Escribe como mea, dijo de él su paisano Delibes. Y aunque el elogio señalara más a la naturalidad con la que lo hacía también puede aplicarse a cierta condición casi testicular de su escritura o, mejor, de su carácter. Expresiones como “yo he venido aquí a hablar de mi libro” u ocurrencias como meterse en la cama ―pasados ya los sesenta― con tres chavalas a la vez para probar la viagra, pueden hacer olvidar al escritor.
Aunque no sería extraño porque siempre hubo en él ―como en Cela― cierta propensión a convertirse en uno de sus personajes. Me quedo con el autor de Las ninfas ―una de mis lecturas adolescentes―, con el que noveló a Franco (La leyenda del César visionario) mojando bizcochos en el chocolate mientras firmaba sentencias de muerte junto a Martínez Fuset, o con el escritor del elogio fúnebre al alcalde Tierno.
Cada vez que firmo las notas de mi hijo lo hago desde cierta insuficiencia moral. Las mías fueron malísimas durante todo el bachillerato. Hice Ciencias a pesar de que lo mío eran las Letras, así que para septiembre siempre tenía que recuperar Matematicas y Física. Sólo saqué cabeza mediada ya la carrera. Pero mi condición de mal estudiante en el instituto no iba acompañada de desinterés hacia los profesores. A algunos de ellos los recuerdo con viva admiración y en algún caso dejaron en mí una huella, además de académica, personal.
Cuando Abel Manuel García Gutiérrez me dio clases de Filosofía en 6º de Bachillerato yo tenía entre catorce y quince años. Era la primera vez en mi vida que me hablaban en clase de Platón o de Aristóteles. Abel era un hombre joven, de poco más de treinta años, con una poblada barba que mantuvo toda su vida y un notable talante progresista. Aunque era leonés, le decíamos “el ruso” porque un día se presentó con un gorro de cosaco tras un viaje que hizo a Moscú. Pero su apodo también tenía algo que ver con su ideología, pues en aquellos primeros meses tras la muerte de Franco se decía ―y era cierto― que era comunista. Forofo del Atlético de Madrid, fue el único profesor que venía a jugar al fútbol con nosotros.
De Zafra se fue a Villalón de Campos y de allí a Valladolid, donde durante 18 años fue director del Instituto “Emilio Ferrari”. A mediados de los noventa se presentó como candidato a la presidencia de la Junta de Comunidades de Castilla y León por Izquierda Unida y no obtuvo escaño. Después dejó la política y se enfrascó en la escritura de un libro sobre la historia de la técnica. Dejó alguno otro publicado, como Ciencia, Tecnología y Sociedad, pensado para los alumnos de educación secundaria.
Hace poco me llegó -con mucho retraso- la noticia de su muerte. Uno de sus amigos, Juan José Abad Pascual, a quien conozco de Aranda de Duero, me dijo que murió en noviembre de 2005, a los 62 años, al poco de empezar a disfrutar su jubilación anticipada. Abad me ha enviado recortes de El Mundo y El Norte de Castilla que recogen la información de la muerte y varios obituarios sobre él.
Quiero dejar aquí constancia de mi gratitud hacia Abel Manuel. Aunque nunca volví a hablar con él después de 1976, siempre lo admiré. Era uno de esos maestros a los que ―como ha dicho Paul Claval― sus alumnos debemos más de lo que creemos. Nos enseñó a ver y a sentir, nos dio lo esencial de su filosofía y guardamos a menudo muchas actitudes debidas a su trato que parecen tan naturales que no se nota de donde vienen.
Leo el perfil que le hace Millás a Alberto Ruiz Gallardón en El País de hoy. Tiene razón al señalar la doblez ideológica del alcalde. El mismo Gallardón que quiere ser diputado frente al sector duro del PP es el que cedió a los duros ―o demostró serlo él― vetando la presencia de Rubianes en el Teatro Español. Con este rollo de la disputa por ser diputado se nos puede olvidar aquello.
De la misma forma que con aquel rollo del veto por los insultos a España se nos olvidó ―al menos a mí― el nombre de la obra que iba a representar el actor gallego-catalán. Se trataba de Lorca eran todos, una pieza de teatro basada en textos de Ian Gibson, Eduardo Molina Fajardo, José Luis Vila Sanjuán y Agustín Penón.
Ayer, tomando una caña en Zafra con Paco Espinosa, salió a relucir el nombre de Agustín Penón y me contó sobre él cosas que no sabía, como el detalle de su entrevista con el “verdugo” de Lorca, el ex diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso. El 15 de agosto de 1955 se entrevistó con él en Madrid, en la imprenta que regentaba. Aprovechando un momento en que Ruiz Alonso salió del despacho, Penón comprobó estupefacto que en las estanterías estaban las Obras completas de Federico García Lorca, cuya primera edición en España acababa de ser editada por la editorial Aguilar. Aún no sé qué dirá en su próximo libro Gibson del asunto (El hombre que detuvo a García Lorca), pero parece que algo hubo de una íntima admiración del verdugo hacia el poeta. En alguna ocasión se ha hablado de la homosexualidad de Ruiz Alonso ―padre de las actrices Emma Penella, Elisa Montés y Terele Pávez― aunque, a quien se lo preguntó, él ya le respondió con aquello de trae a la mujer y a las hijas de quien ha dicho eso, y va a ver qué clase de hombre soy.
La conversación con Paco me ha despertado la curiosidad por Agustín Penón (Barcelona,1920-San José de Costa Rica, 1976). Ruiz Alonso le calificó, años después de la entrevista, como “mariquita yanqui”; aunque español, se nacionalizó norteamericano; alguien ha dicho que fue un espía de la CIA, y sus papeles, recogidos en una maleta y legados a su compañero, el dramaturgo William Layton, han vuelto a Granada, donde ahora están custodiados por su amiga, la escritora Marta Osorio.
Lo de ayer fue espectacular. A las once de la mañana se hizo de noche. Se encendió el alumbrado público de toda la ciudad, activado por los sensores de luz. El cielo se entoldó. Una especie de gorra negra cubrió toda Zafra. Y empezó a diluviar. Me acordé de los documentos antiguos cuando dicen que llegó la noche en pleno día.
Hoy hablará la prensa ―casi siempre desmedida y lenguaraz― de cambio climático, pero no todo lo que ocurre es extraño. Aún hay fenómenos normales, aunque esta normalidad les haga menos atractivos para la venta. Una tormenta de verano, por ejemplo.
Como vamos dentro de poco a Nueva York hemos empezado a leer algunas cosillas relacionadas. Eva está con Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago. Y yo el otro día compré en Cáceres República de Nueva York (año cero), una colección de artículos del periodista canario Samuel Toledano. El librito se vende con cierta aureola de radicalismo (ataque frontal contra una de las ciudades que con más exactitud simboliza las contradicciones del modo de vida de la sociedad occidental), pero a mí me está resultando bastante insípido. Salvo una frase:
Allá, en Nueva York, no hay nadie de fuera. Basta con pisar el asfalto para ser neoyorquino. No lo dudes, serás ignorado como uno más.
Me llama José Antonio Zambrano para decirme que en la tercera de ABC de hoy aparece un artículo, “Memoria e imaginario”, de Ricardo García Carcel. Por teléfono me lee las últimas frases: Hoy la memoria histórica no es otra cosa que una mercancía electoral, presuntamente rentable, y el historiador-profeta ha muerto en el siglo XX, víctima de su propio trascendentalismo. En el escenario de la verosimilitud, como expectativa máxima, alternativa a la verdad imposible a la que renuncia el actual relativismo, los historiadores han perdido su batalla con los novelistas históricos. El imaginario se ha impuesto sobre la memoria.
Por esas palabras he creído que el artículo se refería al debate entre novela e investigación histórica y he recordado alguna conversación con Santos Domínguez. Pero, después de leerlo, nada tiene que ver. Ricardo García Cárcel, catedrático de historia moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautor ―junto a García de Cortázar y otros― de la serie televisiva Memoria de España, hace una aportación más ―aunque endeble― a la crítica de la memoria histórica. Y en esta ocasión lo hace fijándose, además de en la guerra civil, en la recuperación de historias nacionales o territoriales distintas a la de España como Estado-nación.
Dos párrafos sirven ―con el de cierre― para resumir el texto:
1.º Hijos prudentes en nombre de la memoria de unos hechos cercanos y dolorosos; nietos erráticos en nombre de una memoria vindicativa que tiene mucho de imaginario redentorista.
2.º La debilidad del Estado-nación ha generado una historia oficial débil, con escasa capacidad para impregnar al conjunto de la sociedad a la que más que recordar ha gustado soñar.
García Cárcel debería preguntarse si la inexistencia en España de unas cuantas referencias históricas asumidas por todos no se debe, precisamente, al sectarismo y la fabulación con que se nos han presentado por el poder. Es la falta de verosimilitud del relato oficial lo que lo hace débil. Su alejamiento de la verdad es lo que convierte en falaz, por ejemplo, la visión franquista de la II República. Ante ella, la reacción prudente, de caballo de cartón, de algunos no fue ni eficaz ni justa. La alternativa historiográfica ―que siempre ha existido― se ha generalizado, es cierto, en el tiempo de los nietos. Y deben ser alabados por ello.
No debe calificarse de imaginario o novelesco lo que refuta la historia oficial: es historia alternativa y, a veces, la única verdaderamente verosímil.
A finales de julio de 1936 un grupo de mineros quemó la talla barroca de Santiago “Matamoros” de la iglesia de Castaño de Robledo (Huelva). Tras la guerra se sustituyó por otra estatua similar pero, para no molestar a los magrebíes que habían ayudado a limpiar España, en vez del moro a quien acomete el santo se ordenó al escultor que hiciera la imagen de un ruso con una antorcha en la mano como símbolo del rojerío incendiario ya sometido. La nueva talla ―con una extraña pinta de cosaco de la I Guerra mundial vestido con tabardo― fue colocada en la misma posición que el sarraceno: con la mano levantada protegiéndose del golpe de espada del apóstol. Parece ser que, muerto Franco, el cosaco fue suprimido para que los comunistas o los rusos no se molestaran y se ocultó para siempre en una de las dependencias de la iglesia.
La historia es una de las que reconstruye ―junto a la imagen que acompaña a estas líneas― el artista Pedro G. Romero (Aracena, 1964) en una singular publicación (Archivo F.X. Documentos y materiales) cuyo primer número apareció el pasado mes de mayo, con pie de imprenta en Salónica y artículos en español, inglés y griego. La revista da cuenta de algunos de los textos e imágenes generados por un proyecto, con el mismo nombre, en el que está trabajando este escultor desde hace años. El Archivo F. X. utiliza un acrónimo traducido universalmente como “efectos especiales” para nombrar un fondo documental de imágenes sobre la “iconoclasia política anticlerical” en la España contemporánea, especialmente durante la guerra civil. En él se recopilan fotografías y películas sobre esculturas despedazadas, lienzos acuchillados, estancias quemadas, templos desmontados piedra a piedra... retratos, caricaturas y emblemas del nihilismo. No hay glorificación ni censura, es sólo el testimonio casi exclusivamente factográfico de una violencia hacia las imágenes tan vieja como la propia religión. Ahora bien, la iconoclasia la relaciona Romero con las vanguardias artísticas y a partir de ella construye una reflexión sobre el arte y la irreverencia, sobre la memoria y el símbolo.
La publicación incluye artículos del propio Pedro G. Romero, de José Bergamín, de Francisco Espinosa y reseñas de libros de Isaac Rosa, Antonio-Prometeo Moya, Fernando Báez, Fernando R. de la Flor y Manuel Delgado.
En este mundo de imitaciones sorprende toparse con proyectos distintos. Además de esta especie de revista, hay más referencias, sobre todo de una exposición en la Fundación Tapiés. Me interesa muchísimo. Si alguien quiere acompañarme:
Camilo Tavares Mortágua era gerente del grupo de desarrollo local Terras Dentro, que actuaba en el Alentejo central portugués. Como yo era su homónimo en el grupo de Tentudía tuvimos varios encuentros, tanto en Portugal como en España. Nos habíamos conocido en la localidad portuguesa de Cuba en 1994, en una muestra de programas comunitarios LEADER. Camilo era bastante mayor que el resto de los gerentes y tenía cierta aureola legendaria. Sobre él se oían historias de militancia revolucionaria, de agitador el 25 de abril como militante de LUAR (Liga de Acción y de Unión Revolucionaria) e incluso se decía que había llegado a secuestrar un barco como acto de propaganda contra la dictadura de Salazar.
Después me enteré mejor de su historia y el otro día ―aprovechando las santas vacaciones y gracias a mi amigo Jordi Pedrosa― puede por fin ver Santa Liberdade, de la Productora Cinematográfica Galega, una película documental estrenada en 2004 con dirección y guión de Margarita Ledo Andión. Según cuenta el filme, en la madrugada del 22 de enero de 1961 el trasatlántico Santa María, conocido como el galgo del mar, que hace la línea de La Guaira a Vigo, desaparece en aguas del Caribe con más de mil personas a bordo. El navío, asaltado por un comando del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación, DRIL, enarbola como bandera la oposición a las dictaduras de Franco y Salazar. Un triunvirato formado por los exiliados Pepe Velo, republicano gallegista, el capitán portugués Enrique Galvâo, y por Xosé Fernández, el comandante Soutomaior, es el responsable de este hecho político sin precedentes.
El documental se monta a partir de los testimonios ―entre otros― de tres de los 24 miembros del comando: Camilo Mortágua (que tenía 27 años entonces y era la mano derecha de Galvâo), Federico Fernández (hijo del comandante Soutomaior) y Victor Velo (hijo de Pepe Velo), que se reencuentran cuarentaytantos años después. La cinta se apoya en grabaciones realizadas en Brasil, Venezuela, Francia, Portugal y Galicia, y exhibe excepcionales imágenes tomadas por uno de los pasajeros a bordo del barco durante el secuestro. El relato es apasionante y está bien contado. El barco ―rebautizado como Santa Liberdade― partió de Venezuela, fue secuestrado en alta mar, y desviado hacia Recife, Brasil, donde el 3 de febrero de 1961 terminó la aventura con la concesión de asilo por las autoridades brasileñas.
Una hermandad revolucionaria ibérica entre antifascistas lusos y gallegos, en nombre del general portugués Humberto Delgado, puso en un brete publicitario a las dos dictaduras, sobre todo debido a la comprensión que hacia los hechos mostraron tanto el gobierno brasileño como el norteamericano del presidente Kennedy, a pesar de que en el asalto murió uno de los tripulantes y otro resultó herido.
El documental se ve con esa mueca de incredulidad que en la cara nos dibuja la ignorancia. Unos hechos relevantes pero olvidados de nuestra historia reciente (la prensa española minimizó la participación de españoles) y de los que yo sólo sabía en parte, aunque conociera a uno de sus protagonistas, Camilo Mortágua.
Un complemento de la película es el libro, escrito en catalán, de Xavier Montanyá, Pirates de la Llibertat (editorial Empuries, 2004)
Un alto en las vacaciones. Salgo de “Las Golondrinas” para ir a Valencia del Ventoso. El nuevo alcalde, Lorenzo Suárez, me invita a participar en las “Primeras Jornadas de Historia Local”, organizadas por el Ayuntamiento dentro de un ciclo de actividades de verano al que han llamado “La Rosa de los Vientos”. El título de mi charla es “José González Barrero, un valenciano en la Zafra de la II República”. Me ha agradado que el salón estuviera lleno. Es señal del interés que sus paisanos tienen por quien fuera alcalde de Zafra.
Después de hacerlo muchas veces en Zafra, tenía ganas de hablar de Pepe González también en su pueblo. Aunque, como les he comentado a los asistentes, he sentido cierta extrañeza al hacerlo. Hablar allí de alguien de allí, y hacerlo yo, que no lo soy, es un poco raro. Es una de esas extrañas circunstancias a la que nos ha llevado el olvido impuesto acerca de los que hace más de 70 años lucharon en estas tierras por el ideal de una sociedad más justa, más libre, más igualitaria, e incluso ―como en el caso de González― dieron la vida por ella. Hay que ir descubriéndolos hasta a los de su propio pueblo.
En primera fila, Trini y Libertad, sus dos hijas vivas. No fueron las únicas que le nacieron. Lo he recordado en la charla con una anécdota que tiene a Libe como protagonista. Después de Trinidad, José González Barrero tuvo otras tres hijas. A una de ellas le puso de nombre República y se le murió al poco tiempo. A otra hija la llamó España y también se le murió, a los quince días de vida. Finalmente tuvo otra hija a la que llamó Libertad. En plena guerra, agobiado por la violencia y el desastre, antes de ser asesinado por aquellos a los que protegió, decía: Se me murió (la) República, se me murió España y sólo me quedó (la) Libertad.
En la fotografía, José González Barrero en diciembre de 1934
en la cárcel de Alicante, recluido tras ser destituido
como alcalde de Zafra. Allí estuvo hasta febrero de 1936.
Fin de semana en Salamanca y un descubrimiento: Federico Beltrán Massés (1885-1949). Una exposición en la Casa Lys, “Enigma y seducción”, me descubre casi entero al pintor catalán, a quien sólo conocía por algún cuadro aislado. Simbolista en sus inicios y después seguidor del Art Decó, Massés llenó sus lienzos de erotismo. Uno de sus motivos pictóricos más repetidos fue la mujer, vestida o desnuda, pero siempre de belleza inquietante, como esta Salomé pintada en 1932 que forma parte de los fondos propios de la Casa Lys y se ha convertido en uno de sus emblemas. En más de una ocasión la osadía de sus imágenes le generó problemas con la más pacata opinión pública, como cuando en 1915 su obra La Maja Marquesa fue rechazada en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid.
Una de las facetas de Beltrán Massés que más me ha sorprendido es la de retratista de celebridades norteamericanas. Visitó los Estados Unidos de América a mediados de los años veinte, y su amistad con el actor Rodolfo Valentino le procuró varios encargos glamourosos de artistas cinematográficos de Hollywood.
Tampoco deja indiferente saber que durante la guerra vivió en París y que tras ella acabó siendo delegado de Bellas Artes de la de Falange Española en la capital francesa.
Sus cuadros ofrecen una mezcla extraña de costumbrismo y cosmopolitismo, con mantillas, abanicos y majas en unos y edificios metropolitanos y escenas orientales en otros. Cautiva la seducción y la sensual indolencia de sus composiciones, y sorprende su modernidad, que nos remite a unos años ―los felices veinte― en los que el mundo occidental también creía haber llegado al final de la historia.
Es curioso que esta exposición de la Casa Lys coincida con otra en Salamanca, en la sala “Santo Domingo de la Cruz”: “Mis contemporáneos”, colección de retratos de Daniel Vázquez Díaz (1882-1969), coetáneo de Beltrán Massés. Dos retratistas: uno de hombres y otro de mujeres, uno adusto y otro sugerente, uno apolíneo y otro dionisiaco, según nietzscheana expresión de Luis Alberto de Cuenca en el catálogo de esta soberbia exposición de un pintor para mí recobrado.
Salomé, Federico Beltrán Massés, óleo/lienzo, 1932. Colección Museo Art NOuveau y Arte Decó de Salamanca
Después de muchos años viajando diariamente en autobús, me he pasado al tren.
Hasta ahora la lejanía de la estación del ferrocarril desde el centro de la ciudad desaconsejaba su uso a quienes somos peatones impenitentes. Pero la situación ha cambiado con la reciente construcción de un apeadero al paso de la vía férrea cerca del ferial. Siete minutos de paseo desde casa disfrutando del fresquito de la mañana (el único al cabo del día en estas fechas) y a las 7 estoy sentado en un tren de cercanías bastante digno. Tras 45 minutos de viaje por unas vías remozadas llego a Mérida. Y a las tres y diez lo mismo de vuelta.
No utilizaba tan frecuentemente el tren desde la época del añorado Ruta de la Plata, cuando a finales de los setenta hacía el trayecto Cáceres-Zafra-Cáceres cada dos o tres semanas. O, ya a mediados de los ochenta, cuando cogía el coche-cama desde Zafra a Madrid en la noche de algunos domingos para apurar lo más posible el fin de semana en el pueblo antes de volver al trabajo en la capital.
El tren es un magnífico vehículo para viajar. Se lee más cómodamente que en el bus, tienes espacio para sacar el portátil, se puede uno poner de pie… ¡y hasta los paisajes se contemplan en pantalla panorámica!
Gozosa. Ese es el apelativo más nítido que se me ocurre para describir la lectura de De en medio del tiempo, el último libro de historia publicado por Josep Fontana. Con el argumento y subtítulo de La segunda restauración española, 1823-1834, y recién editado por Crítica, es un excelente relato de lo que ocurrió en España durante la llamada Década Ominosa.
Esta obra es una pieza de un proyecto sobre la crisis del Antiguo Régimen español que tiene ya otras muestras en la historiografía del historiador catalán: La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), Hacienda y estado en la crisis final del Antiguo Régimen Español (1823-1833), La revolución liberal. Política y Hacienda (1833-1845) y La revolució liberal a Catalunya. Una investigación que lleva treinta y cinco años realizando y que pretende cerrar próximamente con una visión general sobre la transformación de las sociedades europeas de 1814 a 1848.
De en medio del tiempo es un libro capital para saber qué pasó en España durante esos diez años del segundo reinado absolutista de Fernando VII. Y lo es alejándose de la tradición historiográfica española que convirtió el triunfo del liberalismo en un camino de martirio con Fernando VII como principal verdugo. Esa es la versión que escribieron los vencedores, esto es los liberales, pero la historia de la Década Ominosa no fue tan simple ni tras ella el liberalismo se impuso con tal heroicidad. Fontana, además, atribuye el mantenimiento hasta nuestros días de la interpretación tradicional al hecho
de que se conservasen vivas las interpretaciones retrógradas de los apostólicos, defendidas por unos ultras, los de hoy, que comparten el horror por el liberalismo que llevó al general Franco a condenar en bloque el siglo XIX, “que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia”, superando largamente en este terreno a Fernando VII, que sólo quiso borrar “los tres mal llamados años” del constitucionalismo.
Como alternativa tanto a los absolutistas como a los liberales comenzaron a surgir movimientos alternativos, democráticos, que Fontana rastrea también en este libro.
Esta obra es un ejemplo de historia política integral, magníficamente contextualizada con la información comparada de lo que ocurría en Europa, y en la que los sucesos políticos se explican combinando el detalle con la intepretación. Junto a reflexiones de hondura sobre el significado de los tiempos, Fontana gusta de la anécdota, pero no como ornato de la crónica, sino como suceso que sintetiza lo que ocurre. De todas formas, es muy consciente de que la historia debe ser escrita para ser leída, y por eso no descuida la literatura del texto, que siempre es ágil y ameno. Todo ello lo cierra con un ejemplar uso de las notas a pie de página (aunque Critica siga con el molesto criterio de situarlas al final del libro).
Dos citas presiden el libro y explican su contenido. La primera es del propio rey Fernando VII, que en el Manifiesto de 4 de mayo de 1814 declaró la Constitución de Cádiz y sus decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo. La segunda cita son dos versos del poeta T. S. Eliot en Cuatro cuartetos, Burnt Norton: por el corredor que no tomamos / hacia la puerta que no abrimos. Por ahí quiere ir el maestro Fontana, para no sólo contarnos lo que ocurrió sino lo que podría haber ocurrido si hubieran sido otros los avatares de la historia.
El viernes por la tarde estuve en Los Santos de Maimona en un curso de la Universidad de Extremadura sobre Industrias y Gestores Culturales dirigido por Paco Sánchez Lomba. Por la mañana estuvo mi hermano Miguel Ángel. Está claro que sin la familia no sería posible organizar este tipo de cursos...
Hablé en una mesa redonda que trataba de “Gestión Pública y Gestión Privada” coordinada por Carmen Hernán Trenado, presidenta de la Asociación de Gestores Culturales de Extremadura. En la mesa participaban también Miguel Ángel Pérez Martín, coordinador de Artes Escénicas Asociadas de Castilla y León; Xavier Marcé, profesor de la Universidad Pompeu Fabra, y María José Casado, directora del Centro Dramático, de la Música y de Audiovisuales de Extremadura(CEDRAMA) y concejala de Juventud del Ayuntamiento de Cáceres.
Entre los asistentes del curso estaba Javier Castro Flórez, galerista cacereño que ha intervenido muchas veces en este blog ―en ocasiones con polémica― y a quien no conocía personalmente. Es curiosa la distancia entre la imagen que uno se figura de alguien a quien no conoce y lo que se encuentra al conocerlo. A diferencia del tono serio, y a veces duro, de sus comentarios aquí, es un tipo jovial y propenso a la chanza. Me entregó un ejemplar de su libro El clavo solitario. Una nota al comienzo dice:
Esta publicación ha sido editada con motivo del cierre de la galería Bores & Mallo (1996-2006) y de su última participación en una Feria: Valencia Art. Hotel Astoria Palace, habitación 124. 28 de septiembre al 1 de octubre de 2006.
Ayer sábado me levanté temprano. Fui un rato a andar. Y de vuelta a casa me leí en un pis pas el libro de Javier. El título completo es El clavo solitario y otros textos del libro De la moqueta a la manta: memorias de un galerista. Y eso son: las memorias fragmentarias del propietario de una galería que fue pionera en Extremadura, Bores & Mallo. Javier es una persona culta y escribe muy bien. Se trata a sí mismo y trata a su oficio de galerista con un distanciamiento inteligente. Así compensa cierta amargura de los textos con un humor que en más de una ocasión lleva al lector a la carcajada. El libro dice ser avance de otro. Y con lo que aquí muestra basta para saber que lo que resta será también excelente.
La música es la Sarabande de la suite nº 1 en sol mayor para violoncello de Bach, interpretada por el violonchelista norteamericano de origen chino Yo-Yo Ma
Recibo las actas de las VII Jornadas de Historia en Llerena, celebradas en octubre de 2006. Estos encuentros se realizan desde hace siete años. Inicialmente estuvieron muy centrados en el estudio de la historia de Llerena y su entorno, pero han ido evolucionando hasta convertirse en una de las principales citas históricas anuales de la región ―junto a las Jornadas de Historia en Montijo. Muestra significativa de esta evolución es el cambio en la preposición que antes condicionaba el título de esta actividad: de Jornadas de Historia de Llerena (como se llamaron hasta 2003) a Jornadas de Historia en Llerena, que es su nombre ahora.
Dos rasgos principales tienen estas jornadas. El primero es que las aportaciones suelen girar alrededor de un tema aglutinante: la historia contemporánea en España (2002), la guerra (2004), marginados y minorías sociales (2005), arte, poder y sociedad (2006). Y el segundo, que actúan como ponentes figuras relevantes de la historiografía actual. Por Llerena han pasado durante estos años Miguel Artola, Antonio Elorza, Fernando García de Cortázar, Eudald Carbonell, Joseph Pérez, Antonio Bonet Correa, Irving Thompson, Francisco Espinosa, Felipe Sahagún, Teófanes Egido, Tareq Kehdr y Yosef Kaplan, entre otros.
Ya está convocada la octava edición. Se celebrará los días 26 y 27 de octubre de 2007 en el llerenense Complejo Cultural La Merced. En esta ocasión el tema elegido es “Iberismo. Las relaciones entre España y Portugal. Historia y tiempo actual” y los historiadores y estudiosos invitados son Robert Stradling, Antonio Ventura y Diego Carcedo.
Detrás de la celebración de estas jornadas está la Sociedad Extremeña de Historia y, detrás de esta Sociedad, los historiadores Felipe Lorenzana de la Puente y Francisco J. Mateos Ascacibar, abnegados coordinadores de esta magnífica iniciativa.
Se ha anunciado ya la distribución de competencias entre los concejales del grupo de gobierno de Zafra. Por primera vez en la historia de la ciudad es un gobierno que comienza su mandato sin oposición de izquierdas, ya que integra a todos los partidos de este signo de la ciudad: Partido Socialista Obrero Español, Colectivo de Izquierdas, Socialistas Independientes de Extremadura e Izquierda Unida. El reto es importante. Si fallan, el único beneficiado será el Partido Popular.
Al actual alcalde, Manuel García Pizarro ―que ya lo es desde hace cuatro años― se le ha criticado a veces su falta de carisma, pero este tipo de pactos casi a cuatro bandas sólo pueden llevarse a buen fin si quien los encabeza tiene el temple y la falta de soberbia de García Pizarro. La misma que demostraba evitando goles en el Diter-Zafra o en el Atlético de Madrid.
El término lo utilizó Lluís Carreras, uno de los colaboradores del cardenal Vidal i Barraquer, en una carta que dirigió el 18 de junio de 1934 al nuncio Tedeschini denunciando la actitud de la curia ultramontana:
… en campañas artificiales pero concordantes al fin supremo de la intriga… aspiran a hacer revivir el tradicional regalismo español, que muchos creen poder definir con esta sola frase, toledanismo, no al servicio de la Iglesia, sino del más extremo nacionalismo español.
El argumento define hoy también la actitud integrista adoptada por la jerarquía eclesial frente a la asignatura Educación para la ciudadanía.
El 10 de febrero de 1981 Gabriel García Márquez escribió en El País un excelente artículo ―todo un clásico― con este título: “La mujer que escribió un diccionario”. Estaba dedicado a María Moliner y en él manifestaba su admiración por el Diccionario de Uso del Español y por la labor titánica de su autora. Y eso a pesar de que Gabo le recriminó alguna vez no incluir en su obra palabras malsonantes y cometer deslices, como decir que “día” era el espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra.
Yo también estoy muy cerca de una mujer que ha escrito un diccionario. Es Reyes Arenales, hermana de Eva. Bajo la coordinación de Trinidad Sánchez, José Luis Herrero y Atilano Lucas, Reyes ha formado parte de un equipo de otros nueve profesores que firman el Diccionario Estudio Salamanca, editado por Octaedro y concebido para los alumnos de Secundaria y Bachillerato. Una de las singularidades de este diccionario es que se ha hecho a partir de un estudio comparativo de 23 obras de este tipo y de encuestas a cerca de un millar de alumnos y dos centenares de profesores de la provincia de Salamanca. Siguiendo las conclusiones del estudio, el DESAL ―pues ese es el acrónimo con el que quiere ser conocido― se ajusta al léxico que aparece en los libros de texto que manejan los alumnos, expone con claridad las definiciones y las ilustra con ejemplos de uso e incorpora un número de tecnicismos mayor al habitual en este tipo de diccionarios escolares.
El ejemplar que Reyes nos envió el otro día viene dedicado a Juan: Ya sé que prefieres a María Moliner, pero espero que sepas encontrar utilidad a este. No he podido resistir a la tentación de comprobar cómo define “día”: Período de tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor de su eje. Al menos en esa definición ya es evidente que supera al de la otra mujer que escribió un diccionario.
Recibo diariamente una palabra y su significado por correo electrónico. Se trata de "La palabra del día", un servicio ―al que cualquiera puede suscribirse― de elcastellano.org, web autodenominada “la página del idioma español”. Las últimas palabras han sido: retahíla, orín, melodía, economía, linchar, minuto… Son textos extraídos del libro El fascinante mundo de las palabras de Fernando A. Navarro, un médico y traductor que firma como “diccionarista”. La palabra de hoy es “pompa”:
Es el acompañamiento numeroso y solemne, con gran aparatosidad, que se hace en una función de regocijo o fúnebre. Entre los romanos, pompa podía referirse tanto a los cortejos fúnebres como a los desfiles, séquitos o comitivas. En estos últimos casos, tenía una connotación de ostentación, que se conserva en su significado del español moderno. La palabra se derivaba del griego pompé, que podía significar ‘escolta’ o ‘procesión’, como también ‘primer envío’ (esta acepción proviene del verbo pempéin, ‘enviar, escoltar’). Su uso en castellano lo documentó por primera vez Alfonso Martínez de Toledo en Arcipreste de Talavera, y Corbacho, en 1438. En los siglos XV y XVI fue una palabra muy usada, frecuentemente con el sentido de soberbio, y como tal apareció en el Quijote y, sobre todo, en Pedro Calderón de la Barca, que la empleaba con mucha frecuencia, como en este trecho de La vida es sueño: Miradme otra vez sujeto a mi fortuna; y pues sé que toda esta vida es sueño, idos, sombras que fingís hoy a mis sentidos muertos cuerpo y voz, siendo verdad que ni tenéis voz ni cuerpo; que no quiero majestades fingidas, pompas no quiero
La acepción usada en “pompa de jabón” corresponde a otra palabra homónima de diferente origen.
Supongo que a esta última corresponderá también la expresión “culo en pompa”. Así lo habré tenido yo, expuesto al relente nocturno, porque desde hace unos días me he pillado un catarro de dos pares y aquí estoy hoy, en casa y penando.
De toros sé poco, y mi afición no va más allá de asistir ocasionalmente a algún espectáculo, ver un programa televisivo especializado o leer con placer las buenas muestras de ese peculiar subgénero literario que es la crónica taurina. Sólo soy un aficionado de tres al cuarto. Pero, como ocurre con buena parte de los nacidos por estas tierras, siento una notable atracción por el mundo de los toros. Y esa atracción se ancla en mis vivencias de infancia y familiares. Soy nieto de Luis Hernández, y eso, además de otras consideraciones sobre la bondad de mi ascendencia que no vienen al caso, le sitúa a uno en un lugar muy concreto del plano de Zafra. Mi abuelo —por cierto, familia de Ángel Navas, Gallito de Zafra— regentó —y después mi tío Enrique— esa esquina de la antigua Glorieta que se ofrece al coso taurino. En el Bar Hernández paraban, y lo siguen haciendo, quienes tomaban un café o una copa antes de entrar en la plaza. Ese bar bulle antes de que bulla la plaza y sólo cuando se desinfla de humo y gente puede decirse que en el albero ha empezado la corrida.
Ese fue también el barrio donde nací. Mi infancia discurrió por los alrededores del piricuto y de la plaza de toros. A más de un maletilla he atendido con pan o unas viandas descuidadas de casa, cuando, cercana la feria, comenzaban a deambular a la espera del día en que habrían de saltar al ruedo. Las pintas desastradas de esos jovenzuelos con gorra sobre los ojos y hatillo en los hombros, y su indomable deseo de triunfo frente a las astas, me asombraron desde chiquinino. No comprendía la desproporción entre su esfuerzo y la escasa recompensa de unos pocos segundos muleteando en la cara del toro, perseguido por los subalternos. Cuando salían camino del calabozo, entre tricornios, nos miraban con una extraña expresión de alegría en el rostro. Sabían que su triunfo nunca podía ir más allá. Cifraban su suerte en dos muletazos y en que alguno de ellos hubiera logrado atinar en el centro del ánimo de los apoderados o entendidos que fumaban habanos tras los burladeros.
Mi infancia la hice, pues, en la plaza de toros de Zafra. Asistir desde los balcones de mi abuela a la llegada de la banda de música, a la bajada de los toreros de esos coches inmensos o a la “salida de la plaza” al final del festejo son mis primeros recuerdos relacionados con los toros. Pero en la familia siempre hubo también otra referencia netamente taurina. Más allá de estos condicionantes espaciales, de esos maletillas o de la afición de algunos de mis allegados, desde chico supe de la fiesta por su cara más trágica. Un tío de mi madre había sido novillero con el nombre de Juanito Jiménez y en casa estaba presente la historia de su jovencísima muerte en la plaza de toros de Valencia, el 3 de agosto de 1934, a cuernos de Hormigón, un toro de Concha y Sierra. En mi imaginación de crío me figuraba a ese Juanito Jiménez como un héroe trágico. Mi hermano Miguel Ángel y yo guardábamos sus estampas como si de un santo mártir se tratara, alguien que había alcanzado la notoriedad en el mismo momento de la muerte. Y de nuevo, con su recuerdo, me poseía una de las muchas sensaciones paradójicas que aún sigue generando en mí todo lo relacionado con los toros: la tragedia del toro y del torero, ese extraño ejercicio de triunfo de la vida en plena muerte o a riesgo de ella.
Pero mi interés por el mundo de los toros no obedece a una atracción meramente irracional o instintiva. Ha habido también un acercamiento intelectual y que atañe a mi oficio de historiador y de escritor. En 1988 escribí un breve Prólogo al libro de Manolo Lucia Historia de un coso taurino, obra en la que se relataba la historia de la Plaza de Toros de Zafra. Y en 1999 publiqué en la revista Tercio de Quites, de la peña de este nombre, un artículo titulado "El enigma del cartel" con el que pretendía corregir un error sobre el pasado de la plaza.
Toda plaza de toros es un espacio simbólico en el que se reproduce un enfrentamiento antiguo entre lo animal y lo humano, que ha generado un complejísimo ritual de ejercicios donde intervienen objetos, personajes y normas. De todo ese cosmos hay un aspecto que me interesa poderosamente: el léxico. Algunos vocablos taurinos son casi figuras literarias: lunanco, mohíno, castoreño, badeanudo, arenero, astisucio, volapié, rabicano, monosabio, chicuelina... Sólo las artes antiguas atesoran esa riqueza léxica.
Ahí, en la palabra se cierra mi tríada de afectos hacia la tauromaquia que completan los recuerdos de mi propia infancia y la historia.
Sé poco de toros, pero hay bellezas y placeres vinculados a esta fiesta que yo también comparto y que —más allá de poesía o de historia— sólo se pueden apreciar asistiendo a una faena. El poeta Carlos Marzal prefiere entre todas ellas una: la quietud de un torero frente a las astas, la belleza del sosiego de quien se juega la vida frente al torbellino de músculos de un toro. Sea.
(Este texto corresponde, en parte, al pregón que leí en la peña taurina "Tercio de Quites" de Zafra, en septiembre de 2005. La magnífica pieza de piano que suena en el video es Orobroy, de David Dorentes, que sirve de homenaje a uno de los mejores programas de televisión sobre los toros, "Toros para todos", de Canal Sur Televisión ―los domingos, a la 13.30 horas; dentro de un momento)
En Zafra no suele haber demasiadas trifulcas políticas. O las que hay no llegan a mayores. En los últimos veinticinco años sólo recuerdo ―lo más grave― un tiro al aire del “servicio de orden” en un mitin de Alianza Popular en 1977 (por cierto, mientras Ángel Calle daba otro de la ORT en un local cercano), la tensión de septiembre de 1984 debido a la deserción del alcalde del PSOE (que años después encabezaría la lista del CDS y después volvería a ser alcalde con el PP), la crisis de Izquierda Unida en 1997, los enfrentamientos entre ésta y el Colectivo de Izquierdas y poca cosa más.
Tampoco los políticos acaban aquí dirimiendo sus conflictos en el juzgado, como ocurre en otros sitios. No recuerdo ningún pleito entre concejales que haya terminado ante el juez. Ambientes de crispación política sólo se han vivido en contadas ocasiones durante los últimos lustros y ayudados por la animadversión personal entre líderes de fuerzas enfrentadas como Justo Roco y Antonio Pérez o, más recientemente, Antonio Pérez y Francisco Macías.
Pero estos días se nota en Zafra cierto ambiente de tensión ―o quiere provocarse― a cuento de los resultados de las últimas elecciones municipales, en las que la lista más votada fue el PP (4.045 votos y 8 ediles) pero con una mayoría absoluta de concejales entre el PSOE-Colectivo (3.880 y 8) e IU-SIEX (841 y 1). El entendimiento de los partidos de izquierda hace previsible que el próximo sábado continúe de alcalde Manuel García Pizarro.
Pues bien. El Partido Popular está llevando a cabo una intensa campaña (declaraciones, artículos, sms…) con el mensaje de que tiene que gobernar la lista más votada y que lo contrario sería una traición al pueblo. Además, tengo entendido que tanto el alcalde socialista como el dirigente de IU-SIEX, Antonio Corchero, están recibiendo amenazas anónimas ―supongo que ajenas al PP― con la intención de presionarles para que acepten una minoritaria alcaldía de derechas.
No debería hacer falta recordar que a los alcaldes los eligen los concejales y que sólo cuando no hay mayorías absolutas entre ellos para la elección, acaba cogiendo la vara quien encabeza la lista más votada. Pero es que, además, la mayoría electoral de izquierdas del pasado 27 de mayo no es nada extraña. En Zafra la izquierda lleva siendo mayoritaria desde 1991. Durante la mayor parte de la década de los noventa esa mayoría fue muy holgada (PSOE e IU sumaron 13 y 11 concejales, de 17, entre 1991 y 1999), aunque la división en Izquierda Unida y el cambio de tendencia nacional provocó una mayor igualación en los resultados a partir de entonces. En 1999 y 2003 la izquierda sumó nueve concejales frente a ocho de la derecha. Durante estos 16 años seguidos de hegemonía de izquierda sólo ha habido un período en el que ha gobernado la derecha, entre 1999 y 2003, cuando el PP ―con mayoría relativa― aprovechó el desencuentro entre PSOE, IU y Colectivo de Izquierdas para alzarse con la alcaldía.
Sé que no todos los militantes del PP de Zafra ―menos aún los votantes― están de acuerdo con esta tensión provocada. Alguno incluso, como el aún concejal del PP ―y ponderado articulista― Juan Carlos Fernández, se ha mostrado contrario a estas actitudes y ha advertido de que el asunto pueda desmandarse. Flaco favor se haría el PP de Zafra, y especialmente su cabeza de lista, Gloria Pons Fornelino ―a la que siempre he estimado―, si el sábado 16 se monta la gresca en el pleno de constitución del ayuntamiento. La tensión, en cualquier caso, será estéril.
¡Ah, por cierto! Ni sumando a los votos del Partido Popular los de Zafra Independiente (candidatura que no obtuvo concejalía pero sí 379 sufragios) más los votos en blanco (177) y los nulos (108) se supera esa mayoría absoluta de PSOE-Colectivo e IU-SIEX: 4.709 frente a 4.721. Esa es la mayoría.
Me he cansado de ver el documental de Antena 3 sobre Jesús. Mucho rollo de Discovery Channel. Prefiero el Evangelio de Tomás, uno de los gnósticos:
22… Cuando seáis capaces de hacer dos cosas en una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo exterior con lo interior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra hembra; cuando hagáis ojos de un solo ojo y una mano en lugar de una mano y un pie en lugar de un pie y una imagen en lugar de una imagen, entonces podréis entrar [en el Reino].
Los evángelios apócrifos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993.
He recibido hace pocos días un texto que el historiador gallego Dionisio Pereira está haciendo circular solicitando solidaridad. Ya he hablado aquí de este caso. Hace pocos días fue admitida a trámite por el juzgado de primera instancia de A Estrada una demanda contra él por parte de la familia de Manuel Gutiérrez Torres, camisa vieja, antiguo jefe local de Falange y ex alcalde de Cerdedo hasta los años sesenta, citado en una de las investigaciones de Pereira.
Algunos historiadores amigos han redactado un manifiesto de apoyo al historiador. Quien quiera adherirse deberá enviar nombre completo, número de DNI, lugar de residencia y profesión a uno de los dos correos siguientes: dpereirag@terra.es o xcgarrido@yahoo.es Más información en la web www.sinhorafranio.com
Los/las abajo firmantes, historiadores/las e investigadores/las, ante la denuncia presentada contra Dionisio Pereira por el contenido de su intervención en el Congreso de la Memoria celebrado en Narón, en diciembre de 2003, y publicada en las Actas en el 2004; por las alusiones que en esta ponencia hace a “personas señaladas en los asesinatos y maltratos o como instigadores de los mismos” a una serie de nombres de cargos de la Falange, todos ellos fallecidos, que el historiador recogió de sus múltiples testigos orales, y cuyos familiares ahora le acusan de atentar contra su honor; quieren manifestar lo siguiente:
1. No es objeto central de su trabajo atacar ninguna honra. El contexto del Congreso en el que se encuadró la ponencia o el libro de Actas en el que se publicó, no es equiparable a otros escenarios de divulgación pública a los que se aplica esta figura jurídica; así como, el hecho de la distancia en el tiempo de las personalidades citadas no tiene la misma fuerza que las generaciones vivas para contraponer el derecho al honor frente a la libertad de expresión, y mucho menos al derecho a la creación científica en la que se enmarca la tarea del/de la historiador/a. 2. El conjunto de datos que se aportan en este caso y la trayectoria investigadora del historiador, acreditan un respaldo suficiente a su derecho a formular hipótesis discutibles en un contexto polémico en base a información de la que dispone. Exigir certezas incuestionables a los historiadores, sería tanto como impedir el desarrollo de esta materia fundamental para la formación de la conciencia cívica de cualquier sociedad. 3. Es una grave distorsión aplicar al objeto investigado las categorías de situaciones presentes. Es evidente que la represión informal llevada a cabo a la sazón, por definición y salvo raras excepciones, carece de pruebas documentales que la acrediten y, en la medida en que el aparato policial y judicial quedó en el poder de quien la llevó la práctica, nunca se procedió a investigar dichos crímenes. Hay que recordar que la franquista, como toda Dictadura, tuvo como base a impunidad. El dicho no debe impedir al historiador afirmar que dichas muertes se produjeron y apuntar que se pode establecer cómo hipótesis factible y verosímil algún tipo de relación con ellas, en calidad de autores o instigadores, por parte de los principales integrantes de las organizaciones que llevaron a cabo estas actuaciones, nominalmente de la Falange, atendiendo a las testigos orales recogidas y la documentación escrita encontrada. Hay que matizar, asimismo, que no se hace ninguna aserción concreta sobre una actuación determinada de los mencionados: esto es, no se asevera sobre la adscripción específica de los aludidos con ninguno de los tres grados de intervención en la represión que se indican, y su supuesta participación en aquella está “señalada” en tercera persona por fuentes orales contrastadas. 4. En su ámbito, los historiadores valoran cuáles son las causas que explican los hechos históricos y proponen su interpretación, y aunque tales explicaciones e interpretaciones sean en ocasiones incompatibles con otras visiones, no corresponde a un Tribunal de Justicia decidir, por acción u omisión, cual o cuales deban imponerse de entre las posibles. Son los propios ciudadanos quien, a la luz del debate historiográfico y cultural, conforman su propia visión de lo acaecido, que puede variar en el futuro. En caso contrario, se impondría la censura previa o la autocensura en la producción científica, algo inconcebible en el marco de una sociedad democrática y abierta; sobre todo cuando se trata de relatar unos hechos históricos relevantes del pasado reciente que precisan una saludable investigación y esclarecimiento, para reforzar justo la defensa del pluralismo político y el diálogo, representado por las víctimas de la represión frente al totalitarismo y el fundamentalismo que impusieron los vencedores; estos, para legitimar un régimen surgido de un golpe militar, inculcaron además una versión oficial de los acontecimientos, frente a cual - de producirse una condena del historiador - nos encontraríamos que no se permitiría contraponer otras perspectivas diferentes.
Por todo esto nos solidarizamos con el investigador Dionisio Pereira y demandamos el sobreseimiento de su causa.
La idea se nos ocurrió hace once años tras una comida de amigos en mi casa y paladeando un ribera de Duero. Nos íbamos cargando de niños y ya no nos veíamos con la frecuencia de antes. Siempre hemos sido una gente muy unida. No sólo nos hemos divertido juntos, sino que juntos hemos hecho política y hemos impulsado proyectos culturales. Se trataba de reunirnos cada cierto tiempo para comer y beber vino. Esa misma tarde le pusimos nombre a la idea: La Baquería, Cantineros de Cubas. Con b de Baco. Desde entonces organizamos seis o siete cenas al año. Ponemos un dinero para ir comprando el vino y nos lo bebemos en cenas organizadas de manera rotativa en cada casa. Dos o tres parejas le dan de comer al resto y la comida se paga a escote. Lo que empezó como una oportunidad para degustar vinos se ha convertido en una cita gastronómica.
Ayer la Baquería fue en mi casa y Eva y yo ―junto a otros cuatro amigos― les dimos de comer a treinta personas. Hacía una noche estupenda y cenamos en la terraza. Empezamos a las nueve y media de la noche y terminamos a las tres de la madrugada.
Los entrantes fueron ensalada de confit de pato, ensalada fresca, mouse de pimientos y gambas, hojaldre con revuelto de bacalao y salsa de nécoras, escabeche de salmón con pasta y pinyonat. Como plato fuerte comimos un redondo de ternera a la naranja. Y de postre sorbete de limón, trufas y caracas de almendra. Los vinos fueron Martivillí, 2006 (D.O. Rueda. Verdejo) y Remelluri, reserva 2001 (D.O. Rioja). El precio del menú 13 euros por persona.
He tenido escrito aquí al lado durante meses, como si una lectura permanente se tratara, Los peces de la amargura de Fernando Aramburu. Aunque lo terminé de leer hace ya semanas. Y precisamente en el avión que me trasladaba desde Santiago de Compostela a Bilbao. Porque el libro lo integran diez historias vascas. O quizás sea injusto decir esto, porque son diez historias de violencia, y la violencia no tiene patria. Los diez relatos ofrecen tal variedad de protagonistas que parece que el autor haya querido ofrecernos una tipología de víctimas: un afectado leve por un atentado, el hijo de un asesinado, un preso torturado, un acusado de chivato, la novia del hijo de un asesinado, los vecinos de quienes sufren acoso, la hija de un guardia civil asesinado, la madre de un terrorista, la mujer de un guardia civil asesinado que se ve obligada a irse, los padres de una víctima accidental del terrorismo…Son historias duras, sin concesiones a ninguna de las claves de la corrección política ―lugares comunes, tópicos, declaraciones retóricas― que imperan tanto entre las opciones democráticas como entre las violentas al abordar estos asuntos. Y a pesar de la rotundidad del tema, Aramburu convierte también cada uno de estos relatos en ejercicios literarios. Hay un virtuosismo estilístico que hace de Los peces de la amargura un manual sobre variantes narrativas. Una lectura muy recomendable.
La Asociación Derecho y Democracia de Sevilla concede desde hace años el premio Plácido Fernández Viagas a quienes han destacado por su labor en defensa de las libertades públicas y los derechos fundamentales recogidos en nuestra constitución y [que] supongan una consolidación de los principios democráticos establecidos en nuestra Carta Magna.
Este año han decidido entregarle el premio a Cecilio Gordillo Giraldo, como uno de los principales impulsores de las acciones llevadas a cabo a favor de la recuperación de nuestra historia reciente y del conocimiento de la represión y las secuelas de la dictadura franquista, apoyándose en la memoria de los que lucharon por estos mismos principios con la firme convicción de luchar contra el olvido, por la defensa de su dignidad, mirando hacia un futuro de paz y respeto de los derechos humanos.
Ya he hablado aquí otra vez de Cecilio, extremeño en Andalucía, responsable del grupo de trabajo “Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía” de la Confederación General del Trabajo de Andalucía, impulsor de la web www.todoslosnombres.org. Y anarquista.
No suelen recibir los anarquistas muchos homenajes. Éstos los suelen dar las instituciones y ni a los anarquistas les gustan las instituciones ni a las instituciones les gustan los anarquistas. La excepción aquí no son sólo los inapelables valores de Cecilio, sino la limpia trayectoria de la asociación de juristas Derecho y Democracia de Sevilla. El jueves 31 de mayo (antiguo convento de Santa María de los Reyes, calle Santiago, 33, Sevilla, 20 horas) Cecilio se convertirá en uno de los pocos anarquistas galardonados en España. Nunca con tanta justicia. Me gustaría estar con él pero no puedo. Mañana a esa misma hora hablo de la guerra civil en Zafra en el Ateneo de Badajoz. ¡Enhorabuena, Cecilio!
Sin ser sorprendentes, los resultados de las elecciones autonómicas y municipales en Extremadura nos han reservado alguna sorpresa. Vara ha ganado, sí ―más o menos, era previsible―, pero quizá nadie esperaba que lo hiciera arrasando a sus oponentes. A Floriano lo ha dejado grogui y a Víctor Casco lo ha sacado de la Asamblea. La “derrota sin paliativos” de éste es, tras la victoria sin oponentes de aquél, lo más relevante de los comicios.
No creo que sea bueno que Izquierda Unida-SIEX se convierta en Extremadura en una fuerza extraparlamentaria. La tendencia al maximalismo en los argumentos de la mayoría de sus dirigentes puede incrementarse si ni siquiera se pronuncian en la Asamblea. Y además muchos miles de personas siguen votando a IU-SIEX y lo idóneo sería que su opinión contara en las instituciones. A pesar del fracaso electoral. Y es paradójico ese fracaso teniendo en cuenta su carácter decisivo ―aunque sea por un edil― en ciudades importantes como Cáceres, Trujillo, Miajadas, Montijo, Zafra o Fregenal de la Sierra.
En IU Extremadura hay muchos bienintencionados, aunque algunos dirigentes estén abonados a un fundamentalismo extraño que disfruta devorando a los más cercanos. Pero la política debe ser un equilibrio entre posibilismo e idealismo. Por eso la búsqueda de paraísos, a veces de difícil hallazgo, que practica alguna gente de Izquierda Unida también suele ser benéfica frente a la excesiva adoración al "becerro de oro" de la realidad que otros muchos políticos ejercen. Lo uno es necesario para compensar lo otro.
Durante diez años fui concejal de IU en Zafra y, aunque acabé discrepando de su línea política, no me gusta nada que desaparezca de la Asamblea de Extremadura.
En fin, en cualquier caso, junto al victorioso Fernández Vara y el damnificado Víctor Casco, algunos otros integran la nómina de los alegres y de los tristes tras estas elecciones. Entre los alegres, Juan Carlos Rodríguez Ibarra (que se va de la mejor forma posible), Ángel Calle (que consigue la victoria en Mérida), Nacho Sánchez Amor (coautor de la victoria emeritense del PSOE), Ramón Ropero (doblemente victorioso, por ser jefe de campaña de Vera y alcalde reelegido de Villafranca de los Barros pese a la refinería), Miguel Celdrán (el mejor parado de los dirigentes populares), José María Ramírez (socialista mayoritario en Almendralejo) o Miguel Ángel Gallardo (alcalde de Villanueva de la Serena) . Y entre los tristes, Floriano (se equivocó con la conversión al ecologismo de los peperos), Francisco Muñoz (dejó Mérida y no ganó Badajoz), o Julio Domínguez Merino (alcalde derrotado de Azuaga).
Lo que no sé es donde poner a Cristóbal Guerrero, secretario del Partido Comunista de Extremadura. ¿Estará alegre o triste?
Leo una noticia en Hoy que me suscita la reflexión de la jornada. Los vecinos y las vecinas de un pueblo extremeño van a tener que desplazarse mañana a otra localidad si quieren votar. Parece ser que son tan pocos ―194― que la ley no contempla la instalación de una mesa al faltarle seis personas para alcanzar el número de electores necesarios.
Se trata de Santa María de Nava la Zapatera, según el nombre histórico completo, u Hoya de Santa María, según la versión geomorfológica del mismo. El topónimo más largo en Extremadura para una de las más pequeñas poblaciones.
Es un paraíso situado en el extremo sur de la región; unas cuantas casas hendidas en medio de un inmenso bosque mediterráneo, con una de las espadañas más espectaculares ―por minúscula― de la arquitectura eclesial extremeña. Administrativamente pertenece, junto a Pallares, al municipio de Montemolín. Durante una década fui gerente del Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía, comarca a la que pertenece Santa María, y conozco bien los esfuerzos de sus habitantes para sobrevivir unidos. El mantenimiento de su población, hoy envejecida, sigue siendo para mí uno de los símbolos del desarrollo rural extremeño. Aunque nuestro caso no es el mismo que el de Castilla o el de Aragón, también aquí, en Extremadura, estas poblaciones desaparecerán si no las cuidamos. Y no ayuda nada que sus habitantes tengan que desplazarse 15 kilómetros para votar cuando a mí mañana me bastarán 150 metros. ¿Qué es una ley sin excepciones?
No había visto nunca a Jesús Sánchez Trancón. Será que estoy bien de la vista, porque es oftalmólogo y, según parece, excepcional. Pero con esto del Consejo Social de la Universidad de Extremadura ya he tenido oportunidad de saludarlo dos veces. La primera, en el salón de banderas de presidencia de la Junta el 27 de abril, en su toma de posesión como presidente del Consejo. La segunda, el pasado viernes, 18 de mayo, en el rectorado de Badajoz, con ocasión de la primera reunión de ese mismo Consejo, al que pertenezco.
Es un tipo apasionado. En las dos ocasiones ha tenido que hablar y ―sin ser un profesional de la palabra― transmite emoción en lo que dice. Es creíble. El último día hizo una exposición tan brillante, y según algunos tan desmedida para el carácter convencional que algunos quieren que tenga el Consejo, que hasta el propio rector, Francisco Duque, nos dijo a todos que nunca se había escuchado allí un plan de trabajo con ese detalle. Los anteriores presidentes, Diego Hidalgo y Alberto Oliart, no tenían por costumbre salirse de esa función protocolaria de auditor de cuentas de la Universidad que ha tenido hasta ahora el Consejo. Sánchez Trancón no se conforma con eso y se ha propuesto ponernos a trabajar a todos. Quiere que allí se hable de sociedad, de empresa, de Extremadura, y no sólo de presupuestos y funcionarios. La idea me gusta y él también.
La primera sesión del Consejo Social de la Universidad (de la que adjunto foto; no aparecen mujeres porque no las hay¡¡¡) me deparó también una magnífica sorpresa: conocer a Luis Merino, profesor de Clásicas, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y experto en una de esas cosas raras tras la que sólo puede haber una persona de carácter: mnemotecnia en la oratoria clásica.
Me ha gustado el artículo que con este título escribe hoy en El País (p. 25) Dania Dévora, directora de los festivales Womad España. A ver si es posible que los extremeños nos pongamos en serio a reclamar este título, honorífico pero sustancioso, para Cáceres en 2016. Algo va a ayudar que, tras las elecciones, se quite de en medio alguna concejala de la capital que anduvo en este tiempo más preocupada de enajenarse apoyos (entre ellos el de mi hermano Miguel Ángel) que de lograrlos.
Por lo pronto este artículo de Dania Dévora creo que es la más notable adhesión a las aspiraciones cacereñas que ha aparecido en la prensa de Madrid. De fuera vendrán…
No sé quien será Carla pero su “quiero que escribas de nuevo, Lama”, como comentario a la entrada anterior, me ha espabilado de golpe. Llevo un mes “horribilis”, que diría su majestad. Preocupaciones y ocupaciones me han alejado de la bendita distracción del blog. En el fondo, nada irremediable. Cosas del trabajo, pero ni tiempo ni ánimo ha habido para más. Gracias a aquellos amigos que me han llamado intrigados por mi silencio, a quienes han escrito aquí algún comentario sobre él y a los que no les ha hecho falta ni una cosa ni otra porque vivían junto a mí las causas que lo provocaban.
Se lo decía ayer a Luciano Feria. Siempre me he preciado de compaginar con cierto éxito ocio y negocio, pero estas últimas semanas me ha podido el trabajo. Aún sigo casi igual, pero lo peor ha pasado. Por eso hoy vuelvo aquí. Por eso y por Carla (aunque sea algún amigo embozado).
Y ¿qué contar? Baste decir que a horas sueltas sigo leyendo y disfrutando de Fontana y de su soberbia monografía De en medio del tiempo, acerca de la segunda restauración española, 1823-1834. El maestro se luce y me está haciendo añorar los tiempos en que podía ir por las tardes al Archivo Histórico de Zafra a leer legajos sobre el Trienio Liberal. Si alguna vez soy capaz de sacar mi tercer libro sobre la república y la guerra (El instituto republicano), el siguiente empeño va a ser ese trabajo sobre la Zafra decimonónica y el buceo en esos afanes del primer republicanismo. Al historiar la libertad uno casi siempre encuentra republicanos.
Otro libro reciente recibido, y de cuyo autor hablaré aquí en otra ocasión, es un poemario de nombre sugerente, La realidad, el tiempo y los adjetivos, de Juan Manuel Llerena Pachón, poeta de 85 años. La portada del libro es muestra de una alegría y un optimismo que algunos creen impropios de personas de su edad. Sirva esa misma alegría ―tras los últimos avatares― para retomar las piedras de este río.
Habían llegado unos amigos de Paris y les dijimos que si querían venir al concierto. Los ojos como platos. No se lo creían. Fue en el templo de La Candelaria de Zafra. Era el año 1992. Tocaba el chelo y hoy ha muerto: Rostropovich.
Me mandó un correo un día del año 2003. No nos conocíamos de nada. Él había visto desde su casa en Mallorca uno de los documentales del programa Treinta minutos de la Televisió de Catalunya (TV3). Se trataba de Las fosas del silencio, un reportaje de los periodistas Ricard Belis y Montse Armengol sobre la represión franquista, que estaba dedicado en parte a Zafra y del que fui asesor histórico. En una de las entrevistas había escuchado el relato de uno de los casos más espeluznantes de la guerra en la ciudad, la muerte de Juana “la Maestra” y de su marido Rafael “el modelista”, que no quiso separarse de ella en el momento del fusilamiento y murió a su lado.
Al escultor Iñaki Martínez (Barcelona, 1968) le sobrecogió la historia y desde Mallorca quiso saber más. No sé cómo consiguió mi dirección de correo electrónico. Le envié más datos de esos asesinatos.
La cuerda de presos, atados en grupos de siete u ocho, sale de la plaza detrás de la columna. La comitiva abandona la ciudad y se encamina hacia la carretera de Los Santos. Los vecinos, atemorizados, se asoman por las ventanas. Junto a los presos atados, al lado de la columna, camina un hombre desencajado. Es Rafael Hilario Torreglosa, un menorquí modelista de los talleres de Pons. Al enterarse de que a su mujer, Juana Soler, conocida como Juana «la Maestra», la habían detenido fue a preguntar al Ayuntamiento qué iba a ser de ella. Uno de los militares le contestó que iban a fusilarla. Desesperado, le dijo al militar que entonces él tampoco quería vivir, que no era nadie sin ella, que prefería la muerte. El oficial le comentó con crueldad: ¡Ah!, por mí no hay inconveniente, te vienes con nosotros y cuando llegue el momento ¡¡Pum!! y ya está. La columna no se detiene y sale de Zafra. Rafael camina como un autómata al lado de su mujer hacia Los Santos bajo el espantoso calor de ese mediodía agosteño. Cada cierto trecho el comandante ordena sacar de la cuerda a un grupo de siete presos y los fusila al lado de la carretera. Uno de los últimos en colocarse frente al piquete, ya subiendo la cuesta de San Cristóbal, es el grupo de doña Juana. Rafael se sitúa al lado de su mujer y cae también acribillado por las balas
En manos de Iñaki la historia de Rafael y de Juana, que habían llegado a Zafra precisamente desde las islas Baleares, se convirtió en el proyecto de una obra escultórica de seis metros de altura titulada «El Abrazo». Después el Ayuntamiento de Zafra adoptó una reproducción de esa escultura como estatuilla del premio de novela Dulce Chacón. En 2004 la obtuvo Adolfo García Ortega y en 2006 Ignacio Martínez de Pisón. El escultor estuvo en Zafra la primera vez que se entregó.
Estos días la prensa ha desvelado otra de las facetas de este hombre singular: las regatas. Y es que además de escultor, Iñaki Martínez es regatista del "Desafío Español" en la Copa de América. Todo un tipo.
No sé por qué mi padre compraba las revistas de Selecciones del Reader’s Digests. Quizá por ser, como decía el slogan, “la revista más leída del mundo”. El caso es que yo las leía cada mes y aún conservo varias. La mayoría de los artículos son soporíferos, pero algunos anuncios resultan curiosos. Por ejemplo, éste de noviembre de 1975, en el que se aprecia lo que hemos perdido o ganado por esa convención social de lo políticamente correcto. ¿¡A ver qué creativo publicitario se atreve ahora!?
Por cierto, merece la pena pulsar encima del anuncio y leer la letra pequeña.
Mi dieta ―ya de por sí inexistente― va por mal camino. No se puede controlar nada con tanto trajín. De diario ya como fuera de casa, pero en esta última semana la cosa ha sido peor. El domingo pasado comí en Zafra; el lunes, en Madrid; el martes y el miércoles, en Santiago de Compostela; el jueves y el viernes, en Bilbao; el sábado, en Vitoria; el domingo, de nuevo en Zafra, y hoy, en Mérida. Y no todo de vacaciones. En Galicia estuve trabajando y eché unas cuantas horas con un compañero de la empresa, Marcos Lorenzo. Es economista y antropólogo, lector de Valente y autor de Liquidación de existencias, una especie de dietario con aforismos, poemas y artículos escritos en gallego y castellano. Dicen que es el primer libro de aforismos de la literatura gallega. Lo que llevo leído me parece magnífico. Gracias a Marcos he conocido dos grupos muy pujantes en el ambiente político-cultural gallego: la Asociación da Xente Normaly Reticencia Galega. Éste último es un partido que se declara “dubitativo” y que manifiesta su absoluta falta de posición ante os grandes problemas da actualidade. Seguiré de cerca a os reticentes porque empeños así prometen.
Y de Galicia a Euzkadi, donde me encontré con Eva, con Juan y con Carmen Peláez. Tres días de paseo por las calles de Bilbao y Vitoria, de visita en Guernika y Bermeo y viendo el Cantábrico desde el Machichaco. El Guggenheim, que no lo conocía, es espectacular: el continente contenido. Y espectacular también la muestra de obras de Anselm Kiefer que ahora alberga. En esas tierras estuvimos con mi pastelero favorito, Jordi Pedrosa, de la dulcería Arrese, que vino con trufas de coñac (ah, la dieta) y con quien comenté historias de Bilbao y de la guerra.
Por cierto, tras mi paso por el País Vasco sigo siendo incapaz de distinguir entre el nacionalismo oprimido y el nacionalismo opresor. Con todos mis respetos, eso de la nación me suena a la vieja añagaza de la burguesía de exacerbar las diferencias territoriales para ocultar las de clase. Como dice mi Eva, tanta raza aburre.
La mano, además de ser negación de mí mismo, siempre me ha sugerido dos textos. Cuando pronuncio la palabra mano se me viene a la cabeza un poema de Aleixandre y un breve ensayo de Engels. No puedo evitarlo. El poema ―Mano entregada― lo leí por primera vez en la misma antología en la que conocí de verdad a los poetas del 27. Ese libro de portada verde que escribieran al alimón Joaquín González Muela y Juan Manuel Rozas y que éste nos recomendó en Literatura de 2º, durante la carrera de Historia: La generación poética de 1927 (Ediciones Alcalá, Madrid, 1974):
Pero otro día toco tu mano. Mano tibia. Tu delicada mano silente. A veces cierro mis ojos y toco leve tu mano, leve toque que comprueba su forma, que tienta su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
(…)
Pero, sobre todo, con la palabra mano me acuerdo del bellísimo ensayo de Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono al hombre, que escribiera en 1876 y que leí en las Obras escogidas de Marx y Engels editadas por la editoral Progreso de Moscú. Son dos volúmenes que aún conservo, encuadernados en tela rosa, y que compré a finales de los setenta en la librería Vicente, de la plaza grande de Cáceres. La belleza de la inteligencia:
Antes de que el primer trozo de sílex hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, debió haber pasado un período de tiempo tan largo que, en comparación con él, el período histórico conocido por nosotros resulta insignificante. Pero se había dado ya el paso definitivo: la mano se hizo libre y podía adquirir ahora cada vez más destreza y habilidad; y esta mayor flexibilidad adquirida se transmitía por herencia y se acrecía de generación en generación. Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él.