesto en el patrimonio. Se han rehabilitado edificios, se ha recuperado patrimonio inmaterial, se han abierto museos y centros de interpretación. Ahora debemos centrarnos en los usuarios, en los visitantes, en los turistas. Debemos transitar del objeto al sujeto turístico. Debemos insistir en el diseño de propuestas de uso del patrimonio por parte del turista. Pero la relación de los turistas y visitantes con el patrimonio no debe ser de contemplación sino de interacción. La generación de experiencias culturales debe convertirse en el principal producto turístico. El turista quiere diseñar su propio itinerario turístico. Cada vez se admiten menos los paquetes turísticos cerrados que impiden la intervención del propio turista modelando su viaje. El turismo de playa, masificado, tiende a unificar a los turistas. Todos somos un poco iguales tostándonos al sol. El turismo cultural individualiza y singulariza al turista, lo convierte en alguien único, que necesita tener una experiencia turística propia. Singularidad y experiencia. Esas son las dos palabras clave para el turista cultural. Sentirse único e interaccionar, actuar, experimentar, vivir.

Por eso, también, centrados en estos cambios que atañen al turista, va a ser, es inevitable que haya, un cambio del turista cultural de masas y grandes atracciones, al viajero cultural de "barrio", de experiencias masificadas a experiencias más auténticas y personalizadas, donde lo "local" cobra un especial protagonismo. El viajero quiere ser "local" por unas horas y la propuesta cultural no debe imitar a la superproducción urbana. Lo mejor para el turista cultural es que no se sienta tal. Que no sea turista, que sea un natural más, un vecino más, un ciudadano más.

3.º En relación con esto, debe de haber también un cambio en el concepto de agente turístico. Del especialista a la ciudadanía. La propia ciudadanía debe desempeñar funciones de agente turístico mediante procesos de turismo de participación. Porque la participación en turismo no es sólo que el turista se implique en las experiencias que se le ofrecen, sino que en esas experiencias participe también la ciudadanía. Hay que insistir en fórmulas de voluntariado alrededor del turismo cultural. La ciudadanía debe convertirse en el principal agente turístico de una ciudad.

4.º Finalmente, el cuarto cambio de tendencia hace referencia a la iniciativa turística. Y se trata del cambio desde el protagonismo público al impulso social y privado. La preocupación por el continente estuvo pareja al protagonismo institucional que, a través de diversas vías, financió en parte los equipamientos. Las instituciones han acompañado el proceso de dotación de equipamientos. Ahora ya no es tanto un problema de dinero, sino de iniciativa, de iniciativa imaginativa. Y ahí es importante que sea la propia iniciativa privada y social la que cobre protagonismo. Las empresas, los agentes turísticos, deben tomar la iniciativa: FETUREX es un ejemplo de ello.

Fotografía del Teatro Romano de Mérida de Las cien puertas de Eulate.